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Opinión

La invisible brecha de salud de las mujeres

Una mujer en un hospital
Economista, profesora de la Universidad de Barcelona e investigadora IEB y CRES-UPF
4 min
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Gracias al impulso de organismos internacionales, la desigualdad en salud que afecta a las mujeres se ha situado como uno de los temas prioritarios en las agendas políticas de los gobiernos de varios países. Hablé de ello en esta columna analizando casos de buenas prácticas, como la estrategia adoptada por el departamento de salud y servicios sociales del Reino Unido para promocionar la salud de las mujeres. El artículo de hoy está enfocado desde una perspectiva más global para caracterizar la magnitud del problema, sus causas, impacto económico y posibles vías de solución.

Aunque, a nivel mundial, las mujeres vivimos un 8% más que los hombres (esperanza de vida de 73,8 frente a 68,4 años), según elinforme elaborado por el Foro Económico Mundial y el Instituto McKinsey de Salud, vivimos un 25% más de nuestra vida con mala salud o en distintos grados de discapacidad, en comparación con los hombres. Más de la mitad de estas diferencias aparecen en la edad laboral (20-64 años) y, por tanto, no tienen relación con la mayor longevidad de las mujeres.

Tres son las causas que explican esta desigualdad en salud: la carencia de evidencia científica, las diferencias en la efectividad de los tratamientos, y el sesgo en el acceso y la calidad de la atención médica. Estos tres elementos no son independientes, sino que se refuerzan mutuamente. La desigualdad se origina por el déficit de datos sobre la incidencia de las enfermedades y la efectividad de los medicamentos por las mujeres. Por ejemplo, aunque las mujeres constituyen el 50% de los casos de enfermedades coronarias, sólo representamos al 25% de los participantes en los ensayos clínicos. La baja participación de las mujeres sirve como justificante para que la mayoría de estudios no muestren los resultados de forma desagregada por sexo. Al mismo tiempo, la falta de datos hace invisibles los aspectos diferenciales que afectan a la salud de las mujeres y refuerza su infrafinanciación dentro del conjunto de los fondos de investigación biomédica. Esto incluye tanto enfermedades que afectan a toda la población como también problemas de salud que sólo afectan a las mujeres. Desde el Instituto Nacional de Salud, la principal fuente de financiación pública en Estados Unidos, los estudios centrados en la disfunción eréctil se financian cinco veces más que los que analizan el síndrome premenstrual.

Consecuencias del sesgo científico

La combinación de la carencia de datos científicos diferenciados por sexo y la menor representación de las mujeres en los ensayos clínicos se traduce en diferencias significativas en la efectividad de los tratamientos. Desde el año 2000 los efectos adversos de los medicamentos que ya han sido aprobados por la agencia americana del medicamento (US Food and Drug Administration) afectan a un 52% más a las mujeres. La cifra sigue siendo elevada, un 36%, si nos restringimos a los efectos adversos con consecuencias graves o mortales.

Estos dos elementos desembocan en el tercero, el sesgo en el acceso y calidad de la atención médica, que se manifiesta en las barreras que encuentran las pacientes mujeres a la hora de recibir un diagnóstico. Uno estudio que utiliza datos de los últimos 21 años en Dinamarca muestra que la mayoría de mujeres son diagnosticadas con retraso en las 700 enfermedades analizadas. En el caso del cáncer, las mujeres reciben el diagnóstico 2,5 años después que los hombres, mientras que en la diabetes el retraso es de 4,5 años.

Estas desigualdades en salud afectan al bienestar de las mujeres, pero también a su participación laboral, su productividad, la probabilidad de promoción laboral y, en última instancia, al salario. Según las estimaciones más recientes, la eliminación total de estas desigualdades revertiría en un aumento del 1,7% en el PIB mundial. A pesar de los costes que supondría este ejercicio, el retorno económico de esta inversión en la salud de las mujeres es claramente positivo: cada dólar invertido genera una ganancia económica de 3 dólares.

Las políticas que pueden implementarse para reducir estas desigualdades tienen un paralelismo claro con sus causas. La disponibilidad de datos desagregados por sexo sobre la incidencia de las enfermedades y la eficacia de los tratamientos es crucial. Si la prevalencia de ciertas enfermedades, como la endometriosis, está infraestimada, se reduce el potencial de mercado de los posibles medicamentos y la inversión de entidades públicas y privadas. Al mismo tiempo, favorecer a los proyectos de investigación liderados por mujeres implica, de facto, una priorización de la investigación en salud de las mujeres, debido a las áreas de especialización de las científicas que realizan investigación médica. La inclusión de las diferencias por sexo en la manifestación de los síntomas de las enfermedades dentro de los currículos de educación y práctica médica supondría también un avance crucial. Mucho por hacer, pero mucho que ganar.

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