"Soy su fan número uno. Oírle cantar me da vida"
Joan Quintanilla es músico callejero y hace tres años que Conxi Ventura le sigue allá donde actúa
Suena una canción de Charles Aznavour, en versión karaoke, y una decena de paseantes se detienen en una esquina de la avenida Gaudí, en Barcelona, para observar una escena de un magnetismo extraño. Joan Quintanilla, de 82 años, delgado y de voz suave, interpreta el tema con un equilibrio perfecto entre la emoción y la serenidad, con gestos medidos y recitando cada verso en un francés impecable y con la elegancia clásica de los cantantes de otras épocas. A pocos pasos, absorta y con la mirada perdida, Conxi Ventura, de 75 años, baila sola al ritmo de la música. Cuando se acaba la canción –su preferida, dice, de un repertorio que se sabe de memoria– la Conxi es la primera en aplaudir. “Soy su fan número uno”, proclama.
Hace tres años que la Conxi vio por primera vez a Joan actuando en la calle. Eran días difíciles: su exmarido acababa de morir, ella había sobrevivido a una anemia grave, y conocer a Joan fue como una revelación. “Sentirle cantar me da vida”, dice, y esboza una sonrisa de oreja a oreja. Desde entonces, cada fin de semana, la Conxi acompaña a Joan allí donde actúe. “Yo no conocía tanto Barcelona, pero gracias a él me la he recorrido entera!”
Para Joan, la gratitud de la Conxi –y la de muchas otras personas– ha sido una “sorpresa agradable” de cantar en la calle. Empezó a hacerlo después de jubilarse y traspasar la farmacia de la Sagrera donde trabajó durante 30 años. Aunque la música siempre fue su pasión, la familia le hizo ver que no era la mejor opción para ganarse la vida. Encoge los hombros, pragmático, y dice: “Ahora me dedico a cantar, que es lo que más me gusta”.
El equipo de Joan es sencillo, pero efectivo: un altavoz que transporta en un carrito con ruedas, un micrófono y un pequeño dispositivo que lleva colgado como si fuera un colgante y que utiliza para cambiar las canciones. Su repertorio es vasto: desde boleros, salsa y tango hasta Elvis, los Beatles y Serrat. En definitiva, clásicos de siempre que apelan a la nostalgia. “Tocan la fibra y hacen que la gente sea un poco más feliz”, explica, sea cantando en catalán, castellano, inglés o francés. “La música es una lengua universal. Mucha gente no entiende la letra, pero la música, por lo que sea, les pone la piel de gallina”.
Entre tema y tema, numerosos viandantes se acercan a felicitar a Joan, estrecharle la mano y darle algunas monedas (e incluso algún billete). El propietario del bar de al lado, entusiasmado, quiere pedir al Ayuntamiento que habilite un punto permanente para que Joan pueda cantar siempre que quiera. Pero él avisa que no es tan sencillo: hay más de un centenar de músicos con licencia (él tiene el número 99). Como en muchos barrios no hay puntos oficiales, él ya se ha acostumbrado a buscar lugares improvisados para actuar. Desgraciadamente, siente que a menudo no se tiene suficientemente en cuenta a los músicos como él, y asegura: “La música callejera también es cultura”.
Son las una menos cuarto. Joan canta la última canción y empieza a recoger: la mujer le espera para comer. Conxi le ayuda a recoger las propinas. No ha sido un mal día, explica. Como siempre, volverán juntos en metro, cada uno hasta su casa: él, a Sant Andreu; ella, a Santa Coloma de Gramenet. Pregunto a Conxi a dónde toca ir la semana que viene, pero ella niega con la cabeza. Resignada, dice que Joan se va de vacaciones a Francia y ella estará cerca de un mes sin verle. Habrá que tener paciencia. Mientras tanto, por suerte, tiene su tocadiscos. Añade: “El día que este hombre deje de cantar yo no sé qué haré”.