El ARA ha vuelto a la localidad de Torre Pacheco, en la provincia de Murcia, medio año después de que la ultraderecha se lanzara a perseguir a inmigrantes marroquíes, unos incidentes que marcaron un antes y un después en la agenda xenófoba en el Estado. "No sobran inmigrantes, sobran racistas", podía leerse en una pancarta que exhibían hace unos días trabajadores del campo marroquíes en una protesta laboral en el pueblo.
La vida en esta población, como en tantas otras, está marcada por la segregación: los autóctonos y los extranjeros socializan en espacios separados. Hay poca convivencia. El trabajo de integración que realizan las escuelas o algunas asociaciones no es suficiente. Se mantienen las distancias y los recelos. En especial respecto a la población musulmana: la islamofobia ha agujereado. La extrema derecha la promueve en las redes sociales sin filtros y está sacando partido, tanto en España como en Cataluña; también en otras latitudes europeas. De hecho, a pesar de la diversidad ultra (por ejemplo, en cuestiones de género), la islamofobia es el elemento que tienen en común todas las formaciones ultras continentales.
La xenofobia contra el islam se ha convertido en un recurso fácil de activar, enemigo identificable, distinto en las costumbres y creencias, al que se pueden atribuir los males más visibles, empezando por la inseguridad o por supuestos abusos o favoritismos de los servicios sociales. Muchos de los miembros de las comunidades musulmanas inmigradas suelen ocupar los escalones más bajos de la escala social y laboral, lo que les hace especialmente vulnerables al señalamiento.
Si hacemos caso al veredicto de las urnas en Extremadura y Aragón, el episodio de Torre Pacheco no ha evitado que el discurso antiinmigración sigue calando. Vox está cultivando éxitos electorales, y en Cataluña las encuestas sonríen a Aliança Catalana. La insuficiencia de unos servicios básicos tensionados desde hace años por el aumento demográfico y la lenta recuperación de los recortes –sobre todo en sanidad y educación–, sumada al factor identitario –en el caso catalán, focalizado en el retroceso de la lengua propia–, acaba alimentando la mirada culpabilizadora a los últimos en llegar, el eslabón.
Aunque desde el mundo empresarial y económico se haga énfasis en la necesidad de mano de obra extranjera en sectores como el turístico, el agroalimentario, el del cuidado de las personas y el de la construcción, y que el crecimiento económico sea en muy buena medida atribuible a la incorporación de trabajadores venidos de fuera, hay una parte de la población. Un discurso que, por supuesto, no suele hacer énfasis en los llamados expados, extranjeros de alto poder adquisitivo que, a menudo, más que ser marginados viven autosegregados.
Si se quiere evitar nuevos Torre Pachecos, hay que hablar de la inmigración en toda su complejidad. Sólo así se puede desmontar el discurso maniqueo y simplista de la extrema derecha, que busca chivos expiatorios a problemas enquistados como el de un modelo económico demasiado basado en la mano de obra barata, los atávicos miedos a la diferencia o la realidad desgarradora de unos jóvenes que ven cómo se les están cortando las oportunidades de progreso.