Por qué un poco de estrés es bueno para tu salud
Sentir presión moderada puede mejorar el rendimiento, el aprendizaje y la capacidad de afrontar las dificultades, pero solo cuando es temporal
El estrés es uno de los grandes enemigos de la salud moderna. Se le relaciona con enfermedades cardiovasculares y metabólicas, ansiedad y depresión, deterioro cognitivo y trastornos inmunitarios. Cuando es elevado y se vuelve crónico, su impacto puede ser devastador. Sin embargo, no todo el estrés es perjudicial, como a menudo se piensa. En determinadas dosis y contextos, puede hacer exactamente lo contrario. El estrés sano puede convertirse en una herramienta biológica para crecer, aprender y adaptarnos, como explica la neurocientífica Helen Thomson en un trabajo publicado en New Scientist.
Esta idea no es nueva. Durante la década de 1970, el endocrinólogo Hans Selye, considerado uno de los padres de la investigación moderna sobre el estrés, distinguió entre el estrés negativo, al que llamó distress, y el saludable, o eustress. El primero desgasta, mientras que el segundo estimula. El estrés es una reacción fisiológica del cuerpo y del cerebro que se desencadena cuando detectamos una posible amenaza, tanto si es física como psicológica. Es una respuesta de supervivencia extraordinariamente sofisticada. En cuestión de segundos, el sistema nervioso simpático libera adrenalina.
Esta hormona hace que aumente el ritmo cardíaco, se acelere la respiración y la sangre se redistribuya hacia los músculos y otros órganos esenciales. Poco después aparece el cortisol, que moviliza la energía y los recursos necesarios para que el cuerpo pueda afrontar el reto. Al mismo tiempo, el cerebro se concentra en el origen de la posible amenaza, mientras restringe otros procesos, como la digestión, la respuesta inmunitaria o determinadas funciones cognitivas complejas. Es un mecanismo adaptativo que, cuando la amenaza es real y puntual, nos ha permitido sobrevivir durante cientos de miles de años. El problema, sin embargo, aparece cuando este sistema de alarma queda permanentemente activado.Cuando la alarma es permanente
El estrés crónico mantiene elevados los niveles de cortisol, que pueden acabar perjudicando toda la fisiología del organismo. Al mismo tiempo, el cerebro se vuelve menos sensible a los mecanismos que deberían permitir detener esta respuesta cuando acabara la situación de alarma, lo que incrementa el riesgo de desarrollar patologías físicas y mentales. Es en este punto donde el estrés deja de ser útil y se convierte en tóxico.
Pero la ausencia total de estrés tampoco es beneficiosa. Diversas investigaciones han observado que las personas que han tenido que afrontar algunas dificultades moderadas a lo largo de la vida, como una ruptura, un cambio laboral no deseado o una lesión leve, a menudo muestran mejor salud mental y más capacidad de resiliencia que aquellas que no han experimentado nunca ninguna adversidad significativa. Es lo que algunos psicólogos llaman "inculación del estrés". Pequeñas dosis de dificultad entrenan el cerebro y el sistema nervioso para afrontar mejor los retos futuros. Viene a ser como una especie de "vacuna psicológica".La clave, dice Thomson, no es eliminar el estrés, sino encontrar la dosis adecuada. Uno de los mejores ejemplos es el ejercicio físico. Cuando hacemos una actividad intensa, el cuerpo experimenta una situación de estrés biológico: aumentan las hormonas del estrés, se producen microlesiones musculares y se consume mucha energía. Esta “agresión controlada” activa mecanismos de reparación y adaptación que hacen el organismo más fuerte. El cuerpo se reconstruye mejor de lo que estaba antes.
Ahora bien, incluso este estrés beneficioso tiene límites. Demasiado ejercicio también puede ser perjudicial. Se ha visto que el entrenamiento extremo puede incrementar el riesgo cardiovascular y el desgaste general del organismo. Lo mismo ocurre con otras formas de estrés físico, como la exposición al calor. Las saunas, por ejemplo, activan proteínas de reparación celular y reducen procesos inflamatorios. Pero temperaturas demasiado elevadas o exposiciones excesivas pueden generar el efecto contrario.En lo que respecta al estrés cognitivo, lamentablemente demasiado habitual en la sociedad actual, también sigue esta lógica. Es por ello que el estrés mental crónico favorece la manifestación no solo de agotamiento psicológico, sino también de condiciones como la ansiedad y la depresión, que perjudican la salud mental y física. Sin embargo, también es cierto que a menudo trabajamos mejor bajo una cierta presión, o eustrés, usando la palabra de Hans Selye. Un plazo ajustado o un reto académico exigente pueden aumentar la concentración, la rapidez mental y el aprendizaje. En cambio, una demanda percibida como imposible tiene el efecto contrario, y acostumbra a provocar bloqueo, ansiedad y agotamiento.
La diferencia no depende solo de la situación objetiva, sino también de la percepción de control que tengamos. El estrés es mucho más perjudicial cuando lo vivimos como una imposición inevitable. En cambio, cuando elegimos voluntariamente afrontar un reto, como por ejemplo asumir una responsabilidad profesional, el cuerpo y el cerebro tienden a responder de manera más adaptativa. Se ha visto que las personas que perciben los síntomas del estrés como una señal de preparación y no de peligro, acostumbran a recuperarse antes y rendir mejor. Este cambio de perspectiva no elimina las dificultades, pero transforma la manera como el cerebro las procesa. “En una sociedad obsesionada con evitar cualquier incomodidad”, concluye Thomson en su trabajo, “esta visión es casi revolucionaria. Quizás el bienestar no consiste en vivir sin estrés, sino en aprender a convivir con el tipo adecuado de estrés, que nos activa sin destruirnos, nos desafía sin desbordarnos y, finalmente, nos hace más resilientes”.