Muertos en la calle: ¿qué hacemos con los sinhogar?
La crisis de la vivienda tiene en el sinhogarismo su cara más oscura. Ignorarla no es ninguna solución. Dejarles morir de frío es una vergüenza. Esto es lo que, como sociedad, estamos haciendo.
Estos días, con la ola de frío, se han producido dos muertes consecutivas junto a nuestros hogares: uno en Badalona y uno en Barcelona. En la capital, en las últimas cinco semanas (diciembre y enero) cinco personas han perdido la vida en la calle, donde dormían. Pero lo que tenían no era exactamente vida, era un malvivir, una subsistencia al límite. Han sido víctimas del intenso frío. No habrá minutos de silencio por esos muertos abandonados a su mala suerte, a su desgracia. Pasarán a formar parte de las estadísticas de la miseria anónima. ¿Nada más?
En las últimas semanas hemos vivido la polémica del destino incierto de los desahuciados del antiguo edificio escolar B9 badalonés. El alcalde de la ciudad, Xavier García Albiol, sencillamente quería sacarse de encima. Fueron a parar debajo de un puente. La intervención conjunta del Govern y las entidades sociales dio salida a muchos de los afectados. No a todos. Con el frío, el Ayuntamiento al final habilitó un pabellón alejado del puente y sin camas. Después de las quejas, ha puesto camas. Sólo la presión de las entidades y de la opinión pública ha hecho reaccionar al ayuntamiento badalonés, que ha respondido arrastrando los pies. En el caso barcelonés, a remolque de unos protocolos de temperaturas demasiado estrictas, no se han activado medidas extras contra el frío en la calle hasta la noche del martes.
Tener un hogar es sinónimo de tener una vida mínimamente digna. Ya sabemos que hay mucha infravivienda y mucha precariedad dentro de las casas. Pero cuando te quedas a la intemperie, sin techo, a menudo ya no hay vuelta atrás: has entrado en la marginalidad definitiva. Entonces, por extraño que parezca, aunque estés expuesto a todas las miradas, se convierte en invisible para la mayoría. Hemos normalizado la pobreza de los sinhogar, de los que arrastran por la acera un carro cargado de chatarra y trastos, de los que comen y duermen y lo hacen todo en la calle. Sí: también de los que mueren.
Dejar morir a gente en la calle debería avergonzar a los responsables políticos y al conjunto de la sociedad. Tenemos un problema si lo aceptamos como si no ocurriera nada. ¿Qué nos ocurre? ¿Cómo explicar a nuestros niños esta ceguera moral? ¿Cómo justificarán algunos responsables que no es necesario ayudarlos sino que toca expulsarlos, lo que en la práctica significa dejarlos en la calle o, incluso, como estamos viendo, exponerlos a la muerte? La tendencia de los relatos ideológicos de la extrema derecha que están contaminando el debate consiste en descalificar el discurso humanitario como buenista woke, un adjetivo despreciador hacia quienes sienten empatía, compasión o solidaridad con los desvalidos que se ven abocados a la mala vida de calle.
Los servicios sociales públicos se quedan cortos. Las entidades asociativas de ayuda no dan abasto y hace tiempo que denuncian la situación. Es necesario exigirnos colectivamente menos demagogia ideológica y más acción humanitaria de kilómetro cero, más soluciones a nuestras ciudades. Las personas sin hogar por encima de todo son personas.