El Monopoly del Barrio Chino: Testimonios de la Barcelona sexual de la Transición
La actual reforma de la Rambla está desempolvando los recuerdos de muchos barceloneses que vivieron el barrio chino. Un juego de mesa es el símbolo de aquella ciudad más canalla
BarcelonaSe imaginan que hoy, 2026, en un quiosco o un Good Coffe, entre la oferta de revistas, coleccionables, guías turísticas, mapas de la ciudad, cromos y juguetes –los diarios de papel resisten en un rinconcito– pudieran comprar un juego de mesa que superar en paraño y estimular al usuario, en lugar de estimular al usuario ¿lo haz transitar por el Raval para contratar servicios sexuales, esquivar navajas de proxenetas y pagar por no contraer la sífilis? ¿Se imaginan que hoy, 2026, encontraran allí una guía erótica de Barcelona que les enseñara las zonas y los locales idóneos para encontrar los servicios de una prostituta? Pues eso, que parece ciencia ficción, era una realidad factible en la Barcelona de finales de los setenta y primeros ochenta.
La actual reforma integral de la Rambla está desempolvando los recuerdos de muchos barceloneses que vivieron la llamada Rambla canalla de los años de la Transición y el preolimpismo. Recuerdos asociados a la eterna mítica de Ocaña y Nazario, de la plaza Reial, del Café de la Ópera y el Barcelona de Noche. Del vecino Paral·lel con sus teatros, de la revista y el cabaret, del striptease, del Bagdad y del New York. Los años de la Transición en los que triunfó el Destape, ese cine en el que se hacía desnudar a las actrices porque era el colmo de la modernidad, porque ¿qué mejor que pecho y muslo para demostrar fehacientemente que España salía de cuatro décadas de plomo? Hoy, este discurso está más que puesto en entredicho. Muchas de esas actrices explican que ese sistema supuestamente progre se aprovechó de ellas para hacer dinero –miles de ciudadanos llenaban los cines y compraban la revista Interviú– a espuertas y después, una vez pasado el boom, las dejó tiradas en el arcén, sin posibilidad de reinserción –por muy dura que suene la palabra– en el cine español de las décadas posteriores.
Este contexto de interpretación es esencial para entender hoy en día las dos piezas que hoy rescatamos del baúl de los recuerdos. Dos piezas que, como todos los objetos, poseen memoria. Memoria histórica, si se me permite el atrevimiento con tan sensible concepto de reciente cuño. El juego de mesa se llama El Chino. Como un Monopoly, sí, la comparación es más que adecuada, consistente en una ruta por el Barrio Chino para superar pruebas y acumular propiedades. Hoy ya casi nadie le dice así en el Raval barcelonés, pero en los años que hoy glosamos, la nomenclatura generalizada era ésta.
El funcionamiento del juego es rocambolesco e incluye visitas a prostíbulos, peleas con navaja, compra de preservativos y hormonas y contagio de enfermedades de transmisión sexual. Las instrucciones del juego son un sinfín de incorrección política y palabras extemporáneas como fulanas, sifiliazo, navajeros y travestis. Aún no había llegado la devastadora epidemia del sida. Si no, seguro que no habrían desaprovechado el adjetivo sidoso. Con tono humorístico desgrana el funcionamiento de las pruebas instalado en la frivolidad propia de un tiempo ya pasado en el que prácticamente no existía conciencia ni de la desprotección de las trabajadoras sexuales, ni de lo denigrante que era y es el entonces etiquetado "oficio más viejo del mundo", ni de lo peligrosa que es la romantización del lumpen. público, la droga –los narcopises son todavía hoy un problema enquistado– y la ausencia de servicios públicos de calidad. Merece la pena remarcar que el juego fue editado y comercializado por Makoki, fundamental publicación barcelonesa para siempre asociada al mundo del cómic underground, que desde la contracultura y la no oficialidad picó mucha piedra en favor de la difusión y popularización del arte del cómic. Llegó a tener tienda propia en la plaza del Pi, donde se podían comprar sus publicaciones y también, cómo no, El Chino.
Si nos fijamos en el llamado Plano-guía erótico y de diversiones, los estímulos son más o menos similares, así como las conclusiones a las que podemos llegar. Editado en 1979 por una empresa barcelonesa llamada EDDIS, propone un exhaustivo universo de propuestas recreativas centradas sobre todo en las de carácter sexual. La página de presentación está redactada también con tono de connotado doble sentido: "Mi deseo es guiarle a donde pueda satisfacer sus más especiales deseos. Le indico todo tipo de lugares de distracción, con las mejores diversiones y espectáculos y algunos con algo especial". La guía recomienda tanto locales concretos bajo epígrafes como Boites discoteques, Bingos, Cabarets, Chicas, Ambient Gai, y Compañía femenina. En Chicas detalla cinco zonas de la ciudad, tanto en la calle como en locales: Barrio Chino, Rambla, Rambla Catalunya, Avenida de Sarrià y Calvo Sotelo-Buenos Aires. Muy elocuente es la variadísima oferta de locales de "compañía femenina". Un par de cientos. Aquí se agruparían desde los más tradicionales prostíbulos o whiskeries, las llamadas "barras americanas" y también los afortunadamente extinguidos locales de top less, consistentes en bares con las camareras sin parte de arriba de la ropa, con el torso desnudo, mostrando los senos a los clientes.
A modo de bonus track, vale la pena recordar que hasta hace relativamente cuatro días todavía se podían encontrar los anuncios de contactos en los diarios generalistas. No resulta descabellado ponerlo en el mismo saco, en el mismo campo semántico al que pertenecen los dos objetos glosados en este artículo. Muchos años después, en la Barcelona del 2026 cuesta más encontrar este tipo de altavoces lúdicos y publicitarios. Pero ni mucho menos es una ciudad limpia de desigualdades, marginalidad y comercio sexual. Locales de prostitución, más o menos legales, ocultos o clandestinos, sigue habiendo. Bien llenos, por cierto, en los recientes días del Mobile World Congress. Los reclamos son distintos, la hipocresía resiste.