¿Hacia dónde se encamina la nueva Hungría del conservador demócrata Péter Magyar? Hacia el retorno al europeísmo (frente a Putin, frente a Trump y frente a la ultraderecha), hacia la reconstrucción del estado de derecho (frente a las políticas autoritarias e iliberales) y hacia el respeto a la pluralidad y las minorías (frente a los discursos de odio contra colectivos como el LGTBI+ o frente al rechazo a la diversidad identitaria que supone la inmigración).
Estas son las tres buenas noticias que laten en el cambio de rumbo en Hungría gracias a la histórica y abrumadora victoria de Magyar y a la incontestable derrota de Viktor Orbán. Después de dieciséis años en el gobierno, donde mediante supermayorías absolutas ha rehecho –y sobre todo ha deshecho– las instituciones democráticas, después de erigirse en el caballo de Troya paralizador de la Unión Europea y después de marcar el pulso a la extrema derecha continental, Orbán ha sufrido una derrota durísima que desnuda su prepotencia. Quizás sea que, con el tiempo, el rey había acabado yendo desnudo. Aquí hay, también, una seria advertencia a la supuesta impunidad en el ejercicio del poder en democracia: la manipulación y la mentira tienen también sus límites. Que Trump y sus imitadores tomen nota.
También harían bien en entender el mensaje de la ciudadanía húngara quienes han hecho o tienen la tentación de hacer el juego a la ultraderecha. Los votantes magiares, cansados de políticas del odio y de demagogia populista confrontacional, han optado masivamente por ir a las urnas y decir basta. No para proclamar ninguna revolución, sino para un retorno al orden de la democracia liberal, por imperfecta que esta sea; y de paso han optado, también, por recuperar el cobijo de la Europa de los valores humanos y los derechos sociales, con los deberes y compromisos que ello comportará, incluido el de defender Ucrania frente al imperialismo ruso. Al menos sobre el papel eso es lo que promete quien asumirá ahora en Budapest el cargo de primer ministro.
En este sentido, la euforia en Bruselas y en las principales cancillerías europeas tiene todo el sentido. El giro húngaro da aire político a la hora de recuperar de nuevo el pulso de la unidad continental ante los ataques externos (de los Estados Unidos de Trump y de la Rusia de Putin) e internos (de los ultranacionalismos antieuropeístas). La reacción húngara abre la posibilidad de recoser complicidades para repensar Europa sin complejos ni debilidades: para buscar más unidad financiera y más autonomía militar, para cerrar filas sin fisuras en defensa de la soberanía ucraniana, para defender con orgullo los valores democráticos y sociales y para superar las contradicciones a la hora de hacer sentir una sola voz en política internacional.
Todo esto, claro está, no es fácil. Pero con la estrepitosa caída de Orbán se abre un nuevo escenario. Por fin un atisbo de esperanza, un cambio que se suma a la desorientación de Trump con la guerra de Irán. De hecho, no se puede descartar que los clamorosos pasos en falso del presidente estadounidense hayan tenido consecuencias en el electorado húngaro debido a la sintonía Orbán-Trump. Toca, pues, aprovechar la reculada del populismo autoritario para recuperar el orgullo democrático europeo.