Un grupo de personas intentan refrescarse en la fuente del Trocadero, al lado de la Torre Eiffel. La temperatura prevista para hoy en la capital francesa es de 39 grados.
25/06/2026
Periodista
3 min

Esta ola de calor, este infierno europeo, nos ha vuelto a poner de manifiesto –por si hacía falta, que se ve que hace– que no estamos preparados. Que si no nos ahoga el calor, nos ahogan los ríos; que si no nos estrangula la economía, nos estrangula una epidemia; que si no nos asfixia la corrupción, nos asfixia el cinismo. Europa es el continente que se está calentando más rápido, y aquí abajo, menos mal, que sabemos qué es el calor, y aunque sea insoportable igualmente, tenemos persianas y el sudor entrenado, pero arriba no tienen ni idea; de hecho, bajaban a buscar este calor que ahora tienen en casa y que les entra por los cristales y las paredes preparadas para acumular el calor y deshacerse del frío. Pero ni el norte ni el sur están preparados para este siglo XXI que avanza implacable como una conquista que va quemando las naves. Porque mientras los termómetros rompen los récords y necesitan nuevos dígitos, el mundo de los humanos apaga fuegos, rescata vidas bajo los escombros en un país donde llueve sobre mojado y espera nuevos terremotos políticos que hacen estallar guerras y colocan más vidas muertas bajo los restos del desastre. La IA también nos hace temblar y sabemos que, como el calor, es imparable. Pero, como el calor, no sabemos, queremos, podemos, ponerle freno. La buena noticia es que es un momento propicio para que vuelvan la artesanía y la calma. Porque todo se vuelva a hacer más despacio y nos dejemos de esta prisa que solo nos hace sudar. 

Se acercan las vacaciones y cada vez me encuentro más personas que me dicen que quieren unas vacaciones tranquilas, sin demasiadas novedades ni descubrimientos. De hecho, viajar es una causa de estrés. Es un gozo y un privilegio, pero también genera un desequilibrio, porque romper las rutinas y absorber tanta información nueva es una faena. Aunque un viaje, si no pasa ningún incidente grave, suele compensar y te deja unos buenos recuerdos que van apareciendo a lo largo de los años. Es maravilloso tener buenos recuerdos donde poder dejar descansar la cabeza. Olvidas incluso aquellos momentos tediosos en los aeropuertos. Pero sin ningún dato estadístico y menos aún científico, la sensación a mi alrededor es que hay una necesidad, sobre todo, de descansar en verano. Quizás también sea una necesidad influida por estas caluradas, que aunque tengas la oportunidad de trabajar en lugares más frescos, el ambiente general y esta neblina de calor que nos rodea te quitan todo el ánimo. Quizás solo hablo de la gente de mi edad para arriba. Pero lo cierto es que hay un descanso muy profundo al hacer las vacaciones en un lugar conocido. Porque el FOMO, el miedo a perderte cosas, no te devora. En todo caso, el JOMO, la alegría de perdértelas, no como un acto de resignación sino de voluntad. No tener la necesidad de ir allá donde se supone que se debe ir una vez en la vida, ni de leer el libro que está de moda o el concierto que te perderás porque no has podido comprar entradas. La alegría de disfrutar allá donde estés con quien estés. La suerte de estar vivos entre la ruina y de encontrarnos más o menos bien y de poder continuar compartiendo los ratos con las parejas, los amigos, las moscas. 

No estamos preparados, pero estamos diseñados para sobrevivir. Incluso los más desamparados. La vida es un viaje que cuando se acaba no puedes volver a casa. Somos observadores de la miseria y de la belleza, ni optimistas ni pesimistas. Espectadores de este desfile de despropósitos y de maravillas; de avances extraordinarios y de retrocesos apocalípticos. Permiso es un sinónimo de vacaciones. Démoslo para reponernos. Que, como decía Brossa, "Y, si todo empieza por acabar, todo acaba por empezar de nuevo." Buen verano y gracias por leerme. 

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