Donald Trump y Benjamin Netanyahu este lunes en Jerusalén.
09/04/2026
Periodista
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El minuciosísimo relato de los periodistas de The New York Timespublicado por el ARA confirma lo que se veía a tres horas de distancia: fue Netanyahu quien arrastró a Trump a la guerra contra Irán. El primer ministro israelí le organizó una entusiasta venta del producto del tipo “¿Qué podría salir mal?”, hecha a medida de la atención dispersa y caprichosa de un presidente ególatra. Y funcionó.

De acuerdo con la información publicada, el director de la CIA opinó que los escenarios presentados por Netanyahu eran "absurdos", el secretario de Estado añadió "son una mierda", el vicepresidente lo consideraba un "desastre", y el jefe del estado mayor conjunto dijo que los planes de los israelíes “no siempre están bien desarrollados”.

Un estado es la suma de unas capacidades y de una experiencia. Las de Estados Unidos son gigantescas. Y aunque en materia militar y de seguridad han cometido todo tipo de errores, forzados, no forzados e incluso conscientes, como la guerra de Irak, la maquinaria americana es tan abrumadora que más allá de los intereses corporativos, políticos y personales de sus circunstanciales jefes solo había una manera de actuar después de oír un veredicto tan unánime. Pero Trump fue a la guerra de acuerdo con su conocida dependencia de la agresividad, el ruido, el protagonismo y el dinero. Y el resto ya es historia. Una historia desgraciada, que aún no ha terminado y que nos está saliendo muy cara. Solo por eso resulta aún más patética la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, que va diciendo que Israel se está comportando como un socio fiable de Estados Unidos. Ha sido al revés.

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