Ciudadanos de primera y de segunda: la polémica normativa que sacude Japón
La liga de rugby del país reabre el debate sobre qué significa ser japonés
TokioHay imágenes que explican mejor que ningún titular lo que ha sido el crecimiento del rugby en Japón. Una es la de Lomano Lemeki corriendo con el balón bajo el brazo en el Mundial de 2019, en plena victoria contra Escocia. Aquel día Japón dejó de ser una sorpresa para convertirse en una realidad competitiva, con un equipo construido también con jugadores nacidos fuera del país, pero plenamente integrados. Siete años después, algunos de aquellos nombres vuelven a estar en el centro del foco, pero por un motivo bien diferente: un debate incómodo que va más allá del deporte e interpela directamente el concepto de ciudadanía.
La nueva normativa anunciada por la Japan Rugby League One para la temporada 2026-2027 ha abierto un conflicto inesperado: jugadores con pasaporte japonés denuncian que, a pesar de ser ciudadanos de pleno derecho, son tratados como extranjeros a efectos competitivos. El caso ha estallado con nombres como el citado Lemeki, Timothy Lafaele o Ji-won Gu, protagonistas de una generación clave en el ascenso internacional del rugby japonés, que ahora se ve cuestionada dentro de la misma liga.
El conflicto nace de la nueva clasificación de jugadores. La competición establece una categoría A1 –sin límites de participación– para aquellos nacidos en Japón o que hayan cursado al menos seis de los nueve años de educación obligatoria. En cambio, crea una categoría A2 para los jugadores naturalizados que no han pasado por el sistema educativo japonés, a pesar de disponer de pasaporte, y limita estrictamente su presencia en el campo. Es en esta segunda categoría en la que queda incluido Lemeki, a pesar de llevar más de una década en el país y haber defendido la selección nacional.
Los jugadores afectados sostienen que este criterio introduce una barrera que no depende del estatus legal de ciudadanía, sino de la trayectoria vital de cada deportista, y deja fuera a profesionales que han obtenido la nacionalidad, pero no han pasado por el sistema escolar nipón. Creen que la normativa establece, en la práctica, una distinción entre ciudadanía legal e integración formativa en Japón, con un impacto directo en el desarrollo profesional dentro de la competición.
El caso de Lemeki ejemplifica con especial claridad esta tensión. Nacido en Nueva Zelanda y de ascendencia tongana, llegó a Japón en 2009 y ha desarrollado allí prácticamente toda su carrera profesional. Casado con una ciudadana japonesa, con hijos y con familia establecida en el país, obtuvo la nacionalidad después de años de residencia continuada. Su imagen celebrando la victoria ante Escocia en el Mundial de 2019 se convirtió en uno de los símbolos de la entrada del rugby japonés a la élite internacional.
Con la nueva clasificación, sin embargo, este mismo jugador puede pasar a ser considerado “hexterno” a efectos competitivos, por el hecho de no haber cursado la educación primaria en Japón. La paradoja es especialmente significativa en su caso, ya que se trata de uno de los deportistas que han contribuido de manera más visible a la proyección internacional de la selección japonesa en la última década.
Japonés sin peros
Ante esta situación, Lemeki ha expresado públicamente su desacuerdo con el sistema. En declaraciones recientes ha defendido que la posesión del pasaporte debería ser el elemento determinante: “Si tengo pasaporte japonés, soy japonés. No debería haber un pero después de esta frase”, ha afirmado. Una idea que resume el malestar compartido por una parte de los jugadores afectados.
El debate, en cualquier caso, va más allá del terreno de juego. En el trasfondo hay una discusión creciente en Japón sobre los criterios de integración y pertenencia en un país que, ante el envejecimiento demográfico y la necesidad de talento exterior, ha ido abriendo progresivamente las puertas a la inmigración cualificada. En este contexto, el rugby, un deporte que ha sido uno de los laboratorios más visibles de esta apertura, vuelve ahora a situar en el centro un tema incómodo: quién es considerado realmente japonés cuando se pasa de la selección nacional a la regulación de la competición doméstica.
En paralelo, el debate deportivo coincide con un clima político más sensible en Japón respecto a la inmigración y la integración de los extranjeros. En un país marcado por el envejecimiento demográfico y la necesidad de mano de obra, la discusión sobre quién forma parte del “nosotros” ha ido ganando espacio en la agenda pública. El caso del rugby no hace sino trasladar al terreno deportivo una pregunta más amplia y todavía sin respuesta clara: hasta dónde llega, realmente, la idea de pertenencia cuando el pasaporte ya no es suficiente.