El equipo Caja Rural - Seguros RGA pasando por delante la Sagrada Familia en la primera etapa del Tour de Francia
04/07/2026
Subjefe de Deportes
3 min

Sonaban unos minutos de las cuatro de la tarde. No hay ni una nube en Barcelona. Cae un sol de justicia. Treinta y un grados, dice el móvil. El asfalto desprende un vapor invisible que sube por el cuerpo y hace sudar aunque estés a la sombra, especialmente cotizada. El clásico bochorno, acentuado en plena canícula. Y a pesar de todo, decenas, centenares, miles de personas desafían este sábado de julio para salir a la calle y esperar pacientemente tras las vallas metálicas. No faltan gorras ni crema solar. Tampoco sillas de playa, abanicos o ventiladores de bolsillo. Toca esperar, pero parece que es una espera que apetece, sobre todo para los que ya se han garantizado un sitio en primera fila y no quieren renunciar a él aunque se arriesguen a una insolación.

Que el Tour de Francia arranque en Barcelona es un acontecimiento único. La gente se reparte a lo largo de los más de diecinueve kilómetros de recorrido. Cuesta encontrar puntos donde no haya nadie. Cuando no es un vecino, es un turista. Todavía falta un buen rato para ver a los ciclistas y cualquier cosa es buena para entretener a la parroquia. La Caravana del Tour ayuda: una hilera de vehículos en perfecto estado de revista que hacen gozar al personal tocando el claxon o, incluso, regalando algún souvenir. Los afortunados lo celebran porque en las paraditas oficiales los precios son de todo menos baratos, perfectamente equiparables a los merchandising de un deporte como el fútbol. El pack de un paraguas y una gorra cuesta quince euros, o cincuenta si se añaden un gorro amarillo, tres pulseras y las ediciones especiales de diarios como L'Équipe. Eso sí, hay que saber francés. Las botellas de los ciclistas con el recorrido serigrafiado de este 2026 valen 8 euros, por un par de calcetines se han de pagar 20, una camiseta oficial cuesta 25 y el maillot amarillo de líder, la pieza estrella, 100. Y a pesar de todo, estas tiendas ambulantes repartidas a lo largo del recorrido van despachando clientes a buen ritmo.

En la Sagrada Familia se congregan muchos curiosos. Existe la duda de si son aficionados del ciclismo o simples turistas que, ya que están allí, aprovechan para ver la prueba. Un win-win. Pueden hacerse una selfie con los participantes del Tour y el gran templo de fondo. Es una zona tan concurrida que se ha tenido que construir un puente provisional para que los peatones puedan cruzar la calle, que ya hace horas que está cortada al tráfico habitual. Moverse por la ciudad cuesta Dios y ayuda. Hay muchísimas líneas de autobús canceladas y el metro casi no da abasto a pesar de que la frecuencia de paso sea la de un laborable en hora punta.

Un ejército de voluntarios, uniformados con el amarillo reglamentario de la prueba, ayudan a poner orden a los problemas de movilidad. Si no hay un puente, hay que pedir permiso para pasar. El cruce de Girona con Mallorca es uno de los puntos donde se encargan de dejar pasar a los peatones que necesitan cruzar de una acera a otra. Pero no siempre pueden, porque el Tour tiene preferencia. No les queda más remedio que cargar con los refunfuños, protestas y algún insulto. Santa paciencia.

Imagen del Tour a su paso por la avenida Maria Cristina de Barcelona.

Por fin son las cinco y cinco. Aplausos y gritos de ánimo. La salida oficial del Tour no tiene nada que ver con la presentación del jueves. Aquel día era como una fiesta donde los participantes se regalaban un magnífico baño de masas paseando, saludando y picando la mano a la afición en la avenida Gaudí. Hoy no están para bromas. Con el cronómetro en marcha, cada segundo cuenta. Los ciclistas van a todo trapo. Vingegaard consigue completar la etapa a una media de 54 kilómetros por hora, incluyendo la ascensión a Montjuïc. No deja de ser curioso verlos correr como cohetes delante de la escuela Dominicas Barcelona, donde la velocidad está limitada por radar a 30. ¿Quién sabe si al consistorio llegará alguna foto del pelotón de corredores en el sprint?

Avanza la tarde y el calor no amaina, aunque a veces pasa una brisa ligera que es media vida para los que llevan horas de pie. Otros no han tenido tanta paciencia y se han refugiado en una de las muchas terrazas que hacen agosto con cervezas y sangrías. Copas llenas de hielo hasta arriba que los más sedientos pueden acabarse de un trago.

Es un gran espectáculo mediático. Lo saben los vecinos que se congregan en la esquina entre Aragón y Tarragona, que buscan las cámaras para sus reivindicaciones. Tampoco falta la guerra de banderas. Las esteladas son mayoría, aunque son pocos los que llevan una. Ganan las indumentarias ciclistas, sobre todo el clásico maillot blanco de topos rojos del Tour. Y bicicletas, sean profesionales o de paseo. El Ayuntamiento habla de 120.000 personas en la calle. Ha sido un éxito. Barcelona lo ha vuelto a hacer.

stats