Sucumbirá Europa a sus fronteras?
La crisis de recepción de refugiados de 2015 representó un antes y un después para Europa. De entonces viene el miedo a una nueva crisis migratoria en sus fronteras. La percepción de amenaza es tal que la sobrerreacción es inmediata, independientemente de cuántos sean (con el Aquarius eran 630, 106 cuando el barco llegó a Valencia) y si realmente han llegado (recordemos que en Ceuta seguían en el continente africano).
El 2015 puso también de manifiesto una doble evidencia, tan innegable como contradictoria: aunque la respuesta solo puede ser europea, los estados miembros no saben (o no quieren) ponerse de acuerdo. Esta contradicción quedó patente el verano de 2015, con aquellos Consejos Europeos en los que solo sabían quedar en que seguirían quedando, incapaces de tomar ninguna decisión. Han hecho falta diez años para acordar y poner en marcha una respuesta verdaderamente conjunta: el Pacto Europeo de Migración y Asilo. Pocas semanas después de entrar en vigor, Ceuta nos muestra que el alboroto sigue siendo ensordecedor.
Dos reacciones lo ejemplifican: la carta firmada por 22 estados miembros (todos a excepción de Francia, Irlanda, Portugal y Luxemburgo) en la que implícitamente se cuestiona al gobierno español por su control de la frontera exterior; y la reintroducción por parte del gobierno italiano de controles temporales en las fronteras con España. Si bien esta vez la crítica al gobierno español ha sido más llamativa, la solidaridad entre estados miembros es el gran talón de Aquiles de las políticas migratorias europeas. En pocas palabras, nadie ha querido ni se quiere hacer cargo de lo que se consideran problemas de los otros.
En este contexto, el gobierno español no ha parado de pedir "más Europa" pero ha sido el primero en limitar la presencia europea en su frontera. Lo hizo en 2020, cuando evitó un despliegue amplio de Frontex en las Islas Canarias. Y lo ha hecho ahora en Ceuta, evitando activar el recientemente aprobado Reglamento de Crisis y Fuerza Mayor, que forma parte del Pacto y está pensado justamente para responder a estas situaciones. ¿Por qué? Porque exigía una evaluación previa por parte de la Comisión Europea y el Consejo, implicaba acusar a Marruecos de instrumentalización de la inmigración y habría comportado un proceso individualizado de registro y cribado y, por tanto, de acceso a los procedimientos de protección, que el gobierno español ha pasado por alto con el “retorno voluntario” de la mayoría de migrantes, incluidos los miles de los últimos días. Menos Europa para más rapidez y más informalidad.
Pero no solo el gobierno español no ha aplicado el Reglamento de Crisis y Fuerza Mayor, sino que ningún estado miembro lo ha pedido. Sin haberse llegado a aplicar nunca, la Comisión Europea ha propuesto un nuevo instrumento que, en palabras de Ursula von der Leyen, permita “proteger las fronteras” en contextos de "instrumentalización de la inmigración". El Pacto, que tenía que ser la gran solución, parece, pues, haber quedado en papel mojado. Lo que se quiere ahora es ir más allá, suspendiendo el derecho de asilo e intensificando las operaciones de retorno con el aval de las devoluciones en caliente. No es otra cosa que convertir en ley aquello que ya es una realidad: en Grecia, Polonia, Finlandia y, por mucho que se diga lo contrario, también en Ceuta este verano.
Y en paralelo, se acaba de aprobar el nuevo Reglamento de Retorno, que surge de las demandas para ir más allá del Pacto (otra vez) con políticas “innovadoras” (entre otros, los centros de retorno en terceros países) que permitan acelerar las deportaciones.“Send them back!” (¡Devolvedlos!), gritaban desde el ala derecha del Parlamento Europeo a mediados de junio. El único estado miembro que ha votado en contra ha sido España. El gobierno español critica que el reglamento corre el riesgo de vulnerar derechos fundamentales. Critica también la falta de ambición para establecer un verdadero sistema europeo común de retorno, porque no habrá un reconocimiento mutuo de las órdenes de retorno, se ha dado prioridad a las legislaciones nacionales por encima de la armonización y se podrán cerrar acuerdos con terceros países sin necesidad de informar o consultar a otros estados miembros. Más laissez faire y menos Europa.
Detrás de todo ello existe el miedo a una nueva crisis migratoria. En su novela Esperando a los bárbaros, el escritor sudafricano J.M. Coetzee describe un imperio que, ante los rumores de una invasión, enloquece. Su locura se manifiesta en una respuesta desproporcionada, porque, de hecho, los bárbaros nunca terminan de llegar. Se expresa también en el ejercicio sistemático de la violencia, justificado por un discurso maniqueo que divide el mundo entre buenos y malos y que niega al otro cualquier rastro de humanidad. Coetzee nos recuerda que los imperios no solo matan en sus fronteras, sino que, enloquecidos por los miedos que proyectan más allá, también acaban sucumbiendo a ellos.