El río Ebro ha sido, es y será uno de los ejes más importantes no sólo de Cataluña sino de todo el sur de Europa. Quizás antes bastante más que ahora, considerándolo como eje viario, pero como eje de comunicación, cultural, comercial… ¡es imbatible!
Esta relación no sólo va del Delta a Reinosa, sino también de una orilla a otra. En Tortosa, esta condición se hace visible de forma casi física. El río no es un decorado: es presencia constante, memoria activa y horizonte compartido. Durante siglos, el Ebro ha articulado la ciudad y ha determinado su carácter abierto, comercial y mestizo. Aquí el río no separa, conecta.
En este contexto, el Mercado Municipal no es un equipamiento cualquiera. Situado junto al agua, es heredero directo de esta cultura del intercambio. Si el Ebro ha sido vía de comunicación, el mercado ha sido su plaza pública; si el río ha transportado productos y personas, el mercado los ha convertido en relación, conversación y vida cotidiana.
Pero, sobre todo, el mercado es el lugar donde el río se hace gastronomía. La huerta fértil de ribera, los cítricos, el aceite, los arroces del Delta, el pescado y el marisco que el Ebro acompaña hasta el mar… Todo este paisaje termina sintetizado en las paradas. El territorio no se explica sólo con palabras, sino con gustos y sabores.
El proyecto nació en un momento en el que Tortosa estaba transformándose: la ciudad obraba en terrenos ganados en el río y se desplegaba hacia el exterior, reorganizando el espacio alrededor de los nuevos ensanches. La iniciativa fue encargada, en primera instancia, al arquitecto municipal Joan Hervàs a finales de la década de 1870, pero fue retomada y modificada en 1884 por Joan Abril, arquitecto con una visión más ambiciosa y que desarrolló gran parte de su obra en Tortosa y las Terres de l'Ebre. Pese a ser un proyecto municipal, la obra fue financiada por el Banc de Tortosa, a cambio de su explotación a lo largo de unos veinte años vista.
La obra es un buen ejemplo de arquitectura ecléctica en el sur del país. Su apariencia enlaza elementos neomedievales con soluciones arquitectónicas de su tiempo. La planta, que puede recordarnos la misma que utilizan las catedrales del vino, es basilical.
En el interior destaca la gran estructura metálica interior, obra de Joan Torras i Guardiola, conocido como "el Eiffel catalán". Torras y Guardiola diseñó catorce cerchas de hierro con perfil parabólico que permiten cubrir grandes luces interiores manteniendo un espacio diáfano y muy luminoso –una solución técnica vanguardista para un edificio de mercado de esa época–, una estructura que se repetirá en otros mercados de Catalunya.
Su situación privilegiada, solera y buen grupo de comerciantes, lo convierte en el punto de partida y descubrimiento de la cocina, cultura y tradición de las Terres de l'Ebre.