La familia pequeña, la mediana y la grande
13/09/2026 - 08:00 h.
Coordinadora del Criatures
3 min

BarcelonaEl concepto de familia en casa se nos ha hecho más extenso y el encargado de explicármelo ha sido mi hijo pequeño, que ahora tiene siete años. No hace mucho, cuando le proponía todo un reguero de propuestas para hacer en familia el fin de semana, me contestó: “De acuerdo, mamá, pero ¿esto con quién lo haremos, con la familia pequeña, la mediana o la grande?”. De repente, teníamos tres familias, de la más pequeña a la más grande, como todos los objetos y utensilios del hogar de los tres ositos. Pronto me aclaró su definición y quién formaba parte de ella.

Aparte del núcleo familiar que somos el padre, la madre, la hermana y él, tenemos la familia pequeña cuando vamos con el abuelo, la abuela, la tía y los primos maternos. La familia mediana hace crecer la pequeña con toda mi parentela por parte de padre que ahora mismo somos un total de 22 personas entre tíos y tías, primos y primas, sus maridos y los hijos e hijas de estos. ¡Toda una pandilla! Y la familia grande es cuando también vienen los abuelos, tíos y primos por parte del padre de las criaturas y toda mi familia por parte de madre. Pero es cierto que, en estos dos casos, el lugar donde vivimos, las edades y la distancia no nos permiten reencontrarnos tanto como querríamos.

Más allá de los encuentros con amigos, los planes se dan mucho con la familia pequeña. Pero con la grande hay acontecimientos del año que son toda una institución, como por ejemplo Navidad, con un tió bien harto, un San Esteban y un Fin de Año en el que siempre faltan sillas y platos, y unos Reyes con demasiado trabajo (reconozco que mis hijos son el claro ejemplo de niño hiperregalado). Y las colonias con la familia mediana en una casa rural como punto final del verano, el encuentro más esperado para todas las criaturas.

Estas colonias las hacemos porque los primos queríamos recuperar el ambiente familiar que vivíamos de pequeños durante las vacaciones de verano en la casita que mis abuelos paternos tenían en Riudecanyes, y que desapareció con la muerte de mi abuelo y cuando nos hicimos mayores. Era nuestro paraíso: un cortijo en medio del bosque, con pocas habitaciones y una cocina pequeña, pero con una balsa donde pasarte el día en remojo, un huerto y campos de avellanos, almendros y algún olivo para aprender el valor y los biorritmos del campo. Todos coincidimos siempre en que aquellos días eran sinónimo de una infancia feliz. Curiosamente, retomamos este reencuentro, hace ahora catorce años, poco después de la muerte de mi abuela paterna y justo cuando llegaron las primeras criaturas de la nueva generación.

Ahora son nuestros hijos e hijas los que, en una versión reducida de días, corren libres por una casa de turismo rural, con muchas habitaciones y una cocina grande, pero que se hace pequeña cuando se preparan todas las comidas para tanta gente. Mientras los jóvenes cocinamos y compartimos la crianza, los mayores descansan y cuentan historias a los pequeños que mantienen vivo el legado de la familia. Pero como más disfrutamos todos es contemplando cómo las criaturas juegan en la piscina o al billar (los intereses y los lujos también cambian con los años).

La infancia: la etapa más preciada

Días antes de las colonias, mis hijos están tan ilusionados como lo estábamos mi hermana y yo antes de ir a la casita de Riudecanyes. El espacio, el tiempo y las personas han ido cambiando, es ley de vida, pero los aprendizajes, las relaciones y los sentimientos son los mismos. Vivir y convivir rodeado de personas que te quieren, te cuidan, te enseñan y te acompañan en todas las etapas y emociones es un derecho que todo niño debe tener para crecer feliz.

Con el tiempo he entendido que la infancia es la etapa más preciada, no solo porque vives al margen de las responsabilidades, preocupaciones y distracciones de los adultos, sino porque todo lo que te pasa, aprendes y sientes en esos años te convierte en la persona adulta que serás algún día.

Cualquier adulto debería tener presente que el bienestar de los niños es lo primero, más allá de los tutores legales o familiares a cargo, y de los profesionales que trabajamos con y para la infancia. Y si nos olvidamos, solo hace falta transportarnos, si es que la tuvimos, a nuestra infancia feliz.

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