Inicio de curso: la adaptación escolar también se puede repensar
Curso tras curso, escuelas y maestros rediseñan estrategias para superar con éxito los primeros días de clase
Orelletes es un conejo que empieza P3 y lo vive con la misma intensidad que muchos niños y niñas que entran por primera vez en una escuela. Llora, no le gusta despedirse de sus padres, le cuesta compartir los juguetes y prefiere jugar solo, por lo cual se esconde en un rincón. Con mucha mano izquierda, la maestra le ayuda a respirar, a estar tranquilo, y acaba formando parte del corro con el resto del grupo. Es el protagonista de Orelletes en la escuela, un cuento que quiere ayudar a vivir este proceso desde un espacio más amable y consciente. Autoeditado por la maestra de infantil Meritxell Casanova, el cuento empatiza con el niño y da consejos a padres y madres para hacer más fáciles estas primeras semanas de escolarización.
Casanova ha impulsado este proyecto después de años de vivir en primera persona los primeros días de escuela de muchos niños y comprobar que son dificultosos para todo el mundo. Aconseja explicar bien al niño qué pasará estos días, no alargar la despedida, confiar en la maestra y, sobre todo, validar todas las emociones que expresa. “Llorar, se tiene que llorar”, dice Casanova, que recalca que estos primeros días de escuela, los niños pueden estar más irascibles y cansados.
Una de las claves que practica es establecer rutinas porque “estructurar da seguridad” y utiliza el canto y la expresión como herramientas para acompañarlos en el aula. La adaptación escolar, sin embargo, forma parte del proyecto pedagógico de cada escuela. El objetivo es el mismo —que niños y niñas perciban como seguros tanto el espacio como los nuevos adultos de referencia—, pero la estrategia va cambiando en función de los resultados, de las familias y de los niños. Por eso, los centros organizan entrevistas, reuniones de familias, actividades conjuntas desde la guardería, entradas por turnos…
Encuentros desde la guardería
La escuela Escursell de Ripollet es un centro que en los últimos años ha cambiado bastante su proceso de adaptación. Una de las iniciativas que más les diferencia es que, a través de la red 0-3 del municipio, cuando los niños ya saben que empezarán el curso, preparan una sesión con el grupo de I3 del momento y el del curso siguiente y sus familias. Diana Serrano, secretaria del centro y maestra de P3, destaca que de esta manera los niños y niñas ven la escuela y las maestras los conocen más. “A menudo se les dice '¡Irás a la escuela de los mayores!', pero los niños no lo acaban de entender y si lo ven es más fácil”, explica Serrano. Este paso complementa la visita que las tutoras hacen a las guarderías para poder conocer a los niños y para ellos es un primer contacto. Pero este no es el único cambio que han incorporado en los últimos tiempos. En esta escuela de máxima complejidad de Ripollet también han instaurado una entrada por turnos los primeros días y una reducción horaria, y han flexibilizado el acompañamiento de las familias. Tiempo atrás padres y madres no entraban al aula ni los primeros días y ahora hacen una entrada relajada toda la escolarización. Aunque, en general, la gestión es un poco más complicada están contentas porque resulta más agradable para todo el mundo.
La energía de conocer a las familias
En la Escuela Decroly de Barcelona también han ido cambiando el proceso de adaptación y han incorporado acciones nuevas que, con la práctica, ven que funcionan, y esto ayuda a las familias en estos primeros días de curso. Además de la entrevista individualizada con la familia y la tutora, que debe servir para empezar a tejer vínculo con el adulto referente en la escuela, en este centro concertado apuestan por el conocimiento de las familias. Así, han transformado la reunión de antes del inicio de curso y ya no es meramente informativa con las cuestiones prácticas sino que también se ha añadido una dinámica de conocimiento entre las familias para que empiecen a establecer, también, vínculo. “Poner caras y explicarse cuatro cosas con quienes compartirás el curso facilita mucho los primeros días”, explica Berta Puente, jefa de estudios de la Escuela Decroly, que añade que “el primer día todas las familias ya se han visto y hay cierta conexión, todo el mundo se saluda y cambia la energía”. Fruto de ello, añade Puente, el ambiente es más relajado y menos tenso y ayuda a los niños a sentirse en un espacio seguro. Además, adaptan el ritmo a cada familia y en función de las necesidades de cada niño. Sí que acostumbra a recomendar que en los primeros quince días ya se haya dejado como mínimo una hora al niño en el aula porque si no, se retrasa la relación con la tutora. En todos los inicios de curso, acompañan a familias que mayoritariamente se lo pueden organizar para hacer este proceso gradual, pero las que no también saben que la escuela está disponible todo el día. “La clave es conocer al niño lo mejor que se pueda; la adaptación es mucho más fácil”, concluye Puente.
Adaptación interedad
La escuela Edumar de Castelldefels ha apostado por una etapa infantil, la comunidad de pequeños, organizada en seis grupos interedad donde conviven los niños de P3, P4 y P5. Estos seis grupos son el de referencia durante toda la etapa de infantil y esto implica que en septiembre, en cada grupo, solo seis niños son nuevos. Los doce restantes, de P4 y P5, ya conocen dinámicas, referentes y espacios. La directora de la escuela, Anna Nicolás, explica que con este modelo, que implementaron después de la pandemia, la adaptación es mucho más fácil porque se respira más calma. “Además, los mayores asumen el rol de acompañantes, lo que facilita mucho el proceso”, explica Nicolás, que ve una gran diferencia entre el sistema anterior y el actual. “No se percibe el espacio como desconocido o inseguro porque el resto de niños de P4 y P5 ya están adaptados y, por tanto, se hace una entrada a la escuela más natural y progresiva”, dice la directora. Aunque solo entren seis nuevos en cada grupo, Nicolás remarca que el hecho de que la mayoría del grupo ya conozca la escuela no elimina la necesidad de un proceso de adaptación individualizado para los niños que se incorporan. Por eso, también le dedican los días que marca el departamento de Educación. Los dos primeros días lo hacen por turnos y solo asisten tres niños nuevos por turno, acompañados por sus familias, que actúan como figuras de referencia durante este proceso. Todo el funcionamiento del proceso de adaptación se explica antes de las vacaciones de verano, en una reunión con todas las familias y, antes de empezar el curso, en septiembre, también se organiza un encuentro entre las familias nuevas, los niños nuevos y la tutora.
Una primera semana por franjas
Para el equipo de la escuela Balandrau, de Gerona, la adaptación es un proceso muy importante. Desde que hace quince años nació la escuela han ido configurando un sistema que no quiere nada más que acompañar a la familia y al niño. “Si la familia viene tranquila, el niño lo nota”, dice Cristina Turbau, la directora. Con la entrevista inicial se empieza el vínculo con la familia y en una reunión de todas las familias antes de las vacaciones se explica la adaptación. Lo hacen con tiempo para que las familias cojan confianza. El primer día, y repartidos en grupos de seis familias, los niños van al aula una hora y media acompañados de los padres. Llevan el material que se ha pedido y un álbum de fotografías de la familia, y se aprovecha para intercambiar sensaciones entre padres, madres y niños. El resto de la semana se hacen dos turnos y por franjas, cosa que evita juntar más de diez niños en un aula, donde cuentan con la tutora y la TEI siempre. Además, se les reserva un espacio concreto en el patio, y hasta que el grupo está preparado no empiezan a entrar los especialistas ni se les traslada a otros espacios de la escuela. “Se hace todo muy poco a poco”, dice Turbau. Lo que sí que han detectado es que alargar demasiado el rato que los padres y madres están dentro del aula pospone la adaptación y ahora han fijado un tiempo de entre diez y quince minutos en un máximo de tres semanas para hacer este acompañamiento. “Hasta que la familia no se marcha del aula, el niño no empieza a crear el vínculo con la tutora, y este vínculo es básico para la adaptación”, dice Turbau.
¿Y si no hiciera falta la adaptación?
Aunque consideran que el contexto de las escuelas actualmente justifica la necesidad de hacer una adaptación gradual que permita vivir con tranquilidad la entrada a la escuela y teniendo en cuenta las necesidades de cada niño o niña, desde la Asociación de Maestros Rosa Sensat creen que se debe reflexionar sobre ello. “Adaptación es una palabra que anticipa una ruptura muy grande que no debería existir”, señalan, y lamentan que sea el niño quien deba entender que está en una organización diferente, con nuevos horarios y nuevas exigencias que debe aprender. También recomiendan a los centros no mirarse en el espejo de la primaria y, en cambio, ser respetuosos con el ritmo de cada niño y niña. “Actualmente, hay cierta tendencia a creer que una adaptación rápida ayuda a espabilar y, de paso, a aprovechar más el tiempo”, dicen. Desde la Asociación, sin embargo, no lo comparten porque lo interpretan como “saltarse” etapas y momentos importantes para las criaturas.
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La flexibilidad: Hay niños y niñas que con dos días de adaptación ya tienen suficiente y otros a los que quizás les haga falta más tiempo para sentirse seguros en este nuevo espacio y con estos nuevos adultos de referencia o que, incluso, lo necesiten en I4 o I5. Hurtado recomienda adaptar el calendario y ser flexibles teniendo en cuenta la realidad y la historia de vida de cada familia y cada niño: si ha ido a la guardería, si es una familia recién llegada, si los progenitores tienen apoyo o están liberados en el ámbito laboral para hacer la adaptación progresiva, etc.
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El apoyo: para poder atender las necesidades de cada familia, la presidenta de la Associació de Mestres Rosa Sensat, Mar Hurtado, defiende organizar muy bien el apoyo en el aula de I3 todo el mes de septiembre. “Es un momento delicado en el cual pueden pasar y pasan muchas cosas y, por lo tanto, difícil de sostener por una sola persona”, señala Hurtado.
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La transparencia: “Dejar al niño llorando con un adulto que es la primera vez que ve es lo más normal del mundo”, reivindica Hurtado. Por eso, cree que cuanta más información da la escuela sobre qué pasa en el aula y cuanto más se anticipa qué pasará, más fácil es para los padres y madres, que también pueden vivir estos primeros días con preocupación y cierto respeto.
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La confianza: para Hurtado, no juzgar a las familias, demostrar entendimiento con la situación y hacer un retorno exhaustivo de cómo ha ido el día son herramientas para propiciar su bienestar y facilitar su adaptación. Esta confianza se transmite al niño, que empezará a identificar la escuela como un espacio seguro.