Crítica de libros

Oscar Wilde y la perversidad preciosa del genio

La Casa de los Clásicos publica 'El retrato de Dorian Gray', con traducción de Yannick Garcia y prólogo de Albert Serra

El actor Ben Barnes en la película 'El retrato de Dorian Gray', dirigida por Oliver Parker en 2009.
19/03/2026
3 min
  • La Casa de los Clásicos
  • Traducción: Yannick Garcia
  • 226 páginas / 22,95 euros

El inconveniente de los clásicos de la literatura que se han convertido en iconos culturales universales es que ya nos los sabemos de memoria. La virtud de los clásicos de la literatura que se han convertido en iconos culturales universales es que son tan significativos y fascinantes que nunca te los acabas y puedes volver una y otra vez, lo que convierte la inconveniencia de saberlo de memoria en una suerte, un incentivo y una ventaja.

Más o menos todo el mundo conoce el argumento deEl cuadro de Dorian Gray, la novela de Oscar Wilde (Dublín, 1854-París, 1900) sobre un joven refinado y adorable que, en Londres de finales del siglo XIX, establece una especie de alianza diabólica con el retrato que le ha hecho un pintor amigo suyo que le idolatra. La premisa argumental de la novela, de cariz sobrenatural, es tan potente y presenta tantas posibilidades simbólicas que resulta impactante e inolvidable: como Dorian Gray no quiere envejecer, ni tampoco quiere ser desfigurado por la marca de las experiencias que supone vivir, él en persona consigue preservarse tal y como es, bello y joven y atractivo, corrupción moral y todas las absecciones que su alma envilecida acumula. Es una premisa argumental a la vez perversa, sugestiva y brillante.

En este sentido, la edición magnífica que La Casa dels Clàssics ha publicado deEl cuadro de Dorian Gray, la primera en catalán de la versión inicial no censurada de la obra, con sustancioso prólogo del cineasta Albert Serra, impecables traducción y nota final de Yannick Garcia y el prefacio del autor para la edición de 1891, sirve para constatar algo que tendemos a olvidar. Esto es: que Oscar Wilde, más allá de su ingenio explosivo y colorista y de sus sentencias sapienciales llenas de paradojas perspicaces, de verdad y de cinismo, es un gran escritor. Es un esteta exuberante con un estilo vistoso, una inteligencia poderosa, un coraje moral temerario y un alma honda y ancha.

Queda claro en el segundo capítulo de la novela, cuando Wilde presenta por primera vez juntos a su trío de protagonistas: el joven Dorian Gray, el pintor Basil Hallward y el genial Lord Henry, que con su lucidez sin escrúpulos ejerce de mentor fáustico de Dorian. En este capítulo, Wilde narra y nos hace entender, con trucos retóricos finísimos y sin golpes de efecto mágicos, el intercambio de personalidades y energías emotivas y ético-morales que se produce entre el Dorian del cuadro y el Dorian real, mientras se contempla retratado y al mismo tiempo absorbe los consejos de vida hedonistas y la depravación inci. "En cuanto te hayas secado, te barnizaré, te enmarcaré y te enviaré a casa –le dice el pintor–. A partir de entonces, haz lo que quieras contigo mismo".

Dejando a un lado el argumento audaz y la precisión y la opulencia del lenguaje, El retrato de Dorian Gray también es una novela que aborda temas centrales de la modernidad literaria y sociopolítica: la relación que los hombres mantenemos con nuestra conciencia; la gestión del mal y de la noción de pecado en una sociedad sostenida por la hipocresía y la superficialidad; la libertad y los peligros del placer (el homoerotismo en la época victoriana); la separación o la simbiosis entre la vida y el arte... Lo resume Wilde mismo: "Todo arte es a la vez superficie y símbolo". ¡Ah, pero qué superficie! ¡Y qué símbolo!

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