Las primeras veces

Cómo explicar Barcelona al margen de las tensiones políticas de los últimos años

David Uclés
12/04/2026
Escritora y psicóloga
3 min

Hace unas semanas, David Uclés habló en el CCCB sobre Mercè Rodoreda con tanta ignorancia que, con una clara tendencia masoquista, tuve curiosidad por leer La ciudad de las luces muertas, con la que ha ganado el premio Nadal. Tuve que detenerme en el segundo capítulo: no tengo edad para perder el tiempo con mala literatura, especialmente cuando, además, es un intento mal disimulado de descatalanizar Barcelona.A diferencia de Àngels Barceló, a mí la experiencia de leer a un extranjero hablando de mi ciudad no me hizo reconocerla, ans al contrario. Solo podía quitarme el mal humor volviendo a un pasado reconocible de verdad. Así es como he acabado en las páginas deEstrella fugada. Sideral (Editorial Contra), la biografía sobre Aleix Vergés, escrita por su amigo y periodista cultural Héctor Castells.Años noventa, plaza Joan Llongueras y las noches en que DJ Sideral pinchaba en la pista giratoria del Nitsa. Castells describe muy bien qué hacía especial a Sideral: un músico y DJ autodidacta con una curiosidad insaciable por la música, una selección ecléctica y difícil de clasificar y, sobre todo, una capacidad casi física para sentir el pulso de la pista e intervenir en el momento justo. Tengo un recuerdo de una noche que, a veces, me parece un sueño. Pasaba una muy mala época en casa y, en un momento dado, dejé de bailar y me quedé a un lado, mirando el local con un sentimiento de alienación. Entonces, empezó a sonar una de mis canciones preferidas de Sade, mezclada con la música electrónica. Levanté la cabeza y me pareció que Sideral esperaba atento mi reacción. La corriente de empatía, reconocimiento y calidez me permitió volver a la pista y girar de nuevo en otra de aquellas noches que parecían mágicas.Todos los recuerdos de aquella época los tengo difusos, como si los viera a través del agua. Pero la sensación de libertad y de encaje que sentí en aquel local no se borra. Mirando atrás, tengo la impresión de que muchos éramos personas que no acabábamos de encontrar sitio en otros espacios, pero allí nos reconocíamos sin saber aún ponerle palabras. Era un mundo que se parecía al País de Nunca Jamás. Había muchos niños perdidos (Castells explica que muchos de los amigos eran literalmente huérfanos, o con padres ausentes) y, como Peter Pan, Sideral era el líder. Carismático, intuitivo, capaz de crear un lugar donde todo parecía posible y donde, durante unas horas, el mundo de fuera y de los adultos dejaba de existir.Sideral no quería crecer

Como Peter Pan, Sideral no quería crecer y decía que moriría joven. Efectivamente, murió a los treinta y dos años, justo cuando la neurociencia hoy sitúa el final de la adolescencia. El mito queda fijado aquí, en este punto suspendido.El resto de niños perdidos hemos tenido que aprender a hacernos mayores. Quizás por eso me ha sorprendido la mirada con que Castells despliega la historia. El libro se publicó cuando él ya tenía cuarenta años y se revisó una década más tarde, pero, en cambio, nos explica aquel mundo como si todavía tuviera veinte. Como cuando describe a una chica de dieciséis años como "otra menor que podría desatar ochocientos casos de pederastia en un segundo, mirada asiática, boca de fresa y párpados largos" (parece que nadie, ni en 2013 ni en 2023, lo encontró problemático). O cuando presenta Barcelona como si se pudiera explicar al margen de las tensiones políticas que la han atravesado en los últimos años, con un marco mental que acaba pareciéndose más al de un David Uclés que no al de un barcelonés. Quizás es aquí donde el País de Nunca Jamás deja de ser magia y fascinación, y pasa también a ser prisión y pesadilla. El malestar, pues, no he conseguido ahuyentarlo.

stats