Junio se ha convertido para mí en un mes lleno de miedo
KabulJunio se ha convertido para mí en un mes lleno de miedo. No un miedo abstracto, sino un miedo físico: el de salir a la calle. Cada día me pregunto: ¿hoy volveré a casa sana y salva?
El ministerio de los talibanes para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio comenzó a detener mujeres en la ciudad de Herat, al noroeste de Afganistán, la primera semana de junio. En las redes sociales circulaban vídeos y fotos que mostraban a talibanes arrastrando a mujeres de los mercados y de las calles y metiéndolas dentro de sus vehículos. No dieron ninguna explicación clara, solo la presencia repentina de decenas de hombres armados que paraban a las mujeres que simplemente hacían su vida cotidiana.
Herat, Kabul y Mazar-e Sharif, las tres grandes ciudades afganas que antes parecían relativamente más seguras para las mujeres con formación y trabajo en comparación con otras provincias, ahora se han convertido en lugares donde ser mujer y estar en la calle supone tener miedo. Yo ya había presenciado detenciones de mujeres, pero esta vez ha sido diferente: son más directas, más contundentes.
En Herat las detenciones desataron la ira de la gente, que salió a la calle a protestar. Gritaban “No a la detención de mujeres”. Pero la respuesta no fue ni diálogo, ni explicaciones: fue más violencia. Los talibanes reprimieron con golpes y disparos a los manifestantes. Ver aquellas imágenes en internet me ha trastornado completamente. La misión de la ONU en Afganistán condenó las detenciones y la represión a través de un comunicado.
Los medios de comunicación fuera de Afganistán sí que han informado sobre las protestas, pero dentro del país ha habido un silencio absoluto. Los talibanes prohibieron a los periodistas afganos de Herat decir nada al respecto. Desde Kabul, solo podíamos seguir los acontecimientos a través de las redes sociales e intentamos reconstruir lo que pasaba entrevistando a personas por teléfono. Lo que nos describían era una situación aún peor de la que se veía en las redes sociales. Sentí rabia por mi propia incapacidad de informar de lo que realmente pasaba. Rabia de ser obligada a callar a pesar de todo lo que pasa.
Finalmente, el gobernador talibán de Herat compareció ante los medios de comunicación y lo negó todo. Afirmó que las imágenes de las protestas y de la represión se habían creado con inteligencia artificial. La negación es otra forma de violencia cuando la realidad es evidente para todos.
Las convocatorias a protestar se mantuvieron en Herat y también se extendieron a Kabul. En la capital afgana, sin embargo, la gente optó por no alzar la voz, mientras los talibanes se desplegaban por toda la ciudad con los vehículos militares de fabricación estadounidense que confiscaron al ejército afgano cuando llegaron al poder en 2021. En Herat, en cambio, la gente continuó protestando en la calle y también continuó la represión.
Aún más restricciones
Poco después, los talibanes también empezaron a detener mujeres en Kabul y en Mazar-e Sharif y eso hizo que las familias fueran aún más restrictivas con sus hijas. Yo misma lo sufro en mi casa. Antes de salir a la calle, tengo que plantarme delante de mi padre para que compruebe si mi ropa cumple las exigencias de los talibanes: una túnica negra ancha, una mascarilla que me cubre la cara, y unos ojos que buscan su aprobación. Lo hago no solo para cumplir las normas de los talibanes, sino también para que él se quede más tranquilo.
Kabul ha cambiado gradualmente. Ahora casi no hay mujeres en el espacio público. De camino al trabajo, miro las calles desde el coche y a menudo no veo mujeres. Hace pocos días, cuando volvía a casa, una compañera del trabajo me dijo que estaba cansada de la vida y de ser mujer, y me enseñó un vídeo en el que se veía un todoterreno negro sin matrícula, vehículo a menudo vinculado a los talibanes, atropellando a cuatro chicas en una zona residencial de Kabul. Las imágenes de las cámaras de seguridad mostraban el vehículo dirigiéndose deliberadamente hacia las chicas que caminaban por la calle hasta arrollarlas, y después huyendo a toda velocidad. Las jóvenes quedaron tendidas en el suelo. Vestían según los códigos establecidos por los talibanes, no llamaban la atención. Podríamos haber sido cualquiera de nosotras.
Después de aquel incidente, las mujeres todavía tenemos más miedo. Nos movemos con cautela por la calle. Ya no solo se trata de la ropa, sino también de nuestra propia presencia. El simple hecho de ser mujer y de estar en un espacio público ya supone un riesgo.
Mientras las mujeres de Afganistán tenemos que hacer frente a detenciones y restricciones, los talibanes son recibidos en Bruselas para reunirse con representantes de la Comisión Europea. Para mí, esto es una negación de nuestra realidad en Afganistán. Como si todo lo que pasa en Kabul, Herat y Mazar-e Sharif fuera invisible en los espacios de toma de decisiones globales.
Nos sentimos olvidadas
Durante los días en que intentamos saber si nosotras, las mujeres, podemos salir de casa con seguridad, el mundo dialoga con quienes nos imponen todas estas restricciones. Es una brecha ética entre lo que sucede sobre el terreno y lo que se considera aceptable en la política internacional.
Lo que más me preocupa no son solo estas reuniones, sino también el mensaje que esto da a las mujeres afganas que vivimos esta realidad a diario. Mientras nosotras corremos el riesgo de ser detenidas y somos excluidas de la educación, y alejadas de la vida pública, el hecho de que los talibanes sean recibidos en foros internacionales hace que muchas de nosotras nos sintamos olvidadas. Tenemos una dolorosa sensación de abandono y traición. Nuestra voz no es escuchada, pero la de los talibanes, sí.
Ya no se trata de un tema político, sino de un tema personal. No queremos que el mundo hable de nosotras mientras nos ignora. Queremos que se nos vea, se nos escuche y que nuestro sufrimiento se tome en serio. Y sobre todo que no se dé más alas a nuestros verdugos.