Partidos políticos

De Mozart a Los del Río: la banda sonora del poder

Los artistas se rebelan contra el uso político de su obra

Miquel Iceta y Pedro Sánchez bailando en un mitin el año 2015.
01/09/2026 - 07:00 h.
4 min

Barcelona"Sin música la vida sería un error", predicaba el filósofo alemán Friedrich Nietzsche hace casi dos siglos, y la política parece que se ha tomado esta máxima como un patrón a seguir. Lo saben en el movimiento MAGA, que bailan al ritmo del YMCA del grupo neoyorquino Village People imitando los peculiares pasos de su gran líder, Donald Trump, que la semana pasada lo volvía a reivindicar.

Desde el I will survive de la cantante norteamericana Gloria Gaynor hasta el grupo catalán Buhos, pasando por el We are the champions de Queen –reciclado del mundo del deporte–, difícilmente encontraremos un acto, un vídeo promocional o un mitin en el que no suene una canción de fondo. Ahora bien, en el supermercado de la música, toca pasar por caja.

Hace unos meses, la concejala barcelonesa Elisenda Alamany tuvo que retirar un vídeo promocional de las redes en el que utilizaba una canción de Pau Vallvé, después de que el músico catalán se quejara públicamente y exigiera su retirada porque no le habían pedido permiso. No es un caso aislado. El grupo español Los del Río estallaron contra la Casa Blanca cuando se utilizó la Macarena en un vídeo sobre los bombardeos en Irán y a Bad Bunny le tocó poco después cuando la administración Trump recurrió a La mudanza para ilustrar un proceso de deportación. En España, un caso paradigmático fue el de Vox utilizando No puedo vivir sin ti. Coque Malla, el autor, tuvo que recordarles públicamente que la letra no iba dedicada a una bandera, sino que hablaba de una relación homosexual, todo un misil en la línea de flotación ideológica del partido. Otros artistas internacionales como los Rolling Stones o Bruce Springsteen también han tenido que plantar cara al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, por el uso de sus obras en mítines, y se ha generado una batalla cultural donde la música deviene un campo de minas.

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El arma de la dopamina electoral

¿Por qué los políticos se arriesgan a estos conflictos? Xavier Peytibi, consultor de comunicación política, lo tiene claro: "El objetivo sobre todo es emocionar". Según Peytibi, la música en un mitin sirve para generar un "ambiente de espera" que va creciendo hasta que, cuando sale el candidato, se coloca una canción aún más pasional para potenciar la euforia. Pero la música no es solo fondo, también es un mensaje simbólico. Peytibi pone el ejemplo de Filadelfia, donde "siempre suena la canción de Rocky" porque el famoso boxeador de ficción es originario de allí, buscando una conexión directa con el orgullo local.Ignacio Martín, politólogo y miembro de la Asociación de Comunicación Política, define la música como un "arma electoral superpoderosa". Los partidos buscan constantemente nuevas vías para llegar a los ciudadanos, y la música permite una conexión emocional que las propuestas programáticas difícilmente alcanzan, afirma el experto. "La música despierta las dopaminas y las endorfinas, como cuando vas a un concierto", explica Martín, y destaca el uso de las canciones como "teloneras de las ideas", para hacerlas entrar mejor."Ante esta eficacia, muchos partidos optan por la política de hechos consumados. Martín señala que no pedir permiso es casi un clásico por dos razones: porque se arriesgan a una negativa del artista antes de utilizarla y porque, al fin y al cabo, a su votante le será igual. De hecho, como apunta Peytibi, a veces lo que se busca es, precisamente, "que la gente hable de ti", aunque sea a través de la polémica de no haber contactado con el autor de la obra.De los derechos de autor a Mozart

¿Pero qué sucede desde la perspectiva legal? El derecho de autor no es un bloque monolítico, sino que se divide en dos facultades claramente diferenciadas. Carles Gorriz, profesor de derecho mercantil en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), explica que, por un lado, están los derechos patrimoniales o económicos, que permiten reproducir la obra y que a menudo se ceden a las discográficas, y, por el otro, encontramos los derechos morales, que el artista conserva siempre. Susana Navas, catedrática de derecho civil de la UAB, profundiza en esta idea: la facultad moral a la integridad de la obra implica que el autor puede oponerse a que su música se asocie a contextos que atenten contra su reputación o sus ideas. Si se produce esta asociación no consentida con una ideología política, el autor puede pedir la retirada de la canción e, incluso, daños y perjuicios, afirma Navas.Muchos políticos se miran en el espejo de los Estados Unidos sin entender que el marco legal es diferente. Navas explica que allí existe el fair use, una cláusula que permite el uso de obras de terceros sin consentimiento bajo ciertos parámetros de "uso justo". En Europa, sin embargo, la ley es más estricta: se necesita el consentimiento del autor o de quien tenga los derechos para cualquier uso que no sea una excepción legal. Para ejercer este derecho de retirada, Gorriz indica que el artista debe probar que es el titular y que el uso no ha sido permitido; si el político no rectifica, el camino son los tribunales.A pesar del riesgo legal, el modelo de negocio de la música en España frena muchas quejas. Como recuerda Ignacio Martín, muchos grupos viven de tocar en las fiestas mayores de los pueblos y procuran no posicionarse demasiado para no cerrarse puertas de ayuntamientos de diferentes colores políticos. Además, hay que recordar que estos derechos no son eternos: caducan al cabo de 70 años de la muerte del artista. Es por eso que, ante el riesgo de polémicas, la solución más segura para un partido es recurrir a Beethoven o Mozart, ironiza Gorriz.

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