La universidad nos hace más de izquierdas

Ya ha comenzado, o está a punto de hacerlo, el nuevo curso académico para los estudiantes de grado en Cataluña. Algunos irán a la universidad por primera vez: este año han sido casi 60.000 los que han hecho la preinscripción en alguna de las universidades públicas catalanas. Eso sí, solo 6 de cada 10 estudiarán en el centro que habían elegido como primera preferencia, un reto estructural que hace años que se arrastra. Cuando acaben (y la mayoría lo harán), formarán parte del casi 40% de personas de 15 años o más que en nuestro país tienen estudios superiores, incluyendo los universitarios o los grados superiores.

La etapa universitaria se suele situar en un periodo vital conocido como socialización secundaria. Más allá de la infancia, que ya ha forjado parte del carácter, de los valores y de nuestra manera de ser, la forma en que pensamos, incluida nuestra ideología, todavía tiene que recibir un empujón en la etapa postadolescente. Al fin y al cabo, según nos indican algunos estudios, buena parte de las amistades que hacemos en la vida se producen cuando tenemos menos de 25 años. La fase universitaria, que suele ir entre el final de la adolescencia y los primeros años adultos, también coincide con un periodo conocido como “años impresionables”. Las actitudes y los valores que allí adquirimos esculpen nuestro yo político. Esto no implica que después de la universidad una persona no pueda cambiar de opinión, pero es precisamente durante esta etapa vital cuando las personas llenan una mochila ideológica que pueden cargar durante mucho tiempo.

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Pero ¿de qué ideología hablamos? ¿La etapa universitaria politiza? Cierto es que la participación en las urnas no llega a su pico, de media, hasta que tenemos entre 50 y 65 años, y que el patrón más habitual de los universitarios en unas elecciones es la abstención. Ahora bien, la activación política se puede producir de muchas formas, desde el asociacionismo a la protesta.

Una elección nada aleatoria

Las evidencias recogidas hasta ahora nos indican que el paso por la universidad modifica, aunque sea ligeramente, nuestros valores y actitudes. Por un lado, sin embargo, conviene precisar que la elección de un grado universitario no es un hecho aleatorio. El alumnado se apuntará a unos estudios que habrán escogido, pero, por motivos sociológicos, económicos, políticos, o todos ellos a la vez, tendrá compañeros que se le parecen. Por ejemplo, si miramos los datos de Cataluña observamos que algunos estereotipos se cumplen. Aunque el estudiante universitario, comparado con la población en general, se ubique más a la izquierda, se observa que los estudiantes de los grados de economía y empresa o los de derecho son los más conservadores. En el extremo opuesto encontramos a los estudiantes de arquitectura, ciencias políticas, comunicación y ciencias de la vida, que son más de izquierdas. En cambio, otras especialidades, como educación e informática, tienen estudiantes con posiciones más moderadas y un perfil menos politizado.

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La investigación realizada en otros países nos muestra que, incluso teniendo en cuenta esta autoselección, el paso por la universidad puede modificar ligeramente la ideología de las personas. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha mostrado que los niveles de prejuicios raciales o de autoritarismo disminuyen en el paso por la universidad. Asimismo, en un patrón que se ha confirmado en Estados Unidos, los universitarios que eligen especialidades relacionadas con las ciencias naturales o las ciencias sociales y las humanidades se hacen más de izquierdas de lo que ya eran, mientras que los de economía y los de derecho hacen precisamente el viaje contrario.

En nuestra casa, la falta de datos impide hacer un ejercicio similar. No obstante, si nos focalizamos en el efecto de la Logse, la ley educativa que se aprobó el año 1990 y que amplió la etapa obligatoria hasta los 16 años, observamos un patrón similar. Así, mientras la ley se desplegaba, aquellos que hicieron dos años adicionales de educación obligatoria acabaron siendo más de izquierdas que los que tenían una edad similar y terminaron la etapa educativa antes. Eso sí: de momento desconocemos si este movimiento a la izquierda es fruto del contenido que se estudia, del efecto de las relaciones que se hacen, de la acción política dentro de la universidad o de todo ello a la vez.

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El gráfico curioso de la semana

¿Qué pagamos en impuestos y qué recibimos de las instituciones? Una pregunta clásica y que quizás muchos lectores se hacen cuando toca hacer la renta, coger Rodalies o una visita al médico. La respuesta, más allá de la ideología de cada uno, depende también de forma importante de la edad que tengamos. La diferencia entre lo que pagamos y recibimos sigue una trayectoria de ciclo vital: un individuo medio es receptor neto durante la vejez y en la etapa que va de la infancia a la inmediata postadolescencia. Según los cálculos hechos por un informe de EsadeEcPol, el saldo fiscal de un individuo medio llega a su máximo alrededor de los 50 años: a esta edad se hace una aportación neta de unos 11.000 € anuales. En cambio, cerca de los 70 años el déficit es de unos 16.000 euros anuales. En un año normal cerca de un 41% de la población es contribuyente neta. Una cifra que, vista la evolución demográfica, va camino de seguir bajando.