Serguei Dovlátov, el escritor que mejor supo leer su época (y la nuestra)
LaBreu Edicions publica, con traducción de Miquel Cabal Guarro, 'La columna', que reúne 94 columnas de opinión del autor ruso
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BarcelonaSerguei Dovlátov (Ufá, 1941—Nueva York, 1990) es "el escritor que mejor supo leer su época", dijo Svetlana Aleksiévich, premio Nobel de literatura 2015. Quizás la convencieron reflexiones como las que él esparcía en las 94 columnas que escribió para el semanario El Nuevo Americano entre 1980 y 1982 y que ahora reúne LaBreu Edicions bajo el título de La columna, con traducción del ruso al castellano de Miquel Cabal Guarro. Aleksiévich se lo explicó a Cabal, que está totalmente de acuerdo. Al fin y al cabo, ha traducido una decena de libros de Dovlátov para LaBreu y conoce profundamente el legado del autor ruso. Por cierto, tanto el traductor como la editorial merecen los mayores reconocimientos por un trabajo constante que nos permite leer en nuestra lengua a uno de los grandes escritores de la segunda mitad del siglo XX, un humanista en el sentido más prosaico: preocupado por el bienestar social, crítico con el totalitarismo y decepcionado con los brindis al sol y con los indignados incapaces de hacer propuestas constructivas. "No consideremos que la alternativa al amor sea la hostilidad. Ni siquiera la indiferencia. Sino la mentira. En consecuencia, la alternativa al odio es la verdad", decía escueto este activista de un "humanismo espontáneo".
"El mundo lo salvarán el coraje, la bondad y la nobleza", escribió el 5 de junio de 1980 en la columna que describía al lector de El Nuevo Americano como "alguien normal, sencillo y complejo, triste y alegre, reflexivo y despreocupado...". Más o menos como él mismo, aunque no todo el mundo tenía el talento narrativo y la perspicacia del autor de La maleta. Irónico con causa, Dovlátov logró salir de la Unión Soviética en 1979. Fue acogido en la heterogénea comunidad rusa de Nueva York y, mientras bregaba por vivir como escritor, participó en la fundación de El Nuevo Americano, una publicación en ruso. "Queríamos vencer la inercia que arrastrábamos del pensamiento totalitario. Poner fin a la falta congénita de responsabilidad. Eliminar dentro de nosotros el nihilismo, la incredulidad y el desprecio descarado hacia los ideales", recordó el 21 de septiembre de 1980.
Un mundo al borde de la catástrofe
Las columnas de Dovlátov son las de un ruso que mira a Rusia desde Nueva York, y también las de un ruso que mira a los Estados Unidos desde "la patria espiritual: la tan atormentada cultura rusa"; al fin y al cabo, nadie recuerda "el nombre de aquel hombre del Comité Regional" y, "en cambio, ¡el nombre de Mandelstam vivirá mientras viva la lengua rusa!". La perspectiva comparada le lleva a aforismos demoledores. "En los Estados Unidos todo funciona de otra manera. Aquí el concepto de businessman y el de estafador no coinciden. Hablando claro, aquí hay que trabajar", constataba. "La propaganda soviética tiene una característica fantástica. Tenaz, ruidosa, omnipresente e incesante, la propaganda soviética suscita una reacción inversa [...] Cuando atacan a alguien individualmente, quiere decir que es una persona digna...", dijo hace 46 años; quizá sea el legado inesperado que la democracia occidental ha recibido del totalitarismo. También compara la condición humana más profunda: en Rusia, cuando un hombre quiere divorciarse, se emborracha con un amigo; en los Estados Unidos, antes que nada visita al abogado. Igualmente, se recrea en las paradojas: Egipto, aliado de la Unión Soviética, no tenía Partido Comunista; e Israel, alineado con los Estados Unidos, tenía dos.
En los dos años que Dovlátov escribió en El Nuevo Americano, el contexto internacional funcionaba como premonición del fin de una época. La Unión Soviética invadía Afganistán, la maquinaria totalitaria empezaba a "atascarse", Ronald Reagan ganaba las elecciones presidenciales de los Estados Unidos y el sindicato Solidaridad perturbaba la fuerza del gobierno polaco. Habla de todo ello. Prevé la catástrofe soviética; pronostica el triunfo de Reagan, lo celebra y después lamenta su política, y sigue lo que pasa en Polonia esperando que Rusia no vuelva a invadir el país. "Sí, el mundo está al borde de la catástrofe. Y lo han llevado a ella todo un grupo de gente malhumorada", decía un hombre enamorado del humor.
Dovlátov también escribe columnas que son pequeños cuentos, y el lector dovlatiáno reconocerá en ellas metáforas y situaciones que aparecieron en libros posteriores. Entre estos minicuentos disfrazados de columna periodística los hay desarrollados desde la perplejidad, como el del cerrajero que asegura que Einstein y Muhammad Ali son parientes suyos, y otros con el perfume de la grandísima literatura rusa, como el que plantea el dilema de elegir entre un malnacido y un idiota, rogando porque el malnacido no sea también un idiota. Leída hoy, es inevitable pensar en el peor escenario: ¿y si Trump, Putin y toda la caterva reaccionaria son malnacidos e idiotas?
En este libro excepcional, a veces Serguéi Dovlátov inserta diálogos que, ras y corto, condensan conceptos filosóficos a los cuales la humanidad ha dedicado tratados inabarcables, conceptos filosóficos aniquilados por la experiencia totalitaria y por la ley capitalista del más fuerte. Por ejemplo, al final de la columna del 23 de junio de 1980:
"La libertad de elegir es un bien complicado. Recuerdo que entré con mi madre en una pastelería de Broadway. Alguna cosa no le gustó. Y dijo:
—Deberíamos pedir el libro de reclamaciones. O llamar a alguna parte...
—O quizás —dije— ¿es suficiente con que vayamos a otra pastelería?"