El destino del patrimonio de la duquesa de Kent: el primer testamento de un Windsor que se hace público en un siglo
Discreta pero a la vez rompedora, la duquesa Katherine de Kent consiguió que el rey Carlos III presidiera su funeral católico, cosa que no había pasado en 400 años en el Reino Unido
BarcelonaFue singular en vida y también después de la muerte. Esta sería la frase que resume la figura de la duquesa de Kent, Katherine Worsley de nacimiento, Kate para la mayoría de los que la conocieron a lo largo de su larga vida. Estaba emparentada con el núcleo más central de la familia Windsor desde que se casó en el año 1961 con el duque de Kent, nieto del rey Jorge V y príncipe con consideración de alteza real que, aparte de duque, también era conde de Saint Andrews y barón de Downpatrick. Su presencia en esta polémica y problemática familia siempre fue valorada. Y eso que representaba lo que para buena parte de la aristocracia de entonces era un sacrilegio: ¡una plebeya en palacio!
Esta rara avis, que a pesar de empezar de más atrás que toda la resta de su exclusivo círculo se ganó el afecto de todos, dentro y fuera de la familia, ha sido nuevamente particular a la hora de repartir sus últimas voluntades. Y no porque las haya distribuido de forma muy original sino por el simple hecho de haberlo hecho con luz y taquígrafos. Por primera vez en generaciones, el testamento de una persona miembro de la familia Windsor ha trascendido públicamente, cosa que está legalmente establecida que no debe pasar si ellos no quieren. De hecho, desde el año 1910, el Tribunal Superior del Reino Unido mantiene en secreto los testamentos de los miembros de la familia real. Estos documentos quedan fuera del acceso público durante un período mínimo de 90 años. Tanto es el secretismo que existe un cargo, el de presidente de la División de Familia del mencionado tribunal, destinado a conservar en una caja fuerte cerca de una treintena de testamentos reales.
Fallecida en septiembre del año pasado a los 92 años, la duquesa de Kent ha dejado un patrimonio a repartir de casi dos millones de euros. Una cantidad que algunos medios se han atrevido a calificar de menor y que ella ha repartido entre sus hijos y nietos de forma muy equitativa. Según el Daily Mail, la esposa del primo hermano predilecto de la reina Isabel II –que aún vive– le ha dejado a su marido los ingresos procedentes de su fideicomiso familiar, el Worsley Settlement. Aun así, la mayor parte de su patrimonio se ha repartido entre sus tres hijos: George Windsor, conde de St. Andrews; Lady Helen Taylor y Lord Nicholas Windsor. Además, ha dejado 5.000 libras a cada uno de sus diez nietos. En cuanto a sus bienes personales –joyas, muebles, objetos del hogar y otras pertenencias– el destinatario ha sido también el duque de Kent, que, según queda señalado por el testamento, deberá distribuirlo de acuerdo con las instrucciones que ella hubiera marcado en vida.
Un regalo muy exclusivo
La única singularidad de este testamento es el favor especial que le ha hecho a su nieto mayor, el primogénito del primogénito. Se trata de Edward Edmund Maximilian George Windsor, conocido popularmente como Lord Downpatrick. A él le ha dejado una participación especial en una regia propiedad de Edwardes Square, un activo de la familia en Kensington, uno de los barrios más caros del mundo. Mucho menos conocido que sus hermanas, algo siempre valorado por la discreta duquesa de Kent, era ahijado de Diana de Gales y compartía con su difunta abuela la fe católica.
De hecho, con relación a su fe, la duquesa Catalina de Kent fue polémica a lo largo de su vida. En el año 1994 se convirtió al catolicismo por cuestiones estrictamente espirituales, según ella explicó. Con el permiso de la reina Isabel II, que la tenía en muy buena consideración, la duquesa consorte de Kent fue la primera miembro de la familia Windsor que profesó públicamente la fe católica desde el siglo XVII. A pesar de que ella argumentó que había sido una cuestión íntima y espiritual, algunas voces señalaron entonces que existía una disconformidad con algunas decisiones aperturistas –ordenación de mujeres como sacerdotisas, por ejemplo, algo que se produjo aquel mismo año– que había tomado la Iglesia de Inglaterra, de la cual su estimada prima política era la gobernadora suprema. A pesar del revuelo siempre existente alrededor de esta cuestión, mantuvo su fe hasta el último de sus días y fue enterrada el año pasado con un funeral católico. Para simbolizar el gran afecto que le tenían en la familia real, el rey Carlos III rompió una tradición real de 400 años y presidió un funeral católico.
Dos años después de su conversión al catolicismo, la duquesa de Kent empezó a retirarse también de la vida pública. Discretamente, redujo mucho sus obligaciones oficiales hasta que casi fueron nulas. Aquella desaparición de los actos oficiales no significó, sin embargo, una reclusión en su casa. Muy al contrario. Al poco tiempo empezó a trabajar de manera discreta como maestra de música en una escuela pública de primaria de una zona de clase obrera. Lo hacía sin revelar su identidad, cosa que pudo mantener hasta que un diario local la descubrió y publicó su historia. Estuvo allí 13 años, hasta que se jubiló. Al ser descubierta explicó que había hecho aquel cambio de vida en cumplimiento de un sueño personal y también con el permiso de la reina, que de forma muy sintética le había dicho "ve y hazlo".
La música era una de sus grandes pasiones, y explicó que enseñar a niños de familias humildes le proporcionaba mucha más satisfacción que la vida protocolaria de palacio. Esta experiencia la llevó, en 2004, a fundar Future Talent, dedicada a ayudar a niños con talento musical pero con pocos recursos. A partir de 2002 dejó de usar el tratamiento de princesa real, al cual tenía pleno derecho.
Dos Windsor 'con corazón'
Cuando Diana de Gales entró a la familia Windsor y se convirtió en princesa de Gales adquirió algunos de los compromisos sociales que hasta entonces habían pilotado los Kent. Por ejemplo, el patrocinio del All England Club, que la habilitaba para dar el premio al ganador del torneo de Wimbledon. De hecho, allí tuvo uno de los momentos más mediáticos de su vida pública cuando abrazó a Jana Novotná en 1993, que estaba desolada porque había perdido el torneo contra Steffi Graf a pesar de haber liderado el partido. Aquel gesto humano mucho más allá del protocolo la configuró en la mente de los británicos como una Windsor más humana, cosa que la ató mucho desde el punto de vista narrativo a Lady Di en el futuro.
Aquel traspaso del patrocinio de Wimbledon construyó una relación magnífica entre estas dos ramas de la familia Windsor, cosa que aumentó la visibilidad social de los segundos y su poder de influencia interno. Es por eso que Lady Di fue madrina del nieto mayor de Katherine de Kent, Lord Downpatrick, el ahora heredero especial de la difunta duquesa. Un nieto que, por cierto, ha quedado excluido de la línea sucesoria del trono británico por su conversión al catolicismo a los 15 años. Quizás la abuela le ha hecho este regalo post mortem para distraerlo del disgusto...