Miren Amuriza: "Una amistad perdida te deja una herida igual o peor que la de una ruptura amorosa"
Poeta y novelista. Publica 'Pleibac'
BarcelonaEl País Vasco "rural y poligonal" de la década de los 90 resucita en Pleibac, segunda novela de Miren Amuriza (Berriz, 1990) que ha traducido al catalán, para Club Editor, Pau Joan Hernàndez con gracia y oficio, a los que ha sumado la vocación lingüística transgresora del original. El libro explica la historia de amistad y traición entre dos adolescentes, Jone y Polly, que crecen en el mismo municipio vizcaíno en el que la autora siguió la tradición familiar de cantar versos improvisados en euskera. Años después de consagrarse como bertsolari y de publicar varios poemarios, Amuriza probó suerte con la prosa en Basa (Elkar, 2019; en castellano en Consonni), y ahora repite la experiencia con una novela que baja como una cerveza bien fresca saliendo de fiesta con los colegas.
¿Tener un padre bertsolari reconocido como es Xabier Amuriza fue un aliciente para probar suerte en el mundo de la improvisación, o más bien un obstáculo?
— La improvisación oral ha estado muy presente en mi entorno desde que era muy pequeña. Mi abuelo ya cantaba. Mi padre participó en campeonatos de bertsolarismo durante años, aunque actualmente se dedica sobre todo a escribir: tiene casi 85 años. La madre fue profesora de improvisación oral, porque en el País Vasco es una práctica tan popular que se enseña en las escuelas. Tardé en apuntarme a un taller de bertsolarismo. Si lo hice con 12 años fue por influencia de los amigos, no de la familia. Me encontraba en un momento en que, sobre todo, quería rebelarme contra la autoridad paterna.
No tardaste en empezar a competir, y cuando tenías 18 años saliste en la televisión cantando la canción popular Gure aitak amari.
— Durante los primeros años fue una especie de juego, para mí. Como hija única que era, de pequeña pasé mucho tiempo entre adultos y ancianos. Con ocho años ya tenía el don de hablar como una viejecita.
Esta voz de anciana se hacía muy creíble en Basa, tu primera novela.
— Todos los autores tenemos una pregunta fundacional que vamos investigando libro tras libro, y la mía tiene que ver con mirar hacia atrás y ser capaz de recoger lo que me han transmitido. Tanto el contexto como el lugar afectan mucho a los personajes, y en el caso de Basa me planteé explicar la historia de una mujer mayor a través de sus palabras. Este era mi único objetivo. A partir de aquí fui escribiendo muy poco a poco, probando el texto en voz alta párrafo tras párrafo. A veces me atasco porque me falta una palabra de unas sílabas concretas que mantenga el ritmo que busco. El oído es fundamental, para una autora como yo, tanto a la hora de hacer versos como novelas.
Los lectores que conocieran Basa y ahora lleguen a la voz en primera persona que nos explica Pleibac se quedarán bien parados. La traducción catalana incorpora palabras del euskera y también del castellano para mostrar una realidad lingüística compleja.
— Aunque el discurso parezca muy fluido, siempre que aparece el castellano en el libro le he dado muchas vueltas. Soy consciente de que no es lo mismo escribir en una lengua hegemónica que en una amenazada como la mía. Me he permitido más manga ancha en cuanto al uso del léxico que a la hora de calcar estructuras sintácticas.
En la versión castellana leemos "botellón", "puto asco", "no me jodas" y "cumple". Las chicas "pillan el bus", hacen "un simpa" y recuerdan aquellos "documentales siestosos de La 2".
— Mi intención era usar palabras que sonaran naturales en todo el dominio lingüístico del vasco. Si ponía, por ejemplo "pulsera brillantea", la parte francófona del País Vasco también me entendía. En caso de haber optado por la expresión estándar habría sido diferente. Muchas conversaciones que tienen los personajes de la novela se habrían dado, seguramente, en castellano. Yo me propuse escribirlas en vasco y dotarlas de plasticidad. Lo más importante es el valor literario que puedas llegar a dar a lo que escribes. Hay que ser valiente. Si tratas la lengua como si fuera una criatura o una anciana, la debilitas.
Aun así, debió ser un libro polémico.
— Sí. El euskera vive una situación tan frágil que el debate interno es constante. La diglosis es muy grande. Entiendo que hacen falta políticas diferentes en la educación y en los medios de comunicación para que la situación mejore, pero a la hora de escribir una novela tienes que poder romper los propios límites que tienes como ciudadana.
¿Esperabas las reacciones negativas?
— Me han criticado sobre todo desde la generación de los 60, que lucharon para conseguir que el euskera se normalizara. La crítica más frecuente ha sido esta: "Tú que puedes escribir tan bien, ¿cómo has sido capaz de hacer esto con la lengua?"
¿Y qué respondías?
— Que apliqué unos criterios muy concretos para que se correspondieran a una voz que quería que sonara auténtica.
Imagino que tu generación también ha incorporado cambios en el mundo del bertsolarismo que han llamado la atención.
— Se sigue cantando la actualidad social, política y cultural, pero desde la aparición de Maialen Lujanbio, primera mujer que ganó el campeonato nacional de bertsolaris [en 2009], las que veníamos detrás de ella hemos podido ir abriéndonos camino quizás con más facilidad. Las bertsolaris no olvidamos los grandes temas de siempre, pero hemos hablado por primera vez de maternidades, del cuerpo, de las relaciones de poder y de lo que supone ser una mujer.
Habéis cambiado las reglas del juego.
— Uxue Alberdi lo explica muy bien en el ensayo Revers [Pol·len, 2023], donde recoge testimonios de muchas de mis compañeras sobre las dinámicas que nos encontramos. Había cierto paternalismo, por un lado, pero también una hipersexualización o infantilización de las que nos dedicábamos a ello. No es lo mismo participar de la fiesta con unas normas ya creadas que crear nuestra propia fiesta.
Uno de los temas principales de Pleibac es el análisis de la amistad entre Jone, narradora de la historia, y Polly. La primera se dedica a reflexionar sobre la relación que tenían y que perdieron.
— Durante años, las niñas tuvimos nuestra primera relación monógama de pareja con la mejor amiga. A la mejor amiga te la querías tanto que te la habrías comido para convertirte en ella. Al mismo tiempo, las dinámicas de poder y de celos que se daban también eran muy fuertes.
La Jone intenta explicar por qué fue capaz de traicionar a la Polly.
— Una amistad perdida te deja una herida igual o peor que la de una ruptura amorosa. Recuerdo unas palabras de la antropóloga Mari Luz Esteban que me iluminaron: ella dice que tenemos muchos rituales de ruptura para afrontar una relación de pareja, pero con las amistades no pasa lo mismo. Solo hay que echar un vistazo a nuestro entorno para comprobar que es así. O recordar de qué manera las narrativas literarias y audiovisuales nos preparan para afrontar una ruptura sentimental, pero no una relación de amistad. Nos faltan rituales para afrontar una amistad rota.
Es singular que la voz que habla en tu novela sea la más imperfecta moralmente.
— En relatos de amistad como La amiga genial, deElena Ferrante, o Panza de burro, de Andrea Abreu, la narradora es la buena, la que sigue las normas. Yo buscaba rehuir un relato que se pudiera dividir entre buenos y malos. A veces, cuando miramos hacia atrás, podemos llegar a sentirnos culpables de cosas de las que nos creíamos inocentes.
Seguro que muchos lectores te han preguntado si te sientes más cerca de la voz de Jone que de la de Polly.
— Y la respuesta es que si yo hubiera podido elegir mi rol durante la adolescencia, seguramente habría estado más cerca de Polly. Yo era euskaldun y mostraba mi compromiso con la cultura vasca. Reprimía muchas cosas, de cara a la galería.
¿Ahora?
— Cuando en el instituto las amigas comentaban las galas de Operación Triunfo yo fingía que no sabía nada. Pero en casa las seguía...
¿A ti también te gustaban las Spice Girls?
— Las Spice Girls dicen muchas cosas de nuestra generación. El título de la novela, Pleibac, tiene que ver con volver a aquellas canciones de cuando éramos adolescentes. Recuperarlas a través del grupo de amigas, y también para abrir el foco hacia otras relaciones, como la que la Jone mantiene con el Adri, que es muy atormentada. A ella le permite salir del barrio y sentir que forma parte del grupo de chicos, con todo lo que eso supone.