¿Puede surgir una historia de amor mientras todo el mundo hace la siesta?

La escritora Laila Karrouch recuerda las noches de verano de infancia en Marruecos

La escritora de viaje a Marruecos
17/08/2026 - 20:02 h.
2 min

Hay una noche de verano que la escritora Laila Karrouch recordará siempre: la primera vez que volvió a Marruecos después de haber emigrado con la familia a Cataluña cuando tenía solo ocho años. “Dejamos el país en 1985 y en 1988 finalmente habíamos ahorrado lo suficiente para poder volver a visitar a la familia. Aquella primera noche fue muy especial, recuerdo mucha alegría y muchas lágrimas, sobre todo de la abuela, y recuerdo el sabor de la sandía, que era muy dulce. En Marruecos no teníamos nevera y por la tarde poníamos la fruta en la ventanilla para que se mantuviera fresca. La fruta siempre estaba buenísima”, rememora Karrouch. 

Los días antes de volver a reencontrarse con la familia, la escritora estaba muy nerviosa. “Tres años quizás parecen poco, pero para un niño el tiempo es relativo y mi angustia era si los abuelos se acordarían de mí y si todo volvería a ser como antes”. Obviamente, los abuelos se acordaban de ella, pero pronto se dio cuenta de que no todo volvería a ser como antes.

“Me recibieron como si fuera extranjera. Los que nos íbamos y luego volvíamos éramos vistos como héroes, y el trato hacia nosotros era diferente. Yo siempre había ido descalza por casa y mi abuela me riñó porque se suponía que los europeos no iban descalzos por casa”. Karrouch, que entonces no entendía muy bien por qué la trataban diferente, continuaba pasando los días pegada a la abuela.

“Me gustaba mucho estar con ella. Se levantaba muy temprano, quizás a las cuatro o las cinco de la madrugada ya oías el olor a café, a pan tostado, aceitunas y huevos. Yo la perseguía por todas partes porque quería ayudar, pero creo que molestaba más que nada. Había mucho trabajo: barrer el patio enorme, dar de comer a las gallinas, a los conejos, preparar el pan… Si se había acabado el agua, cogíamos el burro e íbamos al pozo, que estaba a un par de kilómetros de casa. Me encantaba hacer aquel camino con ella y pasar por los huertos de los vecinos, para mí era mágico”, asegura Karrouch, que añade: “Pero cuando te vas haciendo mayor y ves que en el país no tienes futuro, esa magia desaparece un poco”. 

Karrouch sigue muy ligada a su país de origen y a su familia a través de la escritura. Las dos últimas novelas que ha publicado, Júrame que volverás (Univers)y Que Alá me perdone (Columna), son historias de amor que transcurren en Marruecos y que están muy ligadas a sus experiencias del verano en su país de origen. “Recuerdo que las siestas eran sagradas, y que con el tiempo empecé a pensar si podría haber surgido alguna historia de amor detrás de alguna de estas puertas, cuando aparentemente todo el mundo duerme”. 

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