¿Rodoreda cursi?
David Uclés y Elisenda Solsona glosan el lado oscuro, grotesco, fantástico y macabro de la escritora
BarcelonaDavid Uclés va camino de convertirse en el gran paladín rodorediano. Elisenda Solsona tampoco se queda corta. En el marco de la exposición del CCCB sobre Mercè Rodoreda, su conversación de este lunes ante las más de cuatrocientas personas que llenaban el Hall, un público entregado, se ha convertido en un festival de elogios desmedidos. Rodoreda como precursora del realismo mágico europeo (previo y más duro que el latinoamericano), como un eterno niño inocente malévolo, como una autora de lo cotidiano y el terror, como una maestra onírica y simbólica. ¿Cómo una bruja no tan buena? Se ve que en la mayoría de sus textos aparecen brujas de toda casta y condición...
Ricard Ruiz Garzón ha sido el encargado de hacer aflorar la admiración y adhesión de Uclés y Solsona por la autora de La plaza del Diamante y, sobre todo, de La muerte y la primavera, la novela inacabada y más radical de la autora, que uno y otra consideran su cima. Como Neus Penalba, comisaria de la exposición Rodoreda, un bosque (tenéis tiempo hasta el 25 de mayo para visitarla), Uclés cree que este libro lo ha cambiado para siempre: "¡Me obsesiona!" No se pone límite a la hora de recomendarlo urbi et orbi, convencido de que es imposible que decepcione a nadie.
Con ninguno de los dos títulos Rodoreda ganó el Sant Jordi. Uclés en culpa al machismo de autores como Josep Pla, sobre el que dice que no vale excusarle diciendo que era un hombre de su tiempo: "¡Pero si murió hace cuatro días! Debía decirlo. Ahora ya me quedo tranquilo". Carcajadas del público. Pero todavía hoy hay ruido de cursilería en torno a Rodoreda. Y un gran desconocimiento en Iberia: "Yo soy iberista", precisa el autor de La península de las casas vacías y La ciudad de las luces muertas. Y añade: "Una novela que si la hubiera escrito después de leer La muerte y la primavera tendría a Rodoreda como protagonista absoluta".
La violencia simbólica
Hay una imagen de La muerte y la primavera, cuando a alguien que debe morir le ponen cemento en la boca para que el alma no se escape, que se ha convertido en símbolo de la violencia simbólica de la literatura rodorediana. Una fuerza que, según Solsona, ve del folclore popular catalán y que también se refleja, por ejemplo, en el cuento La salamandra, un fragmento del que, leído por Lídia Pujol, sirve para introducir la conversación: describe cómo la gente en la plaza de un pueblo, hombres, mujeres y criaturas, se convierten todos en una "sombra feliz" ante el espectáculo de una chica-bruja a la que se quema en la hoguera. Una bruja víctima de la normalizada barbarie humana. "Hoy no estamos tan lejos de esto, ¿verdad?", me comenta Lídia Pujol antes de empezar el acto. Desde la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, "el realismo puro ya no sirve para explicar la realidad", repetirán después en el escenario.
Estos cambios de ritmo de Rodoreda, como el cemento en la boca, como la gente charlando ante una hoguera humana o como Colometa en la azotea cuando ya no puede más con las palomas, son lo que Uclés define como "los momentos Rodoreda", cuando la realidad se convierte en el monstruo " te pega una bofetada". Un varapalo que ha dejado huella en Uclés y Solsona. Y en muchos lectores habidos y por haber.