Por qué hay risas que se contagian y otras que no
Investigar cómo nos reímos permite profundizar en el estudio de las emociones, el lenguaje, las relaciones sociales e, incluso, en los mecanismos analgésicos y ciertos trastornos neurológicos
Pocas conductas humanas parecen tan simples y naturales como reír. Sonreímos dentro del útero materno, y después compartimos las sonrisas y las risas con los amigos. Nos ayudan a romper el hielo con los desconocidos y, a veces, nos sorprendemos cuando estallamos a reír sin que lo hayamos previsto. Sin embargo, detrás de este comportamiento aparentemente sencillo se esconde una historia evolutiva fascinante. Según un trabajo publicado en Trends in Neurosciences por los neurocientíficos Fausto Caruana, del Instituto de Neurociencias de Parma, y Sophie K. Scott, del University College de Londres, el cerebro produce dos tipos de risa con un sentido claramente diferente.Hace tiempo que desde la psicología y la neurociencia se distingue la risa espontánea de la voluntaria. La primera es la que estalla ante una situación divertida. La segunda, en cambio, la utilizamos como herramienta social, para mostrar complicidad, amabilidad o interés durante una conversación. Los resultados de este trabajo indican que estos dos tipos de risa vienen gobernados por dos sistemas neuronales diferentes.
Por un lado, existe una red llamada del cíngulo temporal, que es muy primitiva desde la perspectiva evolutiva. Es la responsable de la risa espontánea, una especie de vocalización emocional que compartimos con otros mamíferos sociales. Diversos estudios muestran que los primates e, incluso, algunos carnívoros emiten sonidos y manifiestan expresiones faciales formalmente equivalentes a estas risas mientras interactúan entre ellos. La función original parece haber sido comunicar que una situación que podría ser interpretada como potencialmente agresiva es, en realidad, amistosa. Dicho de otra manera, sirve para decir “estamos jugando, no atacando”.Esta antigüedad evolutiva explica por qué la risa espontánea es tan contagiosa. Cuando alguien ríe o sonríe de verdad, solemos detectarlo inmediatamente. El ritmo, la intensidad e incluso la manera en que se coordinan la laringe y la respiración hacen que la percibamos como auténtica. No es solo una cuestión cultural. El cerebro parece especialmente preparado para reconocer este tipo de señal emocional y universal.
Reír por empatía
Sin embargo, según estos investigadores, los humanos hemos ido un poco más allá. A medida que el lenguaje complejo se fue desarrollando, también lo hizo otra forma de reír, la risa voluntaria. Esta depende principalmente del llamado sistema motor opercular lateral. Es una red cerebral asociada al control del habla y de los movimientos vocales. Es la risa que usamos para lubricar las relaciones sociales. A menudo aparece al final de una frase, acompaña comentarios que quizás no son especialmente divertidos o sirve para indicar empatía y sintonía con el interlocutor.Esto explica por qué un encuentro agradable entre dos personas está lleno de pequeñas risas que no siempre responden al humor. Cumplen una función comunicativa. Transmiten mensajes sutiles como “te escucho”, “estoy cómodo contigo” o “compartimos esta situación”. En este sentido, la risa voluntaria se parece mucho al lenguaje: es flexible, contextual y puede estar parcialmente bajo control consciente.
La historia, sin embargo, no acaba aquí. Los autores también describen otra región cerebral que podría actuar como puente entre estos dos sistemas. Es el área motora suplementaria anterior. Esta conexión es especialmente interesante porque sugiere que nuestras capacidades más modernas no han sustituido los mecanismos emocionales ancestrales, sino que se han integrado en ellos y los han complementado, o ampliado.
Quizás esta es una de las claves de los efectos de ciertas prácticas basadas en la risa, como la risoterapia. Según los investigadores, una risa inicialmente voluntaria podría acabar activando los circuitos emocionales profundos y transformarse en una risa genuinamente espontánea. Todavía no se conoce exactamente el mecanismo que lo podría hacer posible, pero podrían intervenir tanto las neuronas espejo como esta región cerebral que conecta ambos sistemas. Las neuronas espejo son un conjunto de neuronas que se activan de la misma manera cuando hacemos una acción que cuando vemos que la hace otra persona. Constituyen el mecanismo básico instintivo de aprendizaje por imitación, y están implicadas en procesos cognitivos y emocionales como la empatía.
Por qué reír nos hace sentir bien
Esta investigación también ayuda a entender por qué reír nos hace sentir bien. La risa espontánea se asocia con sistemas neuroquímicos relacionados con la serotonina y las endorfinas. Estas sustancias favorecen la conexión interpersonal y el buen estado de ánimo, por un lado, y nos hacen más resistentes al dolor físico y emocional, por el otro. Quizás por eso, después de un buen rato riendo con amigos, los problemas parecen un poco más pequeños y algunas molestias físicas menos intensas.Más allá de la curiosidad, los autores consideran que la risa es una auténtica “piedra de Rosetta” para comprender el cerebro humano. Estudiándola podemos profundizar en el estudio de las emociones, el lenguaje y las relaciones sociales, e incluso en los mecanismos analgésicos y ciertos trastornos neurológicos. En definitiva, una simple risa nos recuerda que nuestra mente es el resultado de una alianza extraordinaria entre un pasado evolutivo remoto y las capacidades sociales sofisticadas que nos caracterizan como especie.