En el año 2001, Martin Seligman, profesor de psicología de la Universidad de Pensilvania, comenzaba a notar la carga emocional de las décadas investigando la depresión y la enfermedad mental. Sentía que aquel enfoque profesional basado en intentar curar el trauma lo estaba imbuyendo de una cierta tristeza. Esto le hizo reflexionar sobre las terapias psicológicas, a menudo tan centradas en reparar el daño que se olvidan de inyectarnos una buena dosis de optimismo que nos haga afrontar la vida con más ilusión y alegría. Seligman acababa de ser elegido presidente de la Asociación Americana de Psicología y abrió camino en una nueva dirección: la llamada psicología positiva. Quería estudiar, científicamente, cuáles son los mecanismos que nos hacen sentir que la vida vale la pena. No pretendía construir ninguna teoría abstracta sino establecer conductas eficaces que se pudieran testar y medir. En el año 2005, Seligman y su equipo de investigación reclutaron cuatrocientos once voluntarios y los dividieron en cinco grupos. Un grupo haría una relación de recuerdos positivos, el otro identificaría sus fortalezas personales. Un tercer grupo introduciría pequeños cambios especificados en su día a día y un cuarto se limitaría a describir recuerdos de infancia. El quinto grupo asumiría una tarea más elaborada: escribirían una carta de agradecimiento a alguien importante en su vida, alguien a quien no habían dado las gracias como es debido. Después le llamarían por teléfono, quedarían sin explicarle el motivo y, una vez tuvieran a la persona delante, le leerían la carta en voz alta. No podía ser una tarjeta con un raquítico “gracias por todo” para ir al grano. La carta debía tener unas trescientas palabras y especificar los motivos del agradecimiento, los detalles de aquel hecho y de qué manera el gesto de aquella persona había cambiado su vida. Este ejercicio lo bautizaron como la visita de la gratitud.
Seligman y su equipo pidieron a cuatrocientos once voluntarios que evaluaran sus niveles de felicidad antes del experimento, inmediatamente después y al cabo de un mes. Aproximadamente, todos percibieron una cierta mejora. Pero un grupo notó unos efectos insólitamente superiores al resto: el de la visita de la gratitud. Los investigadores quedaron fascinados con el impacto de aquella prueba en comparación con el resto. Los participantes sintieron un incremento inmediato de su felicidad. Con el paso de las semanas, sin embargo, la intensidad se perdía gradualmente. Al cabo de seis meses, el efecto se había desvanecido hasta volver a los niveles de felicidad iniciales. Seligman lo atribuyó a la llamada rueda hedónica, o dicho de otra manera: que nos acostumbramos a todo y siempre volvemos al punto de partida. Los mismos mecanismos que nos ayudan a superar un trance también impiden instalarnos en una felicidad perenne. El estudio concluyó que expresar la gratitud era un generador claro de felicidad, pero hacía falta repetirlo periódicamente para hacer sostener aquel estado de ánimo. Aconsejaron repetir el ejercicio cada seis semanas (se sobreentiende que agradeciéndolo a personas diferentes, claro está). Años más tarde, un equipo de neurocientíficos confirmaron los resultados con escáneres cerebrales: las personas que habían escrito las cartas de gratitud mostraban, tres meses después, una activación más alta en el córtex prefrontal medial, la zona asociada a la empatía y la toma de decisiones. Era como si el cerebro estuviera más predispuesto a experimentar aquella felicidad. Se puede ser más o menos escéptico con el resultado, pero, en cualquier caso, es fácil comprobarlo. Valore su felicidad del 0 al 100, siga escrupulosamente la pauta de la visita de la gratitud y, después de leer la carta en voz alta a quien considere, vuelva a puntuar la felicidad. Si no nota ningún cambio, como mínimo seguro que habrá hecho feliz a la otra persona.