El mem de Joan Laporta bailando ya forma parte de la cultura popular. Su euforia es pegadiza: todo es ilusión, optimismo, cánticos tomados de la grada de animación, macarrones y espuma de cava brotando en Luz de Gas. ¿Quién no quisiera que la vida fuera esto todos los días? ¿Quién es el amargado que optaría por no pasárselo bien? Hedonismo en estado puro y la guinda de un 7 a 2 para salir catapultado hacia los cuartos de final de la Champions. "Los mejores años de nuestra vida" están aquí y el barcelonismo –o el 42% que fue a votar– ha elegido en masa que sea ese señor magnético, divertido, carismático y cercano quien siga sacando al club del pozo que perforó Josep Maria Bartomeu. Este cheque en blanco es la constatación de que Barça y Laporta son el mismo. "El estado soy yo", decía el rey absolutista francés Luis XIV. Pues eso.
El socio cierra los ojos en un universo placentero que se podría llamar Laportaland. El sentimiento de pertenencia es muy tentador y el lema "Contra todo y contra todos" es fantástico para recoger feligreses: sólo alguien que no fuera culé no quisiera defender su camiseta de los ataques ajenos. El único problema de esa consigna que firmaría Braveheart es si también se utiliza para señalar a los hermanos de escudo que piensan diferente. No sólo hablo de lo eterno loser Víctor Font –que debería hacerlo mirar–, sino de todas las sensibilidades que pueda haber en un club que se jacta de ser tan democrático, único y ejemplar en comparación con los demás. El "no somos sectarios" que Laporta ha ido predicando para justificar que el simpatizante franquista Alejandro Echevarría sea clave en su gobierno también podría aplicarlo para extender la mano a quienes tienen otra visión del club.
Laporta tiene por delante un mandato lleno de retos para coronarse, definitivamente, como el presidente más influyente de la historia del Barça. No es sólo una cuestión de ego, sino de responsabilidad. En estos últimos años muchos pasos polémicos, como el divorcio con Messi y las palancas llenas de humo, se han justificado con la cantinela de la herencia recibida. Ahora que, como dice, ya ha salvado al club, no valdrá: llega la hora de la verdad y urge reforzar el primer equipo masculino para volver a la élite ganando Champions (en plural), secar la deuda sostenidamente, acabar con éxito la remodelación del Camp Nou y demostrar que el Palau Blaugrana no ha caído. Todo esto lo fiscalizará –esperamos– ese periodismo rancio y cortarollos que tanto detestan a los miniones acríticos. "No somos sectarios", ¿verdad?