Un edificio derrumbado por los terremotos en Venezuela, en Caracas.
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Venezuela acaba de sufrir dos terremotos devastadores que han dejado al descubierto, si cabe aún más, la incapacidad de un estado en quiebra de hacer frente a la durísima realidad. El sismo ha desnudado las miserias organizativas y ha acentuado de manera exponencial las costuras desgarradas de un país que no funcionaba y que ahora está literalmente –física y psicológicamente– hecho pedazos.

Los derrumbes masivos son producto de un parque inmobiliario del que se calcula que solo un 25% de las construcciones legales cumplían las normas antisísmicas, además de contar con extensos barrios de autoconstrucción. Unos terremotos como los que ha sufrido Venezuela, de magnitud 7,2 y 7,5, en otras latitudes, como en Japón, habrían tenido una afectación muy acotada y un mínimo coste en vidas humanas.

Esta situación dramática se añade al desconcierto político y económico después de que, hace medio año, los Estados Unidos se llevaran por la fuerza al presidente Nicolás Maduro y a su esposa –desde entonces encarcelados en Nueva York–, en una operación al margen de la legalidad internacional. Si entonces la sociedad venezolana quedó en estado de shock, ahora infinitamente más.

Sacudida por los terremotos, Venezuela apenas tiene medios para ponerse a buscar a los desaparecidos, que la ONU calcula que pueden ser unos 50.000. Los que no sean localizados en las próximas horas, difícilmente sobrevivirán. El dramatismo es absoluto. El recuento de muertos confirmados se acerca al millar y el de heridos sube a más de 3.000. Y atención: unos 6,7 millones de personas se han visto afectados por los sismos.

Hace todavía no un mes, este diario –la periodista Mónica Bernabé– viajó al país para hacer una radiografía in situ de las condiciones de vida. Lo que encontró fue una sociedad rota, formalmente todavía chavista, pero en la práctica no se sabe muy bien bajo qué régimen. Con una inflación fuera de control, con falta de alimentos, con un gobierno bajo la débil presidencia interina de una Delcy Rodríguez tutelada –por no decir títere de Washington, aunque mantenga una cierta retórica continuista– y con continuos cortes de luz y agua, la tímida apertura económica auspiciada por los EE. UU. de momento no se ha notado.

Las dudas que ahora plantea la situación son muchas. ¿Los terremotos acelerarán el cambio político? ¿Hasta qué punto los Estados Unidos ayudarán a Venezuela a salir de este nuevo atolladero? Muchos países vecinos o lejanos, incluyendo España y Cataluña, a pesar de las diferencias ideológicas, han optado por hacer gestos de apoyo a Caracas. Pero, claro, habrá que ver hasta dónde llega realmente la solidaridad internacional y, sobre todo, hasta cuándo dura: normalmente se concentra en los primeros momentos de impacto mediático, que son también los de más urgencia humanitaria. Después Venezuela no tendrá más remedio que intentar encontrar un nuevo rumbo en medio de la ruina.

En todo caso, dada la complicada situación previa de la que parte, parece difícil que después de los terremotos se deba producir ninguna mejora sustancial a corto plazo. Venezuela puede salir muy debilitada. Y lo peor sería que se enquistara la anómala e incierta normalidad post-Maduro.

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