"Lo peor que puede heredar un hijo es un padre o una madre que no ha vivido la vida que quería"
Douglas Stuart cierra la trilogía sobre la represión de la homosexualidad, ahora en las islas escocesas, con la novela 'John, hijo de John'
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BarcelonaSi hay un momento crucial en la vida de Douglas Stuart (Glasgow, 1976), deberíamos situarlo en 2019. Hasta entonces, Stuart había tenido una infancia complicada, como hijo de una madre soltera y de clase baja que había muerto de alcoholismo cuando él tenía 16 años y, en cambio, una juventud liberadora, porque había conseguido graduarse en la universidad en Londres y trasladarse a Nueva York para trabajar en el brillante mundo de la moda. "Toda la vida había pensado que la escritura sería mi pasión y la moda, mi trabajo", recuerda. Hasta 2019. Aquel año entregó el manuscrito de Historia de Shuggie Bain, que recibiría el Premio Booker 2020 y lo convertiría en un escritor de fama mundial.
El mismo 2019, mientras esperaba la publicación de su debut, empezó a trabajar en lo que sería su tercera novela, John, hijo de John, que ahora llega a Edicions de 1984 con la traducción de Josefina Caball y a Random House en castellano. El libro cierra el tríptico sobre la vida queer en la clase trabajadora escocesa, y lo hace en el extremo noroccidental del país, en las islas Hébridas. El autor vivió allí cuatro semanas aquel 2019 y entrevistó a decenas de personas para conocer cómo es la vida en un entorno tan aislado, cerrado y endogámico, un lugar que a lo largo del siglo perdió la mitad de la población, hoy ya muy envejecida y empobrecida.
En este paisaje agreste, donde Stanley Kubrick rodó 2001: una odisea del espacio, y que Stuart retrata con precisión y humanidad, se sitúa una historia que explora "la dificultad de ser uno mismo" cuando no conoces ninguna alternativa. "La homosexualidad está tan lejos de las Escrituras que ni siquiera puede existir", explica. En cada isla, además, todo el mundo es hijo de un linaje conocido, hay muy pocos apellidos diferentes, y por tanto "tú no eres solo tú, sino que proteges la reputación de tu familia". En este archipiélago pervive el gaélico escocés (que hablan el 1% de los escoceses) y el culto a la iglesia libre presbiteriana, la rama más estricta del calvinismo. En el original inglés –y en castellano se entiende perfectamente bien–, Stuart utiliza el gaélico escocés, explota el potencial dramático del bilingüismo y le sirve para imprimir carácter a los personajes. "Era imposible que el gaélico no estuviera en la novela. La lengua es tal y como ves las cosas: el tiempo, las relaciones, Dios...", explica.
El retorno del hijo
Los protagonistas de la novela son John y su hijo Cal, un chico de 23 años que debe volver a la aislada granja del padre en la isla de Harris para cuidar de la abuela, a quien ama con devoción. "El cuidado es la forma de amor más pura", opina el escritor. Esta es la corriente de fondo que recorre sus tres novelas. La llamada del padre hace que aquel joven homosexual graduado en arte en Edimburgo tenga que recluirse en la prisión solitaria y tediosa que es su hogar, y dedicarse a criar ovejas, tejer su lana para hacer tweed e ir a misa. "Yo, que no tengo padre, siempre me he preguntado por el amor padre-hijo. Por lo que sé de mi padre, era muy macho man, producto de su lugar y momento, y sé, sin duda, que nunca habría sido el hijo que mi padre habría deseado", afirma el escritor.
En John, hijo de John, hurga en el peso de la herencia, el efecto de la represión y cómo se puede sentir, al mismo tiempo, rabia y amor por la misma cosa. Stuart, sin embargo, no centra la tensión en el chico que viene de fuera sino en los que se han quedado en la isla, sobre todo el padre y también sus vecinos. "La peor herencia no es recibir la granja. Lo peor que puede heredar un hijo es un padre o una madre que no ha vivido la vida que quería", afirma el autor. "El padre ha dejado perder su vida para poder conservar la tierra y la casa para el hijo, y el hijo perderá el futuro por la herencia que le impone el padre. A veces las familias se encallan en un callejón sin salida", observa el escocés. El escritor explota las paradojas de la vida de pueblo, como la importancia de la discreción y, al mismo tiempo, la falta de intimidad.
La tercera protagonista es la abuela, que le sirve de contraposición a las figuras masculinas hurañas y antisentimentales. "Habría podido hablar del silencio de los hombres, pero quería explicar que este silencio nunca puede engañar a las mujeres. Los hombres tienen secretos y las mujeres saben exactamente qué les pasa... pero tampoco lo pueden explicar", afirma. Según él, los nietos gais tienen una relación especial con las abuelas, porque ven en ellas un "ejemplo de supervivencia y fuerza en un mundo hostil". Porque aunque Stuart crea que la literatura puede mover montañas, hay una roca que cuesta resquebrajar: "La brecha entre el mundo gay y la Iglesia no la podré cerrar", lamenta.