Urbanismo adaptativo: Barcelona hacia el 2035

Vista aérea de Barcelona.
13/09/2026 - 21:01 h.
Arquitecta jefa de Barcelona
4 min

Barcelona es una ciudad consolidada. Vista desde el aire podría parecer una ciudad completada, sin margen para nuevas transformaciones. Pero, tal como señala Bernardo Secchi, urbanista italiano y pensador de la ciudad contemporánea, "los territorios y las ciudades que vemos son el resultado de un largo proceso de selección acumulativa que todavía está en marcha". Barcelona no es un proyecto finito, sino que se encuentra en una etapa más de una historia que continúa abierta. La ciudad que hemos heredado es fruto de las decisiones acumuladas durante décadas, pero también de las decisiones que hoy tomamos y que determinarán su futuro.El urbanismo es precisamente este ejercicio de selección. Escoger qué preservamos, qué transformamos, qué intensificamos y qué recuperamos. Y hoy esta selección está condicionada por dos grandes retos que redefinirán las condiciones de vida urbana: el cambio climático y la crisis de la vivienda asequible.Estos retos cuestionan muchas de las certezas sobre las cuales se construyó el imaginario del progreso de la ciudad moderna, pero también ofrecen la oportunidad de construir una nueva agenda urbana. Una agenda que no se fundamenta en la nostalgia ni en el miedo ante la incertidumbre, sino en la capacidad de adaptación. Tal como hizo notar Zygmunt Bauman, "para navegar en la incertidumbre" las ciudades deberían priorizar la capacidad de adaptación de sus tejidos urbanos más que la imposición de formas rígidas y definitivas.El objetivo de Barcelona es, por tanto, prepararse para este futuro. Adaptarse significa cambiar maneras de hacer, revisar marcos mentales heredados y asumir que tendremos que obtener mejores resultados con recursos más limitados. Hacer más vivienda sin disponer de grandes reservas de suelo. Incrementar el confort climático en escenarios recurrentes de sequía. Mejorar la calidad urbana interviniendo sobre una ciudad ya construida.

Si aceptamos que la ciudad es un proceso permanente de selección, el urbanismo no consiste solo en proyectar espacios físicos, sino también en construir los instrumentos que permiten orientar esta selección. Adaptar la ciudad requiere mucho más que ejecutar proyectos: implica modificar prioridades, redefinir procedimientos, revisar normativas y regulaciones, coordinar actores y generar una nueva cultura urbana.La construcción de la ciudad es un proceso lento, acumulativo y costoso que trasciende cualquier mandato político. En realidad, cada gobierno hereda un conjunto de proyectos, planes y decisiones en marcha, los revisa, los matiza y les añade nuevas prioridades antes de transmitirlos a la siguiente generación. Esta continuidad es una de las características esenciales del urbanismo.Porque si algo define a la ciudad a lo largo de la historia es su capacidad de adaptarse a los cambios sociales, económicos, tecnológicos y ambientales.En este contexto se entiende la apuesta por el orden, que va más allá de la limpieza y el orden del espacio público para reivindicar una idea a menudo menospreciada por la sociedad contemporánea: el valor del mantenimiento. En una cultura marcada por la novedad y el consumo inmediato, poner el acento en el cuidado, la reparación y la conservación de los activos urbanos es casi un ejercicio contracultural. Mantener también es transformar, porque permite alargar la vida útil de los recursos existentes y reducir la necesidad de sustituirlos.Durante buena parte de los últimos cuarenta años, Barcelona ha construido su transformación mediante la incorporación de nuevos suelos o la sustitución de tejidos urbanos preexistentes. Los grandes parques de los años ochenta, como la Pegaso, la España Industrial o el Escorxador, aprovecharon espacios industriales en desuso para generar nuevas centralidades verdes. Posteriormente, operaciones como Nova Icària, el 22@, la Sagrera o la Marina del Prat Vermell han sido ejemplos de grandes transformaciones capaces de redefinir barrios enteros.Este modelo ha sido extraordinariamente fecundo, pero se basa en unas condiciones cada vez menos presentes: la existencia de grandes reservas de suelo o de ámbitos susceptibles de ser transformados de manera integral. La Barcelona del futuro deberá actuar, principalmente, sobre ella misma.

Es aquí donde aparece con fuerza la lógica del urbanismo adaptativo. No se trata de expandir la ciudad sino de reinterpretarla. No de construir sobre una hoja en blanco, sino de trabajar sobre una realidad densamente consolidada. La metáfora del tetris ilustra bien esta nueva manera de intervenir: las piezas ya están en el tablero, y la tarea consiste en reordenarlas, ajustarlas o complementarlas para generar nuevas oportunidades.Esta aproximación exige, como primer paso, un conocimiento extraordinariamente detallado de la ciudad construida. Solo conociendo sus condiciones físicas, sociales y urbanísticas se pueden detectar las rendijas que permiten impulsar nuevas transformaciones.  La gran diferencia respecto a etapas anteriores es que el objetivo ya no es tanto producir una nueva ciudad como aumentar la capacidad de la ciudad existente para responder a los cambios. Esta es, probablemente, la definición más precisa de urbanismo adaptativo: un urbanismo que asume que la ciudad no es una realidad acabada sino un organismo en evolución; que no actúa solo mediante grandes proyectos sino también a través de pequeñas modificaciones acumulativas; que combina ambición y pragmatismo; y que entiende que construir ciudad hoy significa tanto hacer como rehacer y, en algunos casos, deshacer.Porque, como sugería Secchi, la ciudad continúa siendo un proceso de selección en marcha. Si el urbanismo de la Barcelona de los últimos cuarenta años se basó sobre todo en la transformación y la expansión de la ciudad, la responsabilidad de nuestra generación es hacer las selecciones que permitan adaptar la Barcelona de 2035 a los nuevos retos. Una adaptación que pasa por cuidarla, reutilizarla, intensificarla y mejorar su capacidad de respuesta ante los nuevos retos climáticos, sociales y residenciales.

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