Barcelona

Adiós a un milagro del Raval: cierra la frutería más pequeña de Barcelona

Jaume García se jubila después de medio siglo siendo testigo de la transformación del centro de la ciudad

Jaume Garcia, en la frutería de la calle Ramelleres donde ha trabajado toda la vida.
30/01/2026
3 min

Barcelona"Esta es la última manzana que te venderé", dice con una sonrisa Jaume García a una de sus clientas. Este domingo, después de medio siglo, su pequeño milagro del barrio del Raval de Barcelona cerrará para siempre. Se trata posiblemente de la frutería más pequeña de la ciudad, que sobrevive desde hace cincuenta años en un rincón de la calle Ramelleres, el pequeño pasillo que conecta la calle Tallers con la plaza de Vicenç Martorell. A sus 61 años, García se jubila tras toda una vida en la que ha visto girar como un calcetín el centro de la ciudad.

La historia del establecimiento que ahora cierra la comenzó su padre hace medio siglo. Él era practicante en la fábrica que FECSA tenía en los terrenos que hoy ocupa la Facultad de Geografía e Historia de la UB. Como el sueldo era escaso, decidió abrir como complemento una pequeña frutería junto a la compañía eléctrica. Un extra que con el tiempo se convirtió en el principal apoyo familiar y en lugar de trabajo para Jaume García –que la ha mantenido abierta hasta ahora– y sus hermanos.

A primera vista, el local –en los bajos del hostal Grau y junto al Bar Céntrico– ya transporta a otras épocas. Es minúsculo, y para acceder a él García debe apartar unas cajas de fruta que le hacen al mismo tiempo de mostrador. Más bien parece un quiosco que una frutería al uso. Dentro sólo está él, rodeado por cajas con toda la fruta y verdura a la vista para que, desde la calle, los clientes puedan elegir qué quieren. Él mismo ironiza con las dimensiones reducidas del espacio, y bromea diciendo que tiene ganas de jubilarse para poder salir del zulo.

Jaume García, frente a su frutería en la calle Ramelleres de Barcelona.

El paso de la fábrica de Fecsa a la universidad no es el único que ha cambiado a su alrededor. En conversación con el ARA, repasa los negocios que tenía al lado y que ya no están. Un bar, dos carnicerías, una tienda de jabones, una ferretería y la oficina bancaria donde se abrió su primera cuenta corriente han cerrado antes que él. También ha desaparecido el salón de máquinas recreativas que hace muchos años había habido frente a la frutería y donde, explica García, a menudo se escapaba a jugar al futbolín o al millón con los trabajadores de los talleres que La Vanguardia tenía entre las calles Tallers y Pelai. También su esposa, que regentaba un negocio de lanas en la plaza Vicenç Martorell, ha cerrado hace unas semanas.

"El último de los mohicanos"

En el sitio de todos estos establecimientos ahora hay restaurantes de comida rápida, supermercados 24 horas, cafeterías de especialidad y tiendas de souvenirs. La frutería y la Papelería Llenas son los pocos vestigios que quedan de un barrio que se esfuma. También los vecinos. "Antes los conocía a todos, ahora son todo pisos turísticos o de estudiantes que compran en Glovo o la tortilla de patatas ya hecha en el supermercado", dice García. "Tiendas como ésta estamos condenadas a la desaparición", lamenta antes de recuperar la sonrisa y autoproclamarse como "el último de los mohicanos".

A pesar de los cambios que ha sufrido el barrio, García mantiene todavía a una clientela fiel. Explica que por su mostrador han pasado a menudo vecinos ilustres del barrio como Raimon, Silvia Pérez Cruz o el fotógrafo Manuel Outumuro. También otros muchos, que ahora le piden fotografiarse con él para tener un recuerdo. "Hay cuatro o cinco que son de toda la vida, ya los que les estoy preparando un lote de fruta y unas tarjetas de despedida", explica mientras vende uno de los últimos plátanos de la tienda.

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