Hablemos de dinero

"Si fuera rica, mi adicción sería la compra compulsiva"

La presentadora Alba Riera explica su relación con el dinero y el trabajo

Alba Riera.
Júlia Riera Rovira
08/05/2026
3 min

No es de extrañar que a la presentadora Alba Riera (Barcelona, 1991) le guste comunicar. De la madre ha sacado las letras y del padre la virtud de no tener miedo a dar su opinión en público.

Ya de pequeña descubrió que tenía el arte de la palabra para convencer: “Cuando quería algo escribía una carta a los padres o les hacía una reunión”. Incluso en clase: “Hacía intercambios. Yo hacía una parte menos del trabajo a cambio de hacer la exposición oral que nadie quería hacer”.

: “En el momento en que pasó me cagué encima y dije: «Mierda, me he obsesionado demasiado, ya no quiero»”. Pero ahora asegura que le parecería bien vivir eternamente haciendo Su objetivo era ser presentadora, y lo ha conseguido con uno de los pódcasts más escuchados de 3Cat, La turra: “En el momento en que pasó me cagué encima y dije: «Mierda, me he obsesionado demasiado, ya no quiero»”. Pero ahora asegura que le parecería bien vivir eternamente haciendo La turra. De hecho, ella lo ideó. “Pensé: «¿Qué programa falta en catalán y puedo hacer bien?»” En cuanto al sueldo, asegura que, aunque cree que podría cobrar más, no se puede quejar.

Sí que denuncia, en cambio, el papel de las redes sociales: “Nuestra generación ha sido estúpida, porque las hemos convertido en parte de nuestro trabajo, y eso aún no se ha plasmado en absolutamente ningún contrato”. Riera dice que se ha distanciado de publicitar marcas en las redes: “Aunque con la moda y belleza, y lo siento mucho, caigo de cuatro patas”.

Compra por ansiedad

De hecho, este es su punto débil: “Me agobia no tener dinero ahorrado, así que intento tenerlo. Pero al mismo tiempo también soy gastadora, especialmente en ropa, en la que me dejo mucho dinero”. En este sentido, compra cuando está nerviosa: “Compro para quitarme la ansiedad, y después tengo que devolver muchas cosas”. Y aunque lo tiene controlado, tiene claro cuál es su delirio: “Si fuera rica, mi adicción sería la compra compulsiva”.

Desde pequeña ya era presumida: “Quería hacerme mayor para poder comprar ropa y tener mucha”. También es un tema familiar. La abuela Irene también era presumida, tenía una joyería: “A mí no había nada que me gustara más que me llevaran a pasar la tarde allí, rodeada de joyas y de perlas”. Siempre ha sido presumida, pero desde que trabaja ante la cámara la presión estética se ha acentuado: “Tengo más dismorfia. Antes estaba más segura de mí misma”.

En cuanto a las finanzas personales, admite que es poco espabilada: “Estoy segura de que en la vida he perdido mucho dinero, con precios que no me he puesto en mi trabajo o con trabajos que he aceptado por debajo”. Le preocupan los ingresos, pero no le interesa la materia. Actualmente vive de alquiler en un piso familiar: “Mientras me pueda quedar en el piso de mi tía no me compraré un piso, porque cualquier situación económica difícil no sería lo mismo tratarla con la familia que con la inmobiliaria”.

El momento en que más ha sufrido por el dinero fue cuando la madre murió: “Recuerdo un reajuste económico familiar, ver a mi padre sufrir muchísimo, porque éramos tres hijos y un adulto. Recuerdo sentir angustia. Además, no estaban casados, así que mi padre no recibió ni un duro como viudo, solo nosotras pequeñas ayudas”. Fue un momento difícil: “Lo pasé mal y pensaba «No sé cómo saldremos, porque la madre no volverá». Me comparaba con gente de mi entorno y les envidiaba un poco”. “Era una sensación de injusticia. Aunque, visto en perspectiva, muy victimista, en realidad, porque no me faltaba nada”, aclara la presentadora.

De hecho, en casa siempre le han enseñado a no compararse: “Mi padre me decía que las amistades con gente de clases sociales muy diferentes son complicadas. Eso no quiere decir que no deban existir, pero normalmente llevan a muchas frustraciones, porque el ritmo de vida no es el mismo”.

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