

Ya hace más de 12 años (agosto de 2012), el premio Nobel Paul Krugman escribía en el NYT un artículo titulado "Un país no es una empresa". En un contexto pretrumpista, en pleno gobierno del progresista Barack Obama, Krugman apuntaba su propio titular: "[…] y sin duda no es una empresa de capital riesgo". Se refería al candidato republicano Mitt Romney, quien, con un talante muy diferente, se adelantaba como antiguo CEO de la compañía Bain & Company al modelo que Trump sublimaría cuatro años después en las elecciones de 2016: proponerse, como exitoso hombre de empresa, como solución a los males del estado. Ni Musk es una figura nueva ni Estados Unidos es el modelo pionero.
Si retrocedemos más en la historia entenderemos mejor esta fiebre posmoderna para autoproclamarse CEO de las naciones que inunda nuestras vidas. En una conversación durante una grabación realizada en 2017, todavía estupefactos con el recién elegido Trump, la pensadora Wendy Brown –autora de obras que nos pueden ayudar, como Walled States, Waning Sovereignty [Estados amurallados, soberanía menguante] (Zone Books, 2010) o El pueblo sin atributos: La secreta revolución del neoliberalismo (Malpaso, 2016)– nos recordaba que en 2001, justo al ganar las elecciones nacionales en Tailandia, el magnate Thaksin Shinawatra se definió a sí mismo como el "primer ministro CEO" necesario para el país. Se trataba de un multimillonario de las telecomunicaciones, también director ejecutivo de sus propias empresas, en el control de un país. ¿Les suena?
Pero después de cinco años (2001-2006) de un gobierno lleno de políticas populistas para satisfacer a sectores empobrecidos y medidas claramente neoliberales, Shinawatra se acabaría exiliando acusado del abuso de poder y del conflicto de intereses, del desprecio a los derechos humanos y de hacer la suya en la particular guerra contra las drogas. Desgraciadamente, solo un golpe de estado pudo derribarlo. Todo resuena hoy en día, del norte (Trump) al centro de América (Nayib Bukele).
¿Qué diferencia a un CEO de un presidente gubernamental? La capacidad de hacer lo que le dé la gana, fundamentalmente, porque para ello se lo contrata. El deberse a una junta o directamente a los clientes es lo que lleva a todos estos plutócratas digitales a usar el lenguaje de la empresa, porque simplemente consideran al ciudadano como un cliente. La analogía es juguetona y funciona. Basta con ver los discursos reiterados en torno a la eficiencia y la desregulación que nos rodean; son Ayuso en Madrid, Vox en el Congreso y la música de figuras neoliberales en muchos espectros ideológicos.
Pero es una analogía falsa. Los estados no compiten económicamente entre ellos, como las empresas, sino que comercian, como podemos ver con las políticas anti y pro-TikTok en EE.UU. Pero sobre todo porque, como ya hemos dicho, estos personajes comparten rasgos que los alejan del trabajador altamente cualificado que es el CEO; son egocéntricos, narcisistas y solo piensan en sí mismos. No se deben a nada ni a nadie.
Por eso las emociones, los gestos y los tonos nos dicen mucho de estas figuras que las convenciones del marketing se encargan de esconder. Cuando Musk levanta el brazo de forma impulsiva al modo de los nazis, o cuando Trump denigra al presidente saliente en su presencia (Biden), o cuando ambos fantasean con la conquista del espacio o la reconquista de la Tierra, lo que hacen es traspasar las formas de la dictadura iliberal –la excitación de las masas, la deshumanización del rival o el expansionismo ilegal– al mundo de las democracias constitucionales.
Carl Schmitt, el pensador conservador que describió la dictadura como el régimen más eficiente políticamente, nos recuerda en Teología política que todo depende de la capacidad del líder de decidir sobre el estado de excepción. Es decir, es solo soberano quien puede cambiar las reglas de un día para otro trascendiendo el estado de derecho (como el día cero del mandato de Trump 2.0, en el que decretó amnistías a diestro y siniestro y reinstauró una herramienta digital prohibida por los tribunales) y pretendiendo variar las geopolíticas del mundo ("el nomos de la tierra", que decía Schmitt), como promete hacer el expansionista Trump.
No sabemos si estamos en un tiempo excepcional, pero sí ante el fin del juego maquiavélico gobernado por pequeños príncipes de la élite elegidos por democracias funcionales pero insuficientes. La tendencia evidente es un ciudadano que asume la pérdida de soberanía popular y, por tanto, se entrega a un nuevo Leviatán dirigido por dioses mortales que, de forma autoritaria, apliquen sus "políticas CEO". Y así, estos nuevos monstruos que se ponen en el centro de los debates superan la soberanía nacional. Es la renovada forma de soberanía individual –la soberanía CEO– que comienza a dominar nuestro mundo.
Pero estos hombres tan desreguladores caen en la trampa de la que ya nos advirtió el auténtico ídolo de estos hombres, el gran economista Friedrich Hayek: "La curiosa labor de la economía es demostrar a los hombres lo poco que saben realmente de lo que imaginan que pueden diseñar". No hay ningún hombre –ni siquiera ningún CEO convertido en político como Trump, Musk o el "enemigo del estado" Zuckerberg– que pueda adivinar el camino y el destino de la economía en un mundo cada día más complejo.