Ordenar el futuro para recordar el pasado
La Luna preside 'Miss Italia', de Claudia Durastanti, como una fuerza telúrica que hermana a las tres mujeres, que buscan la independencia y, sobre todo, una manera de construirse sin depender de la mirada de los demás
'Missitàlia'
- Claudia DurastantiL'Altra / AnagramaTraducción de Mercè Ubach344 páginas / 21,90 euros
Dividir un libro en tres bloques de estilos y tonos diferentes es una decisión arriesgada: en principio, debe tener la ventaja de no aburrir a los lectores con una sola historia, pero a menudo comporta el peligro de perderlos, porque cuesta que las tres partes gusten de la misma manera. En el caso de Missitàlia, esta novela de título misterioso y polisémico, la cosa queda a medio camino. La aspereza y la dureza de la primera parte son una puerta difícil de cruzar para el premio que suponen una segunda y tercera parte mucho más interesantes, pero esta es la apuesta de Claudia Durastanti, una autora que triunfó en todo el mundo con el título anterior, La extranjera, de carácter autobiográfico.
Los tres bloques de Missitàlia transcurren en tres períodos históricos bien diferenciados: mediados del siglo XIX, justo después de la unificación italiana, los años cincuenta del siglo XX y la década del 2050. Las tres historias suceden en el mismo enclave geográfico, la región de la Lucania, en el sur de Italia, y están protagonizadas por tres mujeres, Amalia Spada, Ada y A. La primera es la fundadora de una comunidad matriarcal, un refugio para personas salvajes, desheredados y rebeldes que buscan una vida nueva. La segunda es una antropóloga que participa en una expedición a la Lucania para hacer un estudio sobre la brujería local, pero también sobre las explotaciones petrolíferas. A. es la protagonista de una historia ambientada en un futuro en el que la explotación del petróleo ha sido sustituida por la conquista de la Luna. Estamos en una base aeroespacial de la Lucania de donde se elevan y aterrizan los cohetes que van de ida y vuelta al satélite que preside toda la novela, como una fuerza telúrica que hermana a las tres mujeres, que buscan la independencia y, sobre todo, una manera de construirse sin depender de la mirada de los demás: Amalia ya está muy lejos, Ada aprende lecciones duras de la vida y A. tiene que afrontar una de las más difíciles.
Aceptar que vivimos el fin del mundo
La escritura de Durastanti es seria, densa y profundiza en muchas de las preocupaciones contemporáneas: el ecologismo, las luchas políticas, la organización familiar o de tribu, la explotación del territorio, la toxicidad de las personas y del planeta. Las lecturas e influencias son abundantes: si la primera parte recuerda el desencaje temporal y la magia de las películas de Alice Rohrwacher, la segunda parece una novela de Cesare Pavese, con una protagonista escindida entre el compromiso y la búsqueda del amor: “A pesar de no haber fundado una familia, había sentido que formaba parte de una comunidad [...] y que no es cierto que los lazos que se eligen sean siempre más libres”. La tercera se hermana con las novelas de anticipación que vuelven a poblar los estantes de novedades: hemos aceptado que es posible que vivamos el fin del mundo y esto nos genera preguntas: ¿cómo irá, este final? ¿Cómo lo viviremos? Claudia Durastanti construye una respuesta meditada que equilibra la búsqueda de la libertad individual con la integración al grupo, la nostalgia del pasado con la avidez del futuro y el triunfo del amor sobre el odio.