Las terapias dirigidas a un único paciente: entre la esperanza y la tragedia
El siglo XXI será el siglo de las terapias de precisión, pero para su aplicación, hace falta más transparencia y asegurar que son científicamente sólidas y bioéticamente correctas
Justo hace un año se publicó un caso de un bebé, K.J. Muldon, que padecía una enfermedad metabólica genética minoritaria –que puede causar una neurodegeneración irreversible y ser letal– y fue curado gracias a la terapia génica personalizada. Un ejemplo pionero de la llamada terapia n=1, es decir, una terapia específicamente creada para tratar una mutación concreta que solo presenta un paciente. Este caso de éxito fue considerado uno de los grandes hitos científicos del 2025, y llenó de esperanza a muchos padres con hijos o hijas afectados de enfermedades minoritarias muy graves y sin tratamiento.
Todavía ahora, me parece casi inverosímil el gran hito de diagnosticar genéticamente a un paciente durante las primeras 48 horas de vida y conseguir curar al bebé en menos de 6 meses, gracias a la "edición" de una mutación concreta para corregirla. Pensad que se generaron diferentes modelos celulares y de ratón para que presentaran exactamente la misma mutación del bebé; se desarrollaron vectores en forma de liposomas (vesículas de grasas) para entregar las moléculas encargadas de la edición genética a las células hepáticas; además, se comprobó su seguridad, como en monos, para evaluar que no provocaran una reacción inmunitaria exacerbada. Esta investigación, que necesitaría años de esfuerzos, fue ejecutada en meses gracias a diversas empresas biotecnológicas que lo consideraron su objetivo prioritario de I+R+D.
El caso de K.J. Muldon no fue el primer paciente tratado con terapia n=1, pero sí el primero de curación total. El primer caso fue el desarrollo de una molécula llamada Milasen, en honor de la primera paciente, una niña llamada Mila, que sufría la enfermedad de Batten. Fue tratada con una terapia específicamente desarrollada para ella, gracias a la persistencia de sus padres, que consiguieron con micromecenazgo el millón de dólares que se necesitaba para pagar la investigación necesaria para desarrollar una terapia innovadora y probarla en modelos celulares y animales antes de administrarla a Mila. Desgraciadamente, la enfermedad de Batten tiene una progresión rápida y devastadora a partir de que se inician los primeros síntomas y Mila murió sin poder curarse. No llegaron a tiempo.
Negligencia médica: la muerte de una niña china de 6 años
La regulación bioética pide que, para aplicar una terapia, hay que comprobar que sea primero, segura, después, eficaz y, finalmente, comprobar sus efectos secundarios no deseados. Por ello, los ensayos clínicos tienen diversas fases para evaluar estos objetivos. En cambio, para las terapias en enfermedades minoritarias, con tan pocos pacientes, son absolutamente cruciales los resultados obtenidos en modelos preclínicos (normalmente en ratones y monos, y ahora también, en organoides derivados de pacientes), particularmente en las terapias n=1, donde hay que generar específicamente modelos humanizados con las mutaciones del paciente y demostrar su eficacia y la seguridad a la vez. No hay espacio para el error, por lo tanto, científica y bioéticamente deben ser, o deberían ser, impecables.
Esto no es lo que ha sucedido en el caso de terapia n=1 que, lamentablemente, saltó a la prensa recientemente sorprendiendo a los científicos y desalentando a la sociedad. Un caso que debía ser la primera curación de una enfermedad genética por edición genética directa en el cerebro, ha acabado siendo un caso de mala praxis científica y bioética, que ha acabado con la muerte de Mei, una niña de 6 años afectada de una enfermedad muy rara del neurodesarrollo. Este caso ha sucedido en China, en un grupo de investigación dirigido por un científico conocido internacionalmente, pero que ha querido buscar rápidamente el éxito y el reconocimiento mundial. Podéis encontrar la historia en un artículo publicado en ARA, pero aquí querría hacer énfasis en los hechos que nos obligan a replantearnos cómo se diseñan y se aplican estas terapias tan personalizadas.
En este caso, los padres de Mei financiaron la investigación de esta terapia. El modelo preclínico de ratón mostró resultados muy prometedores, y por eso se pasó al modelo en monos que, desafortunadamente, no demostró el mismo éxito. Muy al contrario, los animales mostraron síntomas de una reacción inmunológica no deseada que podría ser letal. Sin hacer caso de estos resultados que obligaban a la precaución, los científicos obtuvieron permiso (en China los requisitos bioéticos para este tipo de terapias no son tan estrictos) para tratar a la niña, que desarrolló una respuesta inmunitaria masiva que le provocó la muerte en 5 días. Lo más grave es que el artículo científico solo publica los resultados positivos, omitiendo totalmente los negativos y, evidentemente, silenciando la muerte de la niña y la financiación de los progenitores.
Bioéticamente inadmisible
Bioéticamente, este caso incumple todos los principios clásicos de bioética médica: 1) el principio de no maleficencia y 2) el de beneficencia (ya que los resultados de los monos indicaban reacciones que podrían comprometer la vida, por lo tanto, no fue una muerte por desgracia ni ignorancia, sino de mala praxis y falta de precaución); 3) el principio de autonomía (los padres no fueron informados adecuadamente y se les convenció de que el riesgo era mínimo para la salud de su hija); y 4) el principio de justicia, en el que las instituciones chinas les quisieron silenciar, sin admitir ningún tipo de error ni reconocer su contribución a la investigación. Falta de transparencia total.
¿Hasta qué punto estas situaciones inaceptables según nuestros principios bioéticos no incrementan la desconfianza de la sociedad en los avances científicos en terapias personalizadas, que serán tan importantes en el siglo XXI?