"El deporte no sirve para detener guerras, pero sí para mejorar la vida de mucha gente"
Barcelona rinde homenaje a Pere Miró, catalán universal que durante más de treinta años ha tenido cargo dentro del movimiento olímpico
BarcelonaEl Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona parecía pequeño el lunes por la tarde, lleno hasta los topes de una multitud que quería saludar a Pere Miró i Sellarés (Manresa, 1955). Una de esas personas que puede ir por la calle tranquilo, sin ser reconocido por muchos peatones que no saben que delante tienen a uno de los catalanes que más lejos ha llegado a nivel internacional. Quien le conoce destaca lo mismo: él no se pondrá medallas en público, no exagerará lo que hizo. Un hombre modesto y trabajador. Por eso ya está bien que las medallas se las pongan los otros, como hizo Jaume Collboni al entregarle la medalla de oro al mérito deportivo de la ciudad. La trayectoria de Miró se lo merece.
Pere Miró acabó ocupando cargos de gran responsabilidad dentro del Comité Olímpico Internacional (COI), donde ha trabajado durante más de treinta años. Fue director técnico del COI, director de Solidaridad Olímpica, director de Relaciones con los comités olímpicos nacionales y, finalmente, director general adjunto del organismo, así como asesor especial del presidente Thomas Bach. "Mi presidente" como dice Miró sobre el alemán, presente en primera fila. Bach no se lo quería perder, ya que sabía que era un momento especial para Miró, que también fue escogido en su momento hijo predilecto de Manresa. "Cuando en el COI teníamos problemas por culpa de la geopolítica mundial, se llamaba a Pere. Un gran diplomático que ha viajado por todo el mundo negociando", explicó Bach en su glosa. "Y un hombre siempre orgulloso de su identidad y lengua, el catalán", añadió hablando de un buen amigo con quien bromean hablando de fútbol: "Yo soy del Bayern y él del Barça. Celebro que ahora Flick nos una". Pere es azulgrana, pero cuando se habla de baloncesto, todo cambia. El corazón pertenece al Bàsquet Manresa, por descontado. Un catalán universal que no olvida las raíces y jugó un papel clave en las negociaciones para crear acuerdos en Bosnia después de la guerra, cuando él se sentó en la misma mesa de tres bandos enfrentados que no se podían ni ver. Logrando acuerdos.
¿Cómo acaba un manresano en la misma mesa que representantes de bandos en guerra utilizando la diplomacia del deporte? "Siempre digo que soy una persona que no he tenido mala suerte", dice. Destaca la ausencia de la mala suerte, más que hablar de la buena suerte. Hay que estar en el lugar adecuado y conocer a las personas clave. Y en su caso, todo empieza cuando era un niño "un poco rellenito". "Era el 20 de julio de 1968, un día de verano en la piscina, aburriéndome como una ostra. Y vi a los nadadores y decidí ir a preguntar para nadar. Allí estaba Josep Claret, figura clave de la natación local. Y le llega un chico redondito que no sabía nadar bien... Me habría podido echar, pero me propuso probar el waterpolo. Todavía hoy en día celebro cada 20 de julio", explica. Aquel día cambió todo.
Aquel niño que empezó a practicar waterpolo en la misma piscina donde lo haría Manel Estiarte, presente en el acto, en menos de dos años ya era capitán del equipo infantil. "En el deporte descubres que hay que trabajar duro, hay que saber tus virtudes y defectos. Y la fuerza del trabajo en equipo", explica el dirigente, que estaba rodeado por los jugadores de aquel equipo. Han pasado años y años y siguen en contacto. "Me gusta hacer equipos", admite Miró. Por donde ha pasado, ha hecho piña. Por eso cuando recibe un homenaje, todo el mundo quiere estar allí. El deporte ya había entrado en su vida y ya no se marchó. Fue a estudiar al INEF a Madrid, ya que entonces si querías estudiar deportes, había que ir hacia allí. "Antes el deporte dependía del Movimiento, era el centro José Antonio de Madrid. Fue Samaranch quien impulsó poder separar el deporte de las escuelas del Movimiento, y las hizo independientes, cosa que pocos recuerdan ahora", explica. El deporte franquista iba modernizándose y cuando el INEF abrió sede en Barcelona, Pere entraría allí de profesor.
Y con 24 años, cuando muere el Dictador, le ofrecen ser el director del centro. "Los alumnos eran más jóvenes que yo", recuerda de una época en la que "todo estaba por hacer y todo era posible". Llegaba la democracia y como al presidente Jordi Pujol le hablaron de un manresano que sabía hacer bien las cosas, acabó en las listas de Convergència i Unió para el Ayuntamiento de Barcelona, y lo eligieron concejal en 1987. De nuevo, Miró estaba en el lugar ideal en el momento que tocaba, ya que había que organizar los Juegos de 1992. "Recuerdo organizar a los alumnos del INEF el día que el presidente Samaranch dijo que Barcelona sería la sede. Y tener claro que aquel momento cambiaría la ciudad, nuestras vidas y que yo quería estar allí". Y sí, estuvo allí.
Como concejal del Ayuntamiento y miembro del equipo directivo de los Juegos Olímpicos de 1992, vivió de cerca la transformación urbana, social y deportiva de Barcelona. "No hay nada como unos Juegos. Afecta a todo el mundo. Hablas con vecinos, médicos, constructores, deportistas, asociaciones... Lo cambió todo. Barcelona lo asumió como un proyecto colectivo. Y cuando la sociedad tiene un proyecto colectivo, es muy bonito", explica. Joan Antoni Samaranch, el presidente del COI, seguía de cerca la preparación de los Juegos de su casa. No quería quedar mal. Y rápidamente entendió que Miró era de los que trabajaba bien, así que se lo llevó hacia Lausana una vez terminaron "los mejores Juegos de 1992, los que todavía se estudian como modelo", defiende Miró. Y ya no ha vuelto, porque vive en Suiza, aunque veranea en Begur.
El desafío bosnio
En el COI, una de las primeras tareas complicadas que recibió fue ir a Sarajevo para poner de acuerdo a los tres bandos enfrentados en la guerra, el bosnio musulmán, el croata y el serbio. "La primera vez que se pusieron de acuerdo fue para crear el Comité Olímpico. En el 2000, en el desfile de los Juegos de Sídney, un miembro de cada comunidad llevó la bandera", recuerda emocionado. Él participó en aquellas negociaciones, y tuvo que visitar más de treinta veces la ciudad de Sarajevo. "Me he pasado la vida en un avión. He viajado demasiado", admite. Ha sido enviado para negociar en Irak o Timor Oriental. Se ha encontrado con todo tipo de dirigentes. Y ha entendido que "el deporte no puede detener guerras". "Si dos bandos se quieren pelear, no podemos hacer nada. Pero podemos ayudar a cambiar vidas. Hace unos años, podíamos hacer proyectos conjuntos entre israelíes y palestinos, ahora cuesta", admite. "Su sentido común lo convierte en un gran diplomático, ideal para negociar", explicaba Bach sobre Miró.
En un mundo donde siempre mueren inocentes, uno de los proyectos de los cuales está más orgulloso es la creación del equipo de refugiados. "Thomas Bach me lo propuso. Visité el segundo campo de refugiados de guerra más grande del planeta, en Kenia, con gente que huía de Sudán del Sur. Tenemos dos tipos de refugiados: jóvenes que escapan de la guerra con potencial para competir y deportistas ya consagrados que huyen de la guerra. En el campo de Kenia ofrecimos un nuevo futuro a jóvenes sudaneses con condiciones brillantes para el atletismo que pudieron ir a los Juegos de Londres. A la vez, en los campos de refugiados de Grecia encontramos a la nadadora siria Yusra Mardini, que huía de la guerra. Todavía hablo mucho con ella", dice un hombre que guarda un especial recuerdo para Josep Lluís Vilaseca, vicepresidente del comité organizador de los Juegos de 1992, Joan Antoni Samaranch y Thomas Bach. Los tres hombres que confiaron en él en momentos clave.
Miró ha pisado 167 países diferentes. En Europa, todos excepto Estonia. En el acto del lunes, el periodista Jordi Basté le bromeaba afirmando que ahora tendría que ir de vacaciones a Estonia con Núria, en un viaje, por fin, de placer. Nada de trabajo. "Creo que prefiero viajar poco, ahora", dice Pere, que quiere aprender a tocar el piano y seguir estudiando idiomas. Y preparando unas memorias muy necesarias, en las cuales podrá explicar desde dentro la diplomacia del deporte. La que llevó a un manresano, que de pequeño ni sabía que quería ser deportista, a conocer a los mejores campeones mundiales y a los hombres más poderosos del planeta.