Xavier Antich, Teresa Cabré y los premiados de la Noche de las Letras Catalanas 2026.
20/03/2026
Escritora y psicóloga
3 min

Desde hace varias ediciones, la Institución de las Letras Catalanas tiene un espacio expositivo en la Semana del Libro en Catalán y encarga a un puñado de escritores e ilustradores unas viñetas sobre un tema concreto. El año pasado lo dedicaron a una exposición metaliteraria en clave de autoparodia sobre las obviedades del sector literario y el escritor catalán, para celebrar el centenario de la publicación de El próximo año de Francesc Trabal, con prólogo de Josep Carner. Escribí un texto sobre la realidad de los escritores catalanes: somos el primer eslabón de la cadena del libro, pero los únicos que difícilmente podemos vivir de nuestro trabajo. El ilustrador Marc Torices le convirtió en una viñeta de cómic fantástica.

Volví a pensar el sábado, mientras miraba la gala de la Noche de las Letras Catalanas desde el sofá de casa. Tenía que ir, pero a última hora, entre el frío, la lluvia y la perspectiva de tener que subir a Montjuïc desde entonces y sin moto, me quedé leyendo. No me arrepentí.

No voy a insistir en las críticas que ya se han hecho al nuevo formato (sobresaturación de Sant Jordi o la posible invisibilización de las editoriales independientes), pero sí en algunos detalles menores, domésticos si lo desea, pero bastante sintomáticos.

De entrada, hay una cuestión de escenografía. Si pides a los asistentes que se muden para la ocasión, recibirlos en sillas de plástico quizás no sería el más protocolario. Ver al presidente Pujol, a los 95 años, y al resto de la llanura política sentados como si aquello fuera el camping es una imagen que ni a una IA se le ocurriría generar.

Mis fuentes, además, me cuentan que pasaron más frío en la Sala Oval que en la Semana Blanca de Port de la Compte. Es cierto que será un espacio difícil de climatizar, pero si, además, dejas a los invitados con la barriga vacía, porque no hay catering ni bebidas para soportar las dos horas y media del evento, quizás es que el presupuesto ha quedado corto.

La Noche de Santa Lucía se creó en 1951 y era otra cosa: una comunidad literaria, un espacio de encuentro y de resistencia cultural. Convertirla en una gran gala institucional y televisiva no debe ser necesariamente un problema, puesto que los tiempos cambian, pero sí plantea una pregunta: ¿qué celebrábamos exactamente?

La sensación es que los escritores y la literatura, paradójicamente, tenían un papel secundario. Antes, los finalistas del Premi Òmnium a la mejor novela del año tenían presencia: se anunciaban con tiempo, aparecían en los medios, se les entrevistaba y tenían un espacio en la gala. No ganaban el premio, pero ganaban lectores. Este año, en cambio, todo se ha concentrado en el momento del anuncio, como una carrera en la que lo importante ya no es participar, como nos repetían los adultos cuando éramos pequeños, sino quien gana. Mis fuentes me decían que habían salido de ahí sin ganas de volver a escribir.

En un momento, además, en el que se desconfía tanto de las redes sociales, muchos eventos culturales parecen planificados desde el marketing sólo para circular por ellos. Pero la literatura no es eso. Necesita tiempo, silencio y sobre todo recordar que, sin las historias y sin quien las escribe, todo lo demás es sólo eso: humo.

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