Adolescencia

Los peligros de geolocalizar a los niños

Localizar a los hijos no es inocuo ya que normalizan esta práctica y pueden trasladarla a sus relaciones sentimentales y de amistad

Una familia geolocaliza a su hija menor de edad utilizando la aplicación de google instalada en su teléfono móvil
Adolescencia
15/09/2026 - 07:01 h.
6 min

BarcelonaLa geolocalización de los hijos se ha extendido en los últimos años como una práctica muy habitual entre las familias, especialmente las que tienen en casa preadolescentes y adolescentes que usan teléfono móvil. También son muchos los padres y madres que, reticentes a dar un móvil a su hijo o hija, han optado por relojes digitales que también les permiten geolocalizarlos, permanentemente o en ocasiones concretas. Incluso, familias con niños y niñas más pequeños utilizan otros tipos de dispositivos de localización (tipo AirTags) cuando van con ellos a eventos multitudinarios como conciertos, cabalgatas o fiestas mayores.

Pero, ¿por qué las familias geolocalizan a sus hijos? Según la psicóloga, psicoterapeuta y escritora Elisenda Pasqual, esta práctica parte fundamentalmente del miedo de las familias. En una sociedad donde cada vez hay más normas y sistemas de control ciudadano, dice, esto tiene una traducción en la crianza. En la misma línea, la psicóloga, sexóloga y terapeuta de pareja Elena Crespi, asegura que vivimos un momento álgido de la cultura del miedo, alimentada por discursos clasistas y racistas que “muchas familias compran”. “A partir de aquí hay una industria que se enriquece a costa de nuestra vulnerabilidad”, añade. También Irene Montiel, psicóloga, criminóloga y profesora de la UOC, ve en ello una influencia del marketing. “Hay una parte de miedo infundado que nos han vendido las empresas tecnológicas”.

Ante este miedo, hay muchas familias que se sienten más seguras usando un sistema de localización de sus hijos. Pero las especialistas alertan de que localizar a los hijos no es inocuo, y por eso invitan a padres y madres a reflexionar sobre ello. “Como adultos, debemos plantearnos qué mensaje queremos transmitir a nuestros hijos”, plantea Montiel.

“Vimos un uso muy desmesurado de la geolocalización a nuestro alrededor y esta constatación nos llevó a reflexionar sobre cómo queríamos hacerlo en nuestra familia”, explica Maribel, que tiene una hija de 16 años y un hijo de 14. El niño todavía no tiene móvil, pero la niña sí, sin redes sociales y con control parental. “Supe de madres que geolocalizaban a sus hijos y eso me asustó; no era la manera como nosotros la queríamos acompañar”, dice esta madre, que decidió no hacerlo para “proteger su libertad y privacidad”, algo que recuerda que valoró mucho en su etapa adolescente.

Por eso, hablaron con su hija y acordaron que solo usarían la geolocalización en caso de emergencia, y que ella les llamaría siempre que hubiera cambios o que necesitara alguna cosa. “Preferimos trabajar con ella desde la confianza y pactar una serie de normas básicas”, declara Maribel, que revela que de momento está funcionando de manera muy responsable y que eso les deja muy tranquilos como padres.

Normalizar medidas de control

La consecuencia de que los padres los geolocalicen es que a menudo los hijos normalizan esta práctica. “La gente joven lo tiene totalmente normalizado. Cuando tú le pones pensamiento crítico y les cuestionas si es óptimo o no hacerlo, te dicen que es normal. Lo perciben como un tema de seguridad, incluso como una prueba de amor, no como una medida de control”. Es lo que extrae Crespi de su experiencia en talleres con adolescentes.

Y esto significa que están normalizando situaciones que a veces son los primeros peldaños de la violencia de pareja. Según Montiel, los estudios sobre violencia de pareja entre adolescentes, tanto a escala nacional como internacional, constatan que la gran mayoría de situaciones son de cibercontrol, entre las cuales está la exigencia de compartir contraseñas o ubicación. “Este es un tipo de acoso que se da dentro del contexto de la pareja que está disparado entre los jóvenes: más del 60% de los adolescentes, tanto chicos como chicas, reconocen hacerlas y recibirlas porque han entendido que esta es la forma de relacionarse con la persona a la que amas o que te ama”.

En este sentido, la psicóloga y criminóloga llama a las familias a hacer una reflexión. “¿Cómo explico a mi hija que esto no es una forma de amor sino de control y de limitación de la libertad si lo estoy haciendo?”, se pregunta. Montiel no niega que pueda resultar útil geolocalizar a los hijos en situaciones excepcionales, pero sí que ve peligros en convertirlo en un hábito. “No digo que no lo hagas si tu hijo tiene que hacer solo un viaje de tres horas, pero en el día a día de idas y venidas del instituto quizás no es necesario”.

Poner límites

Elisenda Pasqual también cree que el debate no está en la herramienta sino en cómo la utilizamos y los límites que le ponemos. Según dice, la geolocalización puede servir en momentos concretos para ayudar a construir la confianza. Pero recomienda “explicar mucho a los menores por qué se utiliza, decirles que utilizaremos la herramienta para cuidarles a ellos y también cuidarnos de nuestros miedos, que lo hacemos por nosotros y no porque el mundo sea malo”. Y, sobre todo, tiene claro que una vez las dos partes se sitúan, se debe ir retirando.

Àngela tiene un hijo de 13 años y una hija de seis. Ella y su pareja siempre habían sido muy reticentes a dar un móvil a sus hijos, pero cuando el mayor pasó al instituto tenía que ir a un centro que estaba en otro pueblo y creyeron que sería útil que tuviera uno para poder estar en contacto. “Pero el dispositivo venía con unas normas en cuanto al uso y al tiempo”, dice. Y también con control parental. “La herramienta que usamos tiene la opción de geolocalizar y nos pareció que nos podía servir en algunos momentos”, explica Àngela.

“Hablamos con él y le explicamos que no la usaríamos para tenerlo geolocalizado en todo momento, sino solo en caso de emergencia o cuando se perdiera”, añade. De momento solo la han usado en un par o tres de ocasiones en las que su hijo se había perdido, como la primera vez que tenía que ir del instituto a casa de su tía a comer o cuando se fue de viaje con una extraescolar, iban de camino a recogerlo y no sabía darles bien las coordenadas del lugar donde estaba.

“Tenemos que utilizar las herramientas digitales con la mirada de construir y no de controlar. Si normalizamos el control de quien quiero y me quiere y no lo vamos revisando y haciendo pactos, damos la imagen de que quien nos quiera nos tendrá que controlar”, comenta Pasqual, quien afirma que los adolescentes buscarán el amor en función del registro de amor que han visto en casa: “Si como hija siempre he recibido amor condicional, el día de mañana cuando me lo haga alguien, no me saltarán las alarmas. Incluso quizás elegiré eso porque es lo que conozco”.

También entre grupos de amigos y amigas

Pero el control entre adolescentes no se da solo en el ámbito de la pareja. Cada vez es más habitual que grupos de amigas, especialmente de chicas, compartan la ubicación. A veces lo hacen cuando salen solas porque prefieren estar geolocalizadas por las amigas que no por la familia. Pero otras veces, la geolocalización se instaura como algo permanente porque, de esta manera, se sienten más juntas. Más allá del concepto de amistad, Montiel ve en ello un tema de construcción de la identidad. “Hoy en día, parece que los jóvenes tienen que publicar en las redes sociales todo el tiempo porque, si no, no son nadie. Esta generación crea identidad a partir de lo que hay en las redes sociales sobre ellos mismos. Y compartir la geolocalización con amigos es una extensión más de este problema”.

Las expertas animan a las familias a ser modelos, a no sobreproteger a niños y jóvenes, y a trabajar con ellos conceptos como la intimidad, la privacidad, la autonomía, los límites, o la autoestima. Y, como alternativa al uso de la geolocalización, podemos optar por estrategias más comunitarias: conocer el entorno de nuestros hijos, hacer una red de personas adultas.

Y también, en lugar de convertir a los niños y jóvenes en sujetos pasivos que no pueden hacer nada más que estar geolocalizados permanentemente, confiar en ellos y darles la oportunidad de ganarse nuestra confianza y de aprender habilidades para moverse y responder a las situaciones que se puedan encontrar. “Debemos volver a los básicos: explicarles que, si se pierden, pueden entrar en una tienda o buscar a otra madre a quien explicar que se han perdido, podemos hacerles aprender nuestro teléfono y la dirección de casa...”, concluye Elena Crespi.

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