Extrema derecha

¿Por qué ya no nos escandaliza sentir "hijo de puta" en política?

La extrema derecha utiliza el odio al rival como combustible electoral

Isabel Díaz Ayuso.
Ivan Sànchez Clivillé
13/02/2026
3 min

Barcelona"Hijo de puta". Una voz se alzó entre los participantes del mitin que el PSOE dio en Teruel en la recta final de la campaña electoral en Aragón. La autora, Belén Navarro, concejala del PP en Vallanca, un municipio de 128 habitantes del Rincón de Ademuz, y el tanto de su ira, el presidente español, Pedro Sánchez. Pese a la indignación que expresaron los socialistas y también Sumar, que reclamaron al PP que destituyera a la concejala, el exabrupto no es nuevo, sino heredero del famoso "me gusta la fruta", que abanderan los populares de la mano de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso. Unas ofensas que ya casi ni escandalizan en una política cada vez más acostumbrada a la descalificación.

El insulto, de hecho, ha pasado a ser cada vez más habitual en política. Desde Vox, Santiago Abascal ha dado un vuelco a esta dinámica, dejando fuera de la ecuación a la madre de Sánchez: "Mamá no tiene ninguna culpa, yo prefiero llamarlo chulo putas", dijo en un mitin reciente, mientras de fondo los simpatizantes de Vox insultaban abiertamente al líder del PSOE. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, es uno de los máximos exponentes del uso de las descalificaciones personales para hacer política: tilda a periodistas, mayoritariamente mujeres, de "cerditas" y "estúpidas", se refiere a sus antiguos rivales en la Casa Blanca como "débil" y "patético", en el caso de Joe Biden, o "tonta" y "perezosa" en el caso de Kamala Harris, y describe como "animales" y "violadores y criminales" a los inmigrantes. Foro de Periodismo Argentino de principios de año ha difundido que, desde su asunción del cargo, en diciembre del 2023, Milei ha publicado más de 16.800 mensajes con insultos en la red social X, y ha coincidido los picos de estos mensajes con anuncios económicos clave, lo que demuestra que el conflicto y el a.

En conversación con el ARA, Marc Guinjoan, doctor en ciencias políticas y sociales y profesor lector en la Universidad Autónoma de Barcelona, ​​afirma que hasta hace poco no era habitual el recurso del insulto. corrección y recurren al insulto como recurso político. Según Guinjoan, su discurso de crisis y amenaza liga con el de bonos contra malos, el del pueblo contra las élites corruptas: "La demonización del rival no sólo es posible sino que funciona"

Los bonos y los traidores

Siguiendo la teoría de la polarización afectiva desarrollada por Shanto Iyengar, politólogo estadounidense y profesor de ciencias políticas en la Universidad Stanford, el insulto no busca convencer a nadie del bando contrario, sino que su objetivo es puramente identitario. Refuerza la cohesión del grupo propio a través del desprecio del otro. Así pues, el elector no vota tanto por amor a su partido como por odio al rival, y el exabrupto se convierte en el combustible perfecto por ese odio. El populista necesita el insulto para definir quién es el "pueblo verdadero", recuerda Iyengar. Así, al insultar a periodistas, jueces, presidentes o minorías, el líder está trazando una línea moral en la que los que están con él son los "buenos" y el resto son traidores.

Aunque el fenómeno debe "circunscribirse muchísimo al ámbito de partidos populistas de extrema derecha", como recuerda Guinjoan, el insulto no es solo patrimonio suyo. El ministro más activo en X, Óscar Puente, por ejemplo, se refirió al agitador ultra Vito Quiles como "saco de mierda", y el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, definió en varias ocasiones al expresidente valenciano Carlos Mazón como "psicópata". Sea como fuere, no es un lenguaje habitual fuera de los partidos ultras y, por eso, incluso dentro del PP salieron rápidamente voces criticando los insultos a Sánchez de su concejala y en su día también quiso suavizarse la afición a la fruta de la presidenta madrileña.

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