Los talibanes prohíben los móviles a los funcionarios del gobierno
KabulSi alguien me hubiera dicho hace unos años que en pleno siglo XXI los teléfonos móviles serían prohibidos en Afganistán, no me lo habría creído en absoluto. Pero es así: los móviles son ahora el nuevo objetivo de los talibanes. La primera vez que oí hablar de ello fue cuando uno de mis compañeros de trabajo me dijo que el líder supremo de los talibanes había ordenado a los trabajadores del gobierno no usar los teléfonos móviles. En un primer momento pensé que bromeaba, porque los mismos ministros y altos cargos talibanes utilizan el móvil. ¿Cómo era posible que lo prohibieran entonces a miles de empleados gubernamentales?
Ante mi incredulidad, mi colega me mostró un vídeo en el que se veía cómo los talibanes confiscaban los móviles a los trabajadores gubernamentales y los destruían uno por uno delante de sus propietarios. El sonido de las pantallas rotas se mezclaba con la risa de quienes hacían cumplir la orden. Era totalmente real. Entonces miré mi propio teléfono y pensé: después de las mujeres, ¿los móviles son ahora el nuevo enemigo de los talibanes? ¿Qué problema se supone que debe resolver esta restricción? ¿Esto soluciona los problemas de Afganistán?
Pronto me quedó claro que no se trataba solo de un rumor o de un incidente aislado. La orden se ha implementado en todas las instituciones gubernamentales. Por ejemplo, los ministerios del Interior, Defensa, Salud Pública, Educación y Educación Superior han confiscado y destruido los teléfonos inteligentes de todos sus trabajadores o les han advertido que no los lleven al trabajo. Los talibanes han justificado que la prohibición tiene como objetivo prevenir la "corrupción y la inmoralidad". Pero para mí, como periodista, esta restricción significa muchas más cosas.
Como reportera, tengo prohibido entrar en muchas oficinas gubernamentales, y tampoco puedo sentarme delante de los funcionarios como hacía antes. Gran parte de mis reportajes dependen de la comunicación con mis fuentes de información a través de WhatsApp, Signal y otras plataformas digitales. El teléfono es una de las pocas herramientas que me permiten seguir informando.
Horas sin respuesta
Sentí el impacto real de esta restricción mientras preparaba un artículo sobre los ataques de los talibanes contra Baluchistán, en Pakistán. Algunos medios de comunicación informaron que los talibanes habían entrado en territorio pakistaní y abatido miembros del Estado Islámico. Para publicar la noticia, sin embargo, debía verificar la información a través de una de mis fuentes de confianza, un funcionario del gobierno afgano. Le envié un mensaje. Normalmente contesta de forma rápida, pero aquel día pasaron horas sin respuesta.
Al principio pensé que simplemente estaría ocupado. Más tarde, sin embargo, otro miedo me vino: ¿y si lo habían arrestado por estar en contacto con periodistas? Después de horas de incertidumbre, le llamé a un teléfono fijo. Contestó de forma parco y solo dijo: "Te llamaré cuando llegue a casa". Esperé durante cinco horas más hasta que finalmente me llamó y sus primeras palabras fueron: "Me han destruido el móvil". Me explicó que los talibanes habían confiscado y destruido los teléfonos móviles de todos los funcionarios del gobierno, y que había comprado uno nuevo, pero no de los inteligentes sino de los que solo sirven para llamar. También me advirtió que posiblemente tendría que dejar de colaborar con los periodistas para no asumir más riesgos, e incluso se mostró preocupado de que los talibanes pudieran estar escuchando nuestra conversación telefónica.
Sus palabras me hicieron tener un recuerdo doloroso. Semanas atrás los talibanes asaltaron la sede del medio de comunicación donde trabajo, confiscaron los teléfonos móviles de todos los trabajadores, incluido el mío, y los conectaron a un ordenador portátil para extraer toda la información almacenada. Desde entonces, no confío plenamente en mi propio teléfono. Regularmente borro mensajes, archivos e información. Evito almacenar cualquier cosa importante porque temo que mi móvil pueda volver a caer en manos de aquellos que quieren saberlo todo sobre mi trabajo y mis contactos.
Muchos periodistas ya hace tiempo que hemos dejado de hacer llamadas telefónicas normales en Afganistán por motivos de seguridad. Usamos aplicaciones de mensajería cifrada creyendo que nos ofrecen cierta protección. Ahora, incluso estos canales de comunicación limitados son cada vez más difíciles de utilizar.
Antes en la calle ya era habitual que hubiera controles de los talibanes que registraban los teléfonos de la gente: comprobaban fotos, mensajes y cuentas de redes sociales. A veces interrogaban o detenían a alguien por el simple hecho de encontrar en su dispositivo algo que no les gustaba. La conexión a internet también ha quedado bloqueada en diversas ocasiones en el país, lo que limita la capacidad de la gente de compartir información y comunicarse libremente.
¿Y si la prohibición deviene general?
¿Qué pasará si la prohibición de usar el móvil no es solo para los funcionarios del gobierno sino para toda la población? ¿Un día los móviles estarán prohibidos para todos? No puedo dejar de pensar en ello. Me preocupa.
Durante los últimos cinco años, he aprendido que los talibanes prohíben todo aquello que no pueden controlar completamente. Primero fue la educación de las chicas. Después el trabajo de las mujeres. Después los libros, la música y la vida pública. Ahora los teléfonos móviles, porque todavía son nuestra pequeña ventana al exterior que nos permite comunicarnos, difundir información y conseguir que el mundo siga sabiendo un poco qué pasa dentro de Afganistán.