"La miseria que he visto en los asentamientos de Almería sólo la había visto en Calcuta"
Cerca de 600 personas malviven en este campamento: sólo en el municipio de Níjar hay casi cincuenta
Atochares (Almería)"Hamsa, no te veo en la escuela". Joaqui Salord detiene a un joven marroquí que camina con chancletas aunque es riguroso invierno junto al Barranco del Búho, una fosa inmunda de basura y plásticos. La escena se repite unos minutos después, mientras el veterano jesuita pasea entre las chabolas de Don Domingo de Arriba, en Atochares, un asentamiento en el que viven cerca de 600 personas. Kofi limpia la ropa llena de barro mientras escucha la radio de fondo. Las manchas ni se disimulan con el cepillado parsimonioso de este veterano ghanés. La misma pregunta y Kofi, golpeado por la miseria, demacrado por dos años viviendo entre ruinas, se excusa en el frío por no haber asistido a la pequeña aula que los jesuitas tienen a la intemperie para enseñar español a los inmigrantes. Atochares es el mayor asentamiento de la provincia de Almería. La falta de vivienda para dar respuesta a las personas que trabajan bajo los invernaderos del mar de plástico ha derivado en la proliferación de este tipo de infraviviendas. Sólo en el valle de Níjar, en la zona de Levante de la gran Huerta de Europa, hay casi una cincuentena.
Atochares es un pueblo con sus propias leyes. Un campamento que ha terminado controlado por pequeñas mafias y donde conviven mayoritariamente marroquíes y ghaneses, pero también algún gambiano y guineanos. Sobre todo hombres solos, aunque también han arraigado familias enteras. En el momento en que más gente vivió, durante la pandemia, cuando había 1.400 personas, llegó a haber 50 menores. El suelo está lleno de botellas de plástico, de latas, de basura de cualquier tipo. Los gatos buscan entre los restos de alimentos putrefactos que se confunden con las heces humanas. El olor es intenso. Las chabolas se elevan de forma irregular. En el primer tramo hay cierta coherencia, callejones alargados y estrechos, con barracas de madera y cemento. Incluso hay un bar con una televisión y una tienda en la que se puede encontrar de todo, desde pan hasta marihuana. La luz pinchada. Por todo el campamento hay cientos de cables entrando y saliendo por los rincones más inverosímiles de las casas. En la parte trasera, sin embargo, las construcciones son más rudimentarias. Plásticos, madera, cartones y láminas para cubrir el techo. El caos.
Dos mujeres acarrean con sus carretillas garrafas de agua hacia sus hogares. Después de batallarlo mucho, han logrado que haya varias fuentes en torno al campamento. Eso sí, los cortes son permanentes. Hace pocas semanas estuvieron 10 días sin agua. El Ayuntamiento se sacudió la responsabilidad argumentando que era una cuestión de la empresa que presta el servicio. "¡Pero si es municipal!", bramaron desde el Servicio Jesuita Migrante (SJM), la entidad que ayuda a los habitantes de Atochares: dos días a la semana dan clases de español, pero también han dado cursos de higiene o cocina, y les ayudan con la documentación o atendiendo casos de violencia o enfermedad grave. Además, les suministran medicamentos y les facilitan bicicletas, teléfonos y patinetes para que puedan ir a trabajar, o colchones para que no tengan que dormir sobre el suelo arenoso.
A lo que antiguamente era el cortijo de Don Domingo, en medio del campamento, viven tres veteranos ghaneses que matan el tiempo entrando y saliendo de su casa. Llevan ocho años sin trabajar. Viven de la misericordia de los demás. El día que el ARA visita Atochares han tenido suerte: tienen comida, apuran una olla con un tenedor oxidado para engañar el apetito. Uno de ellos tiene diabetes. Se le ha terminado la medicación y Joaqui toma nota. Malvivir en Atochares, sin trabajar, con muchas horas de tedio, les ha abocado a los tres al alcoholismo.
"Están bajo la ley de la supervivencia, que tiene sus propias normas", explica paseando entre las chabolas Joaqui. Llegó hace 9 años a Atochares, de la mano de las monjas mercedarias. Ellas cada vez tenían más dificultades para ayudar a los inmigrantes de este campamento y este jesuita menorquín impulsó el SJM. "Un asentamiento es la peor amenaza para la convivencia, porque no hay convivencia, no hay relación, están aislados, no hay intercambio, hay estigmatización; las personas se adhieren a este tipo de vida, te va robando capacidades de comunicación y de relación. Va empeorando las posibilidades de salir de ella", explica Juan Miralles. Atochares es una "prisión" que te va atrapando y eso es "peor" incluso que las mismas condiciones en las que viven la mayoría. Miralles pone un ejemplo de ese pozo profundo del que hay un momento que ya no puede salir. Una mujer estuvo siete meses en un plan de inserción de su entidad después de 20 años viviendo en un asentamiento. Al final, decidió volver porque era incapaz de convivir con el resto de la sociedad que la acogía.
En Atochares ocurrió algo similar. Un joven marroquí llevaba dos años sin trabajar. Tenía previsto volver a su país porque malvivir en Almería le ahogaba cada vez más. Los jesuitas gestionaron su regreso, pero a última hora el hombre desistió. Quería quedarse. Su hijo le había enviado un vídeo de su primer día de escuela y, todo ilusionado, le decía que cuando pudiera enviar dinero desde España compraría los libros que necesitaba en clase. El hombre lo siguió intentando, sin suerte a la hora de buscar trabajo, y acabó marchando al cabo de un tiempo. "Si se quedaba, estaba condenado a morir de inanición", lamenta Joaqui.
Abdelkrim vivió allí durante 9 meses, en una chabola de ladrillos en el centro del emplazamiento. Este joven marroquí que colabora con los jesuitas relata cómo la vida en estos campamentos es un bucle infinito. "Del invernadero a la tienda para comprar algo y a la chabola. Es un círculo del que no se sale", explica mientras describe las dificultades para hacer frente a las necesidades más básicas. Durante la pandemia, la gente le pedía a Miralles que su entidad llevara jabón a quienes vivían en los campamentos. Él se reía. "Si no tienen ni agua, como debo llevar jabón", respondía resignado. Los asentamientos se rigen por otra lógica que la mayoría de la población es incapaz de entender. "Tienes miedo a los incendios, que te roben, siempre lo llevas todo encima. Vives aislado", añade Abdelkrim.
Incendios y prostíbulos
En 2021 hubo tres incendios en Don Domingo de Arriba. El 13 de febrero se quemaron 280 chabolas. Mucha gente lo perdió todo, incluso la documentación. En junio, un segundo fuego dejó sin nada a unos ochenta inmigrantes que vivían en la parte más elevada del campamento. Y, por último, en octubre, un tercer incendio con 20 familias afectadas. "Hay muchos interrogantes y ninguna respuesta", responde enigmático Joaqui sobre el origen de estos fuegos. Cuando los bomberos acudieron, una de las monjas mercedarias, Araceli, que era el alma de la comunidad, alertó a un bombero de que una chabola estaba ardiendo. "No me llega la manguera", se excusó el hombre. "Muévela", exigió la enérgica mujer aplicando el sentido común. "Me han dicho que proteja a los invernaderos", respondió el bombero. Atochares está cerca de los cercados de plástico donde se producen hortalizas y fruta para toda Europa. Sólo les separan los tres o cuatro metros del barranco del Búho.
Durante los últimos años, además, las mafias se han instalado en Atochares. Llegaron a montar tres prostíbulos, en construcciones de plástico y madera bien acondicionadas por dentro. "Una prostituta me decía que era muy rica porque tenía una casa cada 20 kilómetros de la Costa del Sol", explica para quitarle hierro al asunto el jesuita. Ahora hay dos burdeles que controlan una red que opera desde Murcia a Huelva. A pleno sol de mediodía, una prostituta sudamericana desfila entre las callejuelas para buscar la carretera para ir al pueblo. Con la entrada de los prostíbulos, los coches de vecinos de todo el valle de Níjar empezaron a llegar al campamento. Y con ellos, el alcohol, la droga y la violencia. Y algunos inmigrantes se volcaron a ello fruto de la desesperación.
José arranca pacientemente los radios de una rueda de bicicleta, sentado sobre una caja de plástico. Le dan 15 céntimos el kilogramo. Miseria. Tiene problemas en un ojo y los jesuitas intentan ayudarle con la burocracia hospitalaria. Este andaluz que malvive en una chabola decrépita de lo alto de Atochares maltrató a su esposa, y le robaba el dinero. Tiene una orden de alejamiento, pero ambos viven en Atochares. Las reglas aquí son distintas.
Tras los incendios, el Ayuntamiento de Níjar hizo pequeños montículos de tierra para evitar que los inmigrantes pudieran volver a levantar sus chabolas. En la parte baja, en cambio, los temporeros decidieron construir chabolas de cemento y ladrillos, vertiendo mucho esfuerzo y dinero que no les sobra. En alguna incluso hay baldosas en el suelo. Joaqui les advirtió de que no destinaran tantos recursos porque la voluntad del consistorio andaluz es derribarlas cuando pueda. Es lo que ocurrió con el asentamiento de El Walili en enero del 2023. Todo al suelo y las cerca de 450 personas que vivían allí quedaron a la intemperie. Crearon nuevos asentamientos, más pequeños, o buscaron cobijo en alguno cortijo en ruinas. "En un desalojo sin alternativa, la realidad no desaparece. Es hipócrita", critica Miralles. Níjar, como El Ejido antes, deshace estos gigantes campamentos para que la gente vaya a otros refugios más pequeños y ocultos entre el plástico de los invernaderos. De esta forma el problema se invisibiliza. Los turistas que van al Cabo de Gata pasarán de largo felices y radiantes para disfrutar de sus vacaciones paradisíacas.
Tanto Miralles como el jesuita menorquín coinciden en resaltar la importancia de lo que pasó en Badalona con el B9, cuando Xavier Garcia Albiol expulsó a 400 personas sin alternativa alguna. "El Ayuntamiento de Níjar ya ha dicho que acabará con los asentamientos. Si tiene modelos como el de Badalona, y socialmente no pasa nada, es peligroso", argumenta Joaqui.
Se calcula que hay cerca de 3.500 personas que malviven en Níjar entre cortijos, asentamientos, invernaderos y almacenes. Es un 10% de la población total de este municipio, que ha declinado responder a las peticiones de este diario. Al otro lado del mar de plástico, en la zona de Poniente de El Ejido, ocurre lo mismo. Cada vez hay más asentamientos minúsculos, diseminados por todo el territorio, ocultos entre los invernaderos omnipresentes. "Acompañé a un redactor de la ONU y me dijo: «La miseria que he visto en los asentamientos de Almería solo la había visto en Calcuta»", resume Miralles para definir la realidad de esta zona de España, puerta de entrada de muchos inmigrantes que buscan un futuro mejor pero que acaban atrapados de por vida en un asentamiento.