El papel de los abuelos: "Si no te gusta cómo lo hago, pagas a alguien"
BarcelonaVeo el número de la escuela infantil en la pantalla y se me detiene el corazón.
– Hola, ¿eres la madre de Marc?
– Sí, soy yo. ¿Ha ocurrido algo?
– Deberías venir a buscarlo.
– ¿Está bien? ¿Tiene fiebre?
– No, tiene piojos.
Tiene piojos. Y yo ahora qué hago. Tengo clase y después una tutoría con una familia. Uf, no puedo anularla ahora que deben haberse organizado todo el día en función de esta reunión.
– Yo también soy maestra y no puedo salir ahora mismo.
Las maestras me entiende. No es tan fácil activar las guardias y tenemos a muchos menores a nuestro cargo. No podemos marchar de la escuela así como así.
–El protocolo marca que deberías venir a buscarlo.
Y si no voy, ¿qué más dice el protocolo? ¿Le confinarán? ¿Le pondrán un gorro de baño en la cabeza? ¿Qué hago? Seguro que ya se imagina la respuesta. Utilicé el comodín de la llamada, es decir, hablar con la abuela del afectado para preguntar si podía acercarse a la guardería y ayudarme, un día más, a conciliar el trabajo y la vida.
Es imposible llegar a todo. En serio, nuestra generación fuimos las primeras que creímos a ciegas que podríamos ser profesionales y madres y además tener tiempo para la pareja, para las amigas y para nosotros mismas. Hemos sido engañadas. Desde mi experiencia el día no tiene horas suficientes para meterlo todo sin dejarte muchas horas de sueño o hacer tambalear tu salud mental. Y eso que yo tengo un trabajo que me permite tener unos horarios y festivos que encajan con los de mis hijos. Pero reconozco que he necesitado mucha ayuda sobre todo cuando los niños eran pequeños y con demasiada frecuencia encadenaban enfermedades.
Los abuelos han sido las piezas clave que me han permitido encajar bien el rompecabezas. ¿Han hecho más de canguros que de ancianos? Diría que no, que ellos siempre han hecho de ancianos. Aquí mi madre fue clara y contundente. Recuerdo un día que nos discutíamos por algo de la crianza y ella me dijo: "Si no te gusta cómo lo hago, pagas a alguien y le das estas instrucciones. Yo soy su abuela".
Y a partir de ahí callé, acepté que tenía toda la razón del mundo y descubrí una faceta de mis padres que desconocía. Más consentidores, sí, pero también más generosos y cercanos de lo que habían estado conmigo. Recuerdo que yo de pequeña tenía una única Barbie sin accesorio alguno y, en cambio, mis hijos han tenido algunos caprichos que para mí habrían sido impensables. Los abuelos han hecho de canguro por necesidad y de abuelos por generosidad. Y reconozco que el vínculo que mis cuatro hijos han tenido sobre todo con las abuelas, lo envidio. No tienen las rencillas que tienen conmigo y con ellas han sido siempre más cariñosas. Cuando mi madre enfermó la paseaban en la silla de ruedas e incluso aprendieron a cambiar la batería de la máquina de oxígeno que llevaba. La relación entre dos generaciones tan lejanas es única, delicada e indescriptible.
Me empiezo a plantear si podré o querré hacer de abuela en un futuro. Si llegaré con salud, si no les podré ayudar nada porque trabajaré hasta los sesenta y siete (o, con el panorama que tenemos, quizás más) o si disfrutaré más de la etapa ejerciendo de abuela que de madre. Porque os debo confesar que tener hijos me ha gustado muchísimo pero la maternidad me ha parecido horrorosa. Un desgaste muy bestia y un sentimiento de culpa constante por no estar suficientemente presente, por no llegar a todo y por no haber sido tan buena madre como imaginaba que sería. La maternidad me ha robado muchas horas de sueño, pero gracias a la ayuda de los abuelos, lo que no me ha robado del todo han sido los sueños.