Inmigración
Cultura 21/03/2022

Joseba Achotegui: "Los inmigrantes son los héroes del siglo XXI"

4 min
El psiquiatra Joseba Achotegui en una imagen de archivo

BarcelonaEl doctor Joseba Achotegui hace dos décadas que describió el síndrome de Ulises para explicar la sintomatología psicológica que experimentan los inmigrantes que abandonan sus países por causas dramáticas, como una guerra. Médico psiquiatra y profesor de psicoterapia en la Universitat de Barcelona, asegura que en la consulta del Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados de la Fundación Sant Pere Claver de Barcelona hay veces que oye fragmentos de la Odisea en voz de los pacientes.

¿El síndrome de la resignación que veremos en una obra en el Teatre Lliure y el síndrome de Ulises son dos respuestas ante la misma situación?

— Pueden tener conexión, pero el síndrome de la resignación es curioso porque solo se ha visto en Suecia y ha generado cierto debate. Pero vaya, afecta a refugiados y, por lo tanto, a gente con situaciones durísimas, muy extremas, y en estas circunstancias sí que puede aparecer un cuadro así, un bloqueo total, con inmovilidad. El síndrome de Ulises no es tan grave, es un cuadro más reactivo de luto migratorio extremo, en el que la persona mantiene la actividad y continúa intentando salirse pero tiene cefaleas, dificultad para dormir, pensamientos recurrentes, confusión...

Y, por lo tanto, es más extendido, lo sufren millones de personas.

— Sí, claro, se ha visto en todo el mundo. Pero los inmigrantes son una selección de gente muy fuerte y, por lo tanto, hay que incluso no lo expresan. Por eso le puse el nombre de Ulises, para darle un nombre positivo. Muchas veces, lamentablemente, se asocia el inmigrante a una cosa problemática o negativa y, al contrario, son los héroes del siglo XXI. La gente se queda embobada con las aventuras de Ulises y tienes durmiendo en el parque de delante de casa a alguien que te puede explicar mucho más que Ulises porque ha vivido soledad, indefensión, unas aventuras tremendas. Nos tenemos que sensibilizar porque estamos reviviendo lo que describe la Odisea. Hay fragmentos que los sentimos literales, en la consulta: ser invisibles, no ser nadie, las lágrimas de la nostalgia, del recuerdo...

El impacto psicológico es más grave entre los inmigrantes que salen de situaciones extremas, como los refugiados.

— Yo he desarrollado la teoría de que hay siete lutos en la migración que afectan a todas las áreas de la vida. Son la familia y los seres queridos, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el contacto con el grupo y los riesgos para la integridad física. Todo cambia cuando se emigra, pero no es lo mismo hacerlo en buenas condiciones –yo lo llamo luto simple– que en malas condiciones –lo llamo luto complicado– o en situaciones extremas, cuando se da el síndrome de Ulises. Hay gente que viene en patera y está indocumentada durante años.

¿Desde el país de acogida no se considera que el hecho de emigrar tenga consecuencias mentales tan graves, no?

— Y es un problema, porque la inmigrante expresa a través del cuerpo este malestar psíquico y acaba en urgencias e incluso operado, cuando lo que hay detrás es estrés y duelo. Si esto se atendiera y se comprendiera lo podríamos evitar. El problema de la salud mental de los inmigrantes es que muchas veces acaba muy medicalizada, muy psiquiatrizada, cuando se tendrían que buscar mecanismos más psicológicos y psicosociales para ayudarlos.

Siempre hemos pensado que es normal extrañar un lugar o un familiar muerto. ¿Qué diferencias habría con el duelo del inmigrante?

— Cuando alguien muere ya no lo vuelves a ver más, y con el tiempo la gente se reorganiza. Pero para el refugiado, su país de origen continúa estando allí. El luto del inmigrante es recurrente, se mantiene toda la vida. Siempre estará pensando si vuelve, qué pasa allí, aparecen contactos y recuerdos, la familia que ha quedado allí... La nostalgia ni siquiera es el sentimiento más importante del luto migratorio: hay soledad, miedo, indefensión, exclusión...

¿Desde los años 80, han evolucionado las patologías que viven los migrantes?

— Descubrí el síndrome de Ulises en 2002 y se mantiene lo mismo pero incrementado. Cada vez es más complicado ser migrante, porque hay más indefensión, más controles, la crisis de 2008, el covid y ahora la guerra, que ya veremos cómo nos repercute. El inmigrante es quien lo pasa peor, porque tiene problemas de mera supervivencia.

Ahora que volvemos a hablar de refugiados, ¿cómo los tenemos que atender?

Ahora hay mucha solidaridad, ¿pero qué pasará de aquí a seis meses? Los mayores problemas les aparecerán de aquí a seis meses o un año. Incluso psicológicamente, porque al principio llegan chocados, hay cierta negación defensiva, pero después es cuando afloran los problemas de manera clara y es importante que el inmigrante no quede aislado. Además, son situaciones que duran años, como Siria o Bosnia, y esto requiere que la administración y las instituciones, todos, trabajamos con continuidad. Y también tenemos que preguntarnos si tratamos igual a los refugiados blancos que a los negros o árabes. Tenemos que tratar de ampliar la idea de solidaridad.

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