Los tres ingredientes para que una relación funcione

Si hubiera una fórmula matemática para que una relación funcionara, ya haría años que la habríamos patentado. Pero el amor tiene la mala costumbre de resistirse a las recetas. Aun así, hay teorías que, sin dar respuestas absolutas, nos ayudan a entender por qué algunas relaciones prosperan y otras se acaban desinflando.

Una de las más clásicas y de las que más me gusta es la teoría triangular del amor del psicólogo Robert Sternberg, que en los años noventa propuso que las relaciones se construyen sobre tres pilares: la intimidad, la pasión y el compromiso.

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La intimidad es mucho más que convivir o explicarse qué has hecho durante el día. Es sentir que la otra persona te conoce de verdad, es compartir tiempo de calidad, y es que haya una confianza que te permite mostrar las partes de ti que no expones a cualquiera. 

La pasión acostumbra a generar confusión, porque no se refiere únicamente al deseo sexual. Tal como Sternberg la define, esta pasión implica continuar mirando al otro con admiración, con curiosidad, con ganas, encontrarlo atractivo y mantener vivo aquel interés que hace que la relación no se convierta solo en un trámite logístico.

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Y después está el compromiso. Quizás el menos romántico de los tres, y el que parece más evidente, pero también el que sostiene la relación cuando los otros dos fluctúan. Es la decisión de cuidar el vínculo, de implicarse y de adaptarse a las circunstancias. 

Ninguna relación mantiene estos tres ingredientes en la misma proporción toda la vida. Habrá etapas con más pasión, otras con más intimidad o momentos en que el compromiso será quien aguantará la estructura. No existe la relación perfecta, pero sí las relaciones que entienden que amar no es solo sentir y dejarse llevar, sino también escoger, construir y trabajar.