Falangistas y brujas buenas en plena guerra civil
En el tuétano de 'Cosamala', la esperada segunda novela de Alana S. Portero, hay un puñado de mujeres que se resisten a ser sometidas en el pueblo andaluz de Guillena
- Alana S. Portero
- Seix Barral
- 270 páginas / 20,90 euros
No querría de ninguna manera ponerme en la piel de ninguno de aquellos autores o autoras que triunfan con el primer libro publicado –no sueño con resucitar como Carmen Laforet–, porque las expectativas generadas son tan altas que es muy difícil no fracasar. Aunque el éxito que la escritora Alana S. Portero (Madrid, 1978) obtuvo con su primera novela, La mala costumbre, fue más que justificado, ahora la publicación de la segunda, Cosamala, la pone en una tesitura complicada. ¿Revalidará la autora su triunfo o se estrellará?
Año 1937. Una columna fascista avanza por los pueblos sembrando el terror y la barbarie. Llegados a un pueblo de la provincia de Sevilla, Guillena, uno de ellos resulta ser un paisano que, cuando el pueblo se plantó ante el golpe de Estado, no fue fusilado por los pelos. Ahora aquel hombre vengativo regresa con pistola y una camisa azul que le va grande a las órdenes de Ramón de Carranza, marqués de Soto Hermoso.
Cosamala está basada en una historia real, la de la represión que sufrió aquel pueblo a inicios de la Guerra Civil y, en concreto, del más que trágico caso de las llamadas 17 rosas de Guillena, detenidas, vejadas y finalmente fusiladas por las fuerzas falangistas, para después ser lanzadas a una fosa común. Una más de las muchas muestras de crueldad de los que venían a salvar la patria de la amenaza roja, algo que algunos aspiran a volver a hacer ahora. El caso ha inspirado incluso un documental, Guillena 1937, dirigido por Mariano Agudo en 2013.
Resistirse a la sumisión
En el meollo de la novela hay un puñado de mujeres que se resisten a ser sometidas. Incluida la Tórtola, una mujer trans que cuando la columna avanza hacia el pueblo da el grito de alerta: “La Tórtola avisa a todos, llama a puertas y ventanas, unos estaban ya esperando, otros dormían tranquilos; desde el norte, entrando por el camino de Castilblanco, la columna avanza y ya casi alcanza Guillena, para cuando consigue llegar a su casa, con barro hasta las rodillas, el pelo como una loca, la falda retorcida”. Y los hombres huyen del pueblo con una mano delante y la otra detrás, hacia donde sea que no los encuentren. Cuando reaparecen en el relato, ya no les quedan fuerzas: “Están famélicos, encorvados, a algunos la delgadez les otorga un nervio salvaje, un furor de carroñeros disputándose el último cadáver antes del invierno; a otros, solo los avisa día a día de que se están desvaneciendo en el aire”.
Pero la gran contribución de esta novela no son ellos, sino las mujeres valientes que, desde la sororidad, con brebajes mágicos y una resistencia hercúlea, plantan cara a los invasores encabezadas por Trinidad la Camacha, que organiza ofrendas al mundo de los muertos –el inframundo–, en un claro homenaje a los miles y miles de cuerpos de asesinados todavía sin localizar: “Qué pena que les quede tan poco tiempo, hubiera sido bonito envejecer juntas, amortajarse y enterrarse las unas a las otras hasta que la última tuviera a quien contarle el secreto del suelo”.
Alana S. Portero demuestra ser una escritora de raza y aprueba con nota en esta segunda novela. En La mala costumbre convenció por la temática tratada —la transexualidad—, pero también por su lengua rica y sugestiva. En Cosamala, esta lengua está exagerada hasta devenir casi lorquiana y, de hecho, encontramos entretejidos versos del poeta granadino. La apuesta lingüística sirve bien a la trama, una historia de brujas y fantasmas lubricada con sensaciones orgánicas y lágrimas de sangre. Sin embargo, empalaga un poco, porque rebosa por las costuras. Con más contención lingüística, el relato habría funcionado mejor, pero el universo creado por la autora convence.