BarcelonaLa tarde comienza mortecina con un calor que solo parece tolerable porque el estado de excepción permanente del clima nos ha obligado a rebajar los estándares. Es un viernes festivo y la política catalana acumula tantos años de apatía que reconozco que llego cargado de pesimismo preventivo a plaza Universidad, y me hundo en el prejuicio cuando me encuentro los puestos de la ANC llenos de cabelleras blancas. Entonces me agarro a la tabla de salvación de un grupo de adolescentes con esteladas que me pasan por delante. Son tímidos, me explican que han bajado en tren desde Os de Balaguer y dicen que no saben mucho de política. Para sacudirlos un poco les pido que me comparen esta Diada con las anteriores que han vivido, y todos están de acuerdo en un punto: "Hay más jóvenes que nunca". A medida que me acerco al meollo del asunto me doy cuenta de que tienen toda la razón del mundo: no me he perdido ninguna manifestación desde 2012 y nunca había visto tantos jóvenes. Aunque la parte racional de mi cerebro sabe que el número absoluto no se puede comparar al de los años épicos, la impresión de ver una proporción de jóvenes superior a la de gente mayor cambia por completo el color emocional de la Diada.
Esto rima con el hecho de que la manifestación esté dividida en dos columnas y que la del "futuro" gane por goleada en asistencia a la designada como "presente". Punto a favor de la organización por tener en cuenta las metáforas. En cuanto a la energía ambiental, hay continuidades y diferencias con los buenos viejos tiempos del Procés. "I, inde, independència" y "no queremos ser una región de España" continúan arrasando y, a pesar de que algunas organizaciones juveniles cantan "esto no es una fiesta, es una protesta" con buen equilibrio de gracia y mala leche generacional, la verdad es que la cultura de los tiempos de ni un papel en el suelo todavía marca el tono familiar y jovial de todo ello. Al mismo tiempo, cuando suena el himno de la Elèctrica Dharma se canta con un lolololo inconfundiblemente discotequero, y han ganado peso cánticos que harían sonrojar a quien fuera que se inventó la revolución de las sonrisas: los "puta España" están perfectamente aceptados y el "boti, boti, boti, español quien no bote" ha subido posiciones en el ranking de favoritos cerca de los primeros puestos. Todo el mundo está contento y los niños de los turistas que se lo miran aplauden con los ojos como platos.
Para hacerme la misma pregunta que he hecho a los adolescentes, yo diría que la gran diferencia de esta Diada con la anterior es que se ha superado el miedo de que una Generalitat sin independentistas significara el inicio del final, y empieza a extenderse la sensación de remontada lenta. Los partidos han sido invisibilizados con éxito rotundo y, en vez de políticos, en la cabecera hay tractores: alguien debería saber interpretar políticamente qué quiere decir que los campesinos revienten el aplausómetro cuando empiezan los parlamentos y se les da las gracias. Llegados a plaza Cataluña los discursos institucionales se alargan excesivamente y se echa de menos el carisma de Lluís Llach. Con permiso de los campesinos, ya hace años que las referencias a la lengua son las que desencadenan toda la energía latente, y mezclar las cuestiones sociales con la exigencia de poder vivir en catalán es la llave que abre todas las cerraduras. Volviendo hacia casa, por la supermanzana del Ensanche, donde la distopía y la utopía que podría ser Barcelona viven en un estado de superposición, me encuentro las terrazas normalmente colonizadas por turistas llenos de camisetas amarillas y pienso que estamos dejando atrás los años retóricos y habrá gente que, por primera vez, hablando con los camareros tratarán de mantener el catalán.