90 años del sufragio universal
Cultura 01/10/2021

Los falsos tópicos del sufragio femenino en España

Las izquierdas chocaron a la hora de permitir que las mujeres votaran porque temían la influencia de la Iglesia

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Un grupo de mujeres celebrando el derecho a poder votar

BarcelonaEl derecho de las mujeres a votar provocó un importante choque entre los diputados de izquierdas de la Segunda República. El debate, en las Cortes Constituyentes del 1 de octubre de 1931, hoy hace noventa años, fue muy encendido, porque existía el miedo de que el voto de las mujeres provocara un giro a la derecha. Se creía que la Iglesia tenía una gran influencia sobre la población femenina. Miguel de Unamuno atribuía esta creencia al histerismo de los hombres y afirmaba en un artículo, El Confesionario y las mujeres en España, que en ningún caso los curas manipulaban a las mujeres desde el confesionario.

El mito, sin embargo, ha persistido porque todavía se discute sobre cómo la participación de las mujeres en la política, que se estrenaron como electoras en el estado español en las elecciones de noviembre de 1933, influyó en el triunfo de la derecha y el centroderecha. Fue el inicio de lo que se conoce como el "bienio radical-cedista" o Bienio Negro de los años 1934 y 1935. "Nuestros estudios muestran que la participación de las mujeres no causó este giro a la derecha. Participaron menos que los hombres, unos 12 puntos, y el diferencial más grande se produce, de hecho, entre las zonas rurales, donde hay más tendencia a la derecha, y las urbanas, más de izquierdas", afirma el politólogo Jordi Muñoz.

Un país con enormes desigualdades

En los años 30, en España se acabó con una monarquía y una dictadura, pero el activismo venía de lejos. En la lucha por el sufragio femenino fue pionera la escritora Carmen Burgos, que en 1906 promovió la primera campaña a favor del voto de las mujeres. Pero que las mujeres no pudieran acudir a las urnas no quiere decir que no participaran en la política. No hubo sufragio universal en el referéndum del 2 de agosto de 1931 -en el que un 99% de los electores catalanes votaron a favor del Estatut de Núria-, pero las mujeres tomaron parte con más de 400.000 firmas. La participación de las mujeres en las huelgas del sector textil de las primeras décadas del siglo XX fue también muy importante: muchas veces eran las que lideraban las movilizaciones.

Había, por lo tanto, y a pesar de las enormes desigualdades de principios del siglo XX, una conciencia de que la mujer estaba totalmente subordinada al hombre. Dependía totalmente del visto bueno de su marido para poder abrir un negocio, practicar el comercio o establecer cualquier contrato con terceros. Además, estaba obligada por ley a poner el salario a disposición del marido. El Código Civil anterior (de 1889) sometía a la mujer a la autoridad del marido, que, a la vez, era su representante en los negocios jurídicos. En el asesinato de una mujer, los "motivos de honor" se consideraban un atenuante.

Las tres primeras diputadas, todas de izquierdas

Cuando se votó el sufragio universal, el 1 de octubre de 1931, en las Cortes Constituyentes, hubo resistencia tanto por parte de hombres como de mujeres, y de los partidos de izquierda. En ese momento había solo tres diputadas, que habían sido escogidas por un electorado exclusivamente masculino en las elecciones de junio de 1931. Clara Campoamor, Victoria Kent y Margarita Nelken fueron las tres primeras diputadas del estado español, y las tres representaban a partidos de izquierda. Campoamor se presentó por el Partido Radical de Lerroux, aunque ella fundó y pertenecía a la Acción Republicana de Azaña, pero sus compañeros no la quisieron como candidata. Victoria Kent formaba parte del Partido Republicano Radical Socialista, y Margarita Nelken formaba parte de la candidatura del Partido Socialista. A menudo se ha explicado el debate como un enfrentamiento entre dos de estas mujeres, Campoamor y Kent. "Es falso, y es una explicación superficial, pero la versión patriarcal lo plantea así porque es más fácil y se quita de encima la responsabilidad. Muchos hombres de izquierdas dijeron grandes barbaridades en ese debate", defiende Laura Mora Cabello de Alba, profesora del derecho del trabajo en la Universidad de Castilla-La Mancha.

Una mujer votando en las elecciones de 1933 en Madrid.

Una de las que más batalló para conseguir que las mujeres pudieran votar fue Campoamor, que tuvo el apoyo de diputados hombres como el socialista Manuel Cordero, que recordaba cómo se había dado voto a las clases trabajadoras masculinas: "Los que pensaron en implantar el sufragio universal no se pararon a pensar en los peligros que podría comportar, porque sabían muy bien que implantar el sufragio era abrir una escuela de ciudadanía para ir formando la capacidad y la conciencia de los trabajadores. Lo mismo pasará con el sufragio femenino". Campoamor no solo defendía el voto femenino sino también el divorcio y la abolición de la pena de muerte. Kent, en cambio, se pronunció a favor de aplazar el voto femenino y esperar un tiempo para que las mujeres se entusiasmaran más con los ideales republicanos. "Campoamor fue capaz de ir por libre y ser más autónoma, y Kent se sometió a la disciplina de partido", dice Mora Cabello de Alba.

Con la Constitución de 1931 se consiguieron muchos más hitos aparte del voto femenino: se prohibieron los privilegios jurídicos por motivos de filiación, sexo, clase social, riqueza, ideas políticas o creencias religiosas. La Segunda República consideraba que, en el matrimonio, hombres y mujeres tenían los mismos derechos, reconocía el divorcio, establecía la igualdad de derechos para hijos nacidos fuera o dentro del matrimonio y preveía la investigación de la paternidad. Además, prohibía cualquier declaración sobre la legitimidad o ilegitimidad de los nacimientos y sobre el estado civil de los padres en el Registro Civil.

Campoamor, en 1936, argumentó que el triunfo de la derecha en 1933 no había tenido que ver con la participación electoral de las mujeres: "La causa fundamental de la derrota de las izquierdas y el triunfo de las derechas fue que las primeras estaban desunidas y las segundas unificadas, justamente lo contrario de lo que había sucedido en las elecciones de 1931 y de lo que sucedió en 1936, cuando ganó la izquierda bajo el Frente Popular". En su libro El voto femenino y yo: mi pecado mortal, Campoamor afirma. "El voto femenino, a partir de 1933, fue la mejor lejía para lavar las torpezas políticas masculinas. Si una vez lavados con lejía, los políticos de izquierda no han quedado más resplandecientes e impolutos... la culpa es del tejido". Lo mismo piensa Mora: "La izquierda de los barones sostiene todavía esta versión porque es más fácil que asumir su responsabilidad. Creían que a solas podían ganar las elecciones y se equivocaron".

Cada vez más hacia la izquierda

En la mayoría de países, la tendencia ha sido que las mujeres participaran cada vez más en la política y votaran más a la izquierda. "Quizás en un momento inicial eran más conservadoras, pero esto se revierte. En países como Suecia este cambio se produce sobre todo a partir de los años 60, con la entrada de la mujer en el mundo laboral", dice Muñoz. Mientras la mujer no podía trabajar y no había divorcio, dependía en gran medida de la institución familiar para sobrevivir y por eso les interesaba preservarla. Cuando tuvo más alternativas y salidas, su tendencia cambió. "Votar es también una cuestión de hábito, y siempre pasa que al inicio la participación es menor, no solo con las mujeres sino también con todos los grupos porque normalmente parten de una posición de desventaja", resume Muñoz.

La incorporación de la mujer como votante ha ido cambiando las políticas. Cuando empezaron a votar, muchas organizaciones no estaban preparadas y tuvieron que modificar las estructuras para llegar al nuevo electorado. "Tuvieron que hacer un proceso de aprendizaje para movilizar a las mujeres", dice Muñoz. La incorporación de las mujeres cambió también las prioridades de los gobiernos, y se incrementó el gasto en temas como educación o sanidad.

La mujer se ha incorporado a la política, pero no tanto en los lugares de poder. "Las mujeres tienen menos tiempo y más presión, porque se han incorporado al mundo laboral pero no se han distribuido equitativamente los trabajos del hogar", lamenta Muñoz. En este sentido, hay diferencias muy grandes con los países nórdicos, donde los trabajos domésticos sí están más repartidos. "Otro factor a tener en cuenta es que en general la política se presenta en los medios de comunicación como un espectáculo, una competición por el poder, una cosa conflictiva: se parece a un partido de fútbol o una lucha de gladiadores y esto hace que las mujeres pierdan el interés; en cambio, sí se interesan mucho cuando se habla de políticas concretas", explica el politólogo.

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