Literatura

Un poeta muy valioso que no verá reseñado casi en ninguna parte

Adia Edicions reúne a todo el corpus lírico de Gaspar Jaén Urban, escrito durante las últimas cinco décadas

Una plaza de Elche, localidad valenciana donde nació y vive Gaspar Jaén
06/01/2026
3 min
  • Gaspar Jaén Urban
  • Adia Ediciones
  • 528 páginas / 30 euros

Una obra lírica completa, muy valiosa, de una importante voz de la cultura de expresión catalana de los últimos cincuenta años; un autor que había publicado en Tres i Quatre y en Llibres del Mall, editoriales de prestigio que han hecho una obra ingente de difusión de la poesía... Gaspar Jaén Urban (Elx, 1952) nos presenta su corpus lírico desde 1975. Deberíamos verlo en todas partes, bien entrevistado; los críticos literarios podrían aprovechar la ocasión para revisar su obra y comentarla profusamente; las librerías deberían disputárselo para dar a conocer este volumen... ¿Pasará algo de todo esto? Me juego una mano que no. Da igual, pero: ¡Guadalajara nos ha amado!

Y, sin embargo, no todo es tan oscuro, ni tan magro: Pere Ballart, el mejor teórico (y crítico) de poesía del país, encabeza esta obra con un texto de sesenta páginas que, sólo por no tener que entrar en discusiones bizantinas, se ha convenido en llamarlo prólogopero que en realidad es mucho más que eso: se trata de un opúsculo de intención minuciosa que recorre memorablemente la poesía del autor elxano y evalúa exhaustivamente su evolución. El estudio ballartiano es magnífico, y, entre otras muchas cuestiones, destaca el peso del "alejandrí perfecto", tan característico del autor, o la ambivalencia de romanticismo y clasicismo en sus versos: el personaje que construye esta poesía bebe de la fuente romántica –la idea de exilio, aplicada al amor o al país natal– el estilo, el modo, resultan genuinamente clásicos –y, por si fuera poco, uno de los libros centrales del volumen, Pónticas, de 2000, recupera la figura deOvidio, poeta también marcado por el exilio–. Ballart señala aún los dos grandes asuntos de la poesía de Gaspar Jaén Urban: el amor y la tierra. Con el bien entendido que los poemas que reflexionan sobre la tierra (véase el espléndido Territorios, obra del 2003, que defiende nítidamente el mapa lingüístico de nuestro pueblo extenso: "Mil años que empezó la voz de tu país") lo hacen, siempre, desde el amor más insobornable.

La elegía, central en la obra de Jaén

Yo había conocido demasiado fragmentariamente la poesía del glosado, y ahora, más allá de leerla en un recto orden cronológico, he podido convivir allí durante unas semanas. Casi diría que me he hecho amigo del poeta que, en el deleitoso retiro de su casa, resguardado por su huerto (tantas veces evocado, después de que un bárbaro plano urbanístico lo hubiera aniquilado: véase el sorprendente Testamento, 2012), se ve a sí mismo como "un ángel de ojos brillantes que no sabían ver". He admirado su voz tan pura, expresada en un lirismo delicadísimo: "Porque, al amanecer, la escarcha recubriera / sin cuchicharle la piel del jazmín". He disfrutado de su capacidad extrema para apreciar las modificaciones más sutiles: "¿Seguirán cambiando la luz y la oscuridad el color de tus ojos?" Me he planeado, con él, del amor que se desliza, y –con la pena del lector que reconoce en el lírico un semblante– he admitido que "quedará en las paredes la marca del olvido". Todo ver poeta debe reflexionar sobre el tiempo: Gaspar Jaén Urban se pregunta "cuánto tiempo se esconde detrás de los años", convencido de que lo que se mide por la pérdida no es el mismo tiempo con el que celebramos las ganancias.

El sentido de la elegía, como apunta Ballart, se convierte en vertebral en toda la poesía del autor. Los poemas de recuerdo romano me han llevado el pensamiento de las Elegías romanas goethianas (una similar disposición clásica, quizás). Pero la elegía aún se aplica más hondamente al lugar natal, hilvanado al cabo de los años: "¿Dónde sino en mi pueblo tenía que morir, / rehacer el intento de vivir, herido por el tiempo que mata?" Sólo la escritura puede mitigar ese dolor de la pérdida, la honda pena por la ausencia: "Todo el amor se me ha muerto, sin resurrección / en el tercer día, como seres que el aliento no soportan. / Lo escribo y es un remedio. ¿Qué remedio tendré siempre / si no es el de escribir?" Esta idea es recurrente: "Siempre inicio el poema / para curarme de alguna soledad". Ahora el autor de estos versos tan altos nos hace el regalo de su completa obra, pulcramente revisada. ¡Festegemos todo celebrándola como se merece, que significa leyéndola!

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