Del ganchillo a la cerámica: ¿por qué cada vez hay más talleres creativos?
En un mundo dominado por la inmediatez y las pantallas, las manualidades se han convertido en una vía para recuperar la creatividad y el contacto humano
BarcelonaEn una época marcada por las pantallas, la inteligencia artificial y la hiperconexión, cada vez más personas dedican parte de su tiempo libre a actividades manuales como la cerámica, el bordado, el ganchillo, la restauración de muebles o la confección de ropa. Este fenómeno, conocido como DIY ("Do It Yourself o “Hazlo tú mismo”), ha dejado de ser una actividad asociada exclusivamente a generaciones concretas para convertirse en una práctica extendida entre personas de todas las edades.
“Yo empecé a ir a talleres para socializar y relajarme; ahora se han convertido en una actividad semanal que me ayuda a desconectar”, explica Mireia, de 36 años. Hace aproximadamente dos años, coincidiendo con el inicio de la escolarización de su hijo, empezó a asistir a talleres de cerámica casi por casualidad. Lo que inicialmente era una manera de compartir tiempo con otras madres de la escuela se transformó en una afición que hoy forma parte de su rutina. Aunque durante años había sido consumidora habitual de productos artesanales, ahora disfruta estando al otro lado del mostrador y ensuciándose las manos.
Una afición que ha conquistado todas las generaciones
Aunque el auge masivo digital del DIY se dio alrededor del año 2011, actualmente se ha extendido a personas de perfiles muy diversos. Las actividades manuales ya no se perciben solo como un entretenimiento, sino también como una manera de desconectar, socializar y expresar la propia identidad.
Este interés también se refleja en la participación en festivales especializados. Uno de los más conocidos es el Handmade Festival, un evento dedicado a las manualidades, la artesanía y la creatividad que reúne tanto a aficionados como a profesionales del sector que este año ha celebrado su 14ª edición en Barcelona. Estos espacios permiten descubrir nuevas técnicas, encontrar inspiración y establecer contacto con otras personas interesadas en el mundo handmade.
El DIY ha dejado de ser solo una afición para convertirse en una oportunidad económica. Las redes sociales han facilitado que muchas personas pasen del hobby al negocio. A través de plataformas digitales pueden mostrar el proceso de creación, dar visibilidad a sus piezas y venderlas directamente a los consumidores.
La búsqueda de objetos únicos también impulsa este mercado. Anna, de 28 años, reconoce que no hace manualidades, pero sí compra habitualmente productos artesanales: “Habitualmente compro joyas, ropa y complementos artesanales, encuentro que son más exclusivos y, de alguna manera, más auténticos que los fabricados en serie”, dice.
La necesidad de tocar en una sociedad digital
Mientras la tecnología ocupa una parte cada vez más importante de la vida cotidiana, muchas personas sienten la necesidad de volver a conectar con actividades físicas y tangibles. Para el doctor en sociología y profesor de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales Blanquerna Jordi Busquet Duran, este fenómeno está relacionado con la conexión especial que existe entre el cerebro y las manos. “Aunque las pantallas permiten crear contenidos de manera rápida y eficiente, la satisfacción que proporciona elaborar un objeto con las propias manos es diferente”, asegura. Este hecho explicaría el retorno a actividades que implican tocar, manipular materiales y participar directamente en el proceso creativo.
La tendencia también se puede entender como una respuesta a una sociedad marcada por la rapidez y la aceleración constantes. “En un contexto en el que se prioriza la inmediatez, las actividades manuales ofrecen una experiencia radicalmente diferente, exigen tiempo, concentración y paciencia”, apunta Busquet. Estas características permiten recuperar un ritmo más pausado: se favorece la reflexión, la imaginación y la creatividad.
La irrupción de la inteligencia artificial también forma parte de este debate. Aunque se reconoce su utilidad para agilizar procesos y facilitar tareas, la creatividad continúa siendo una capacidad esencialmente humana. Los sistemas actuales funcionan reproduciendo patrones aprendidos y no son conscientes de lo que producen, un hecho que refuerza la necesidad de mantener el control humano sobre estas herramientas.
Además, el uso creciente de la tecnología plantea interrogantes sobre los procesos de aprendizaje. “Muchas habilidades se desarrollan a través de la práctica, el error y la repetición, pero cuando una máquina resuelve todas las tareas, este aprendizaje se reduce”, explica el sociólogo. Por eso, la recuperación de actividades manuales también se puede interpretar como una reivindicación de formas de aprendizaje más activas y de experiencias.
Este retorno al mundo tangible no se limita solo a los objetos. También responde a la necesidad de recuperar espacios de encuentro y relación presencial. Después de la pandemia, muchas personas tomaron conciencia del valor de compartir actividades y experiencias colectivas más allá de las pantallas, una necesidad que ayuda a explicar el interés creciente por las prácticas manuales y creativas.
El efecto IKEA
Una de las teorías que ayuda a entender el éxito del DIY es el llamado “efecto IKEA”. Este concepto, desarrollado por los investigadores Michael I. Norton, Daniel Mochon y Dan Ariely, explica que las personas tienden a dar más valor a los objetos en cuya creación o montaje han contribuido.
El estudio demuestra que las personas estamos dispuestas a pagar más por los objetos que construimos nosotros mismos que por otros idénticos ya acabados. Este fenómeno se relaciona con tres factores principales: el sentimiento de competencia, la vinculación emocional con el objeto y la necesidad de justificar el esfuerzo invertido.
El psicólogo Antoni Baena, coordinador de la comisión de Psicología del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya y director del máster de salud digital de la UOC, coincide con esta interpretación. “Cuando una persona crea algo con sus manos está asumiendo un reto, dedica tiempo y esfuerzo. Todo este proceso genera una conexión emocional que incrementa el valor que se atribuye al resultado final”, explica.
Baena, también destaca que muchas actividades manuales tienen un efecto similar al de la meditación. Su carácter repetitivo ayuda a concentrarse en el presente, favorece la relajación y permite reducir los niveles de estrés y ansiedad.
Paula, de 74 años, es un ejemplo de esta vinculación emocional con las manualidades. Hace toda clase de creaciones, especialmente bolsos y gorros, y asegura que una de las cosas que más le gustan es poder regalarlos. “Me encanta poder compartir mis piezas con familiares y amigos, es mi parte preferida del proceso”, comenta.
Este componente emocional también explica por qué los productos artesanales continúan teniendo un prestigio especial. Tanto si son elaborados por uno mismo como si han sido creados por otra persona, se perciben como objetos únicos, diferentes de las producciones industriales y masificadas.
El aumento de la participación en talleres, el interés por las actividades manuales y la expansión de las comunidades creativas muestran una necesidad creciente de recuperar experiencias más tangibles y personales. En un contexto dominado por las pantallas, las manualidades ofrecen una oportunidad para crear y conectar con los demás de una manera diferente.